Años después

La pared frente a la ventana no es la misma
Hace treinta años parecía asequible pero ahora
se ha convertido en un muro cuyo envés
invisible causa cierta inquietud resignada.

Todo era ir al encuentro, superar la barrera
hasta la libertad necesaria para enfrentar
lo no conocido, para despertar a una noche de amor
envuelto en la luz lechosa de la madrugada.

Vinieron otros muros, el permanente reto hecho vida
un salto tras otro caer, alzarse, alcanzar el siguiente
horizonte de piedra. Hasta que agotadas las fuerzas
la pared frente a la ventana fue ya infranqueable

Entonces vivir atrapado en el laberinto de viejos caminos,
aprender a sentarse, parar el tiempo, cerrar los ojos,
escuchar cómo canta el pico volador, el grito tribal del viento
y la voz del otro. Abrir los ojos: El muro ya no existe.

Publiqué este viejo poema hace cinco años. 
Tal vez pueda servirle a alguien en estos días de confinamiento.

Intimidad

Imagen de la intimidad
Cádiz. Foto: Santiago Pérez

El perfil ambarino del mar al atardecer. Latitud sur; aquí el sol suaviza el temblor del aire en las noches de invierno. Hay una conversación en torno a una taza de café. Las pausas construyen un silencio observador, un silencio que mira el gesto casi imperceptible de las manos, la tenue inclinación del cuello al sonreir, esa delicadeza tierna del amor. El sol se oculta, homérico, en el principio del sueño, invitando a la noche a adueñarse de la luz.

Al hablar intuyen el espacio compartido, la intersección de dos conjuntos que han traspasado su mutua frontera, un pequeño territorio común, apenas explorado. Es la intimidad, el refugio que construyen los amantes para sí, el país en el que el silencio se transforma en un tímido beso. Llega la noche y su cómplice oscuridad. Entre nosotros, el matiz coralino de tus ojos.

Niebla

¿Dónde termina el mar y empieza el cielo?
El azul nos sumerge más allá de las palabras.
Dos velas color niebla vagan sobre el fino
espejo del océano.
No se oye el viento, ni la ola, ni el pájaro,
nada se agita
excepto las nieblas que giran y se elevan
mostrando tras dos débiles velas una tercera
que entonces desaparece otra vez.

Una ráfaga, un repicar de lluvias,
el agua mansa se quiebra en anillos nerviosos.
En algún lugar la lúgubre campanilla de una boya canta,
ahogada primero, luego clara,
su húmeda y gris monotonía.

Están aquí los muertos.
No estamos tan solos.

Robert Hillyer.
Publicado en el número de abril de 1921 de "La medida: periódico de poesía".
Academia de poetas americanos.
La traducción al español es mía

Fog

Where does the sea end and the sky begin?
We sink in blue for which there is no word.
Two sails, fog-coloured, loiter on the thin
Mirage of ocean.
There is no sound of wind, nor wave, nor bird,
Nor any motion.
Except the shifting mists that turn and lift,
Showing behind the two limp sails a third,
Then blotting it again.

A gust, a spattering of rain,
The lazy water breaks in nervous rings.
Somewhere a bleak bell buoy sings,
Muffled at first, then clear,
Its wet, grey monotone.

The dead are here.
We are not quite alone.

Robert Hillyer.
Published in the April 1921 issue of The Measure: A Journal of Poetry
Academy of American Poets.
Translation to spanish is mine.

Aguas cristalinas

Como todos los días al empezar la jornada, el ordenador me recibe con una bella fotografía de algún lugar del mundo. A veces acierta y me alegra la mañana, otras me la oscurece. Y otras más me inquieta. Me gustaría añadir además que hay determinados comportamientos (también de las maquinas) que me provocan una risa involuntaria muy liberadora, no voy a negarlo.

Esta mañana, como cada dos o tres días, mi ordenador cambió la imagen con la que me recibía. Unas veces es un paisaje español, otras una marina italiana o un monumento británico, un baile de colores asiáticos… ya saben ustedes como es el asunto si usan windows.

Image of a computer desk
Foto: Nikita Kachanovsky


El caso es que me mostró una imagen aérea de una isla hawaiana, nada espectacular por cierto. Lo que me causó la risa fueron las palabras que acompañaban a la fotografía, algo así como “ahora que bajan las temperaturas y llega el frío tenemos exactamente lo que necesitas, sol y aguas cristalinas…” y todo así.

Me entró la risa, claro, y luego la inquietud. Mi ordenador disimula muy bien cuánto me conoce.