Iré por los senderos, picoteado por la espiga…

Rimbaud en cuatro actos y una coda.

félix molina

Calendario fm | al 2014

20 de octubre | Jean Nicolas Arthur Rimbaud, 1854-1891

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Jean Arthur Rimbaud, homenaje en cuatro movimientos y una coda con versos

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I. En Charleville –tras los cristales rotos por la lluvia

Cenagosa, la infancia es después –cuando la fiebre le azota– un jardín de orquestinas, damas y caballeros endomingados mientras el “merde, merde” se empasta en la boca del niño. Años de bucear en las aguas verdinegras del latín –estudiado y ya escrito, mejor, versificado– y sacar diamantes multicolores para después engastarlos, con menuda alquimia, en los cascos de los esquifes, enjambrando la deriva del barco ebrio, teselando la lluvia –entre ingenua y desquiciada– de las vocales lánguidas sobre el mundo ridículamente consonante, único, vulgar.

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II. Mecido por la ventisca de Los Alpes

Pasada la pubertad, que coincidió en este caso con la senectud del poeta, atravesada con dolor de brutal iniciación, mezclada…

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Amapolas marinas

Cáscara de ámbar
entreverada de oro,
fruta en la arena,
marca feraz del grano

tesoro
derramado junto a los arbustos
para aclarar las rocas:

vuestro tallo ha enraizado
entre los húmedos guijarros
a la deriva, arrojados por el mar
entre caracolas y rayadas conchas marinas

Hermosas, dispersas,
fuego sobre el limbo,
cosecha del prado
¿Tan fragantes son
como el brillo de tu hoja?

H.D. Jardín marino (1916)
La traducción al español es mía.

Amapolas marinas
Poppies, Isles of Shoals. Childe Hassam

 Amber husk
fluted with gold,
fruit on the sand
marked with a rich grain,

treasure
spilled near the shrub-pines
to bleach on the boulders:

your stalk has caught root
among wet pebbles
and drift flung by the sea
and grated shells
and split conch-shells.

Beautiful, wide-spread,
fire upon leaf,
what meadow yields
so fragrant a leaf
as your bright leaf?

H.D. Sea garden (1916)

Los seres olvidados de Crowley

Hay algo inocente en la expresión de los monstruos olvidados por Noé que imaginó y dibujó Herbert Crowley. Y esa inocencia de sus rostros hace más inquietante aún sus figuras rechonchas y suaves.

Intento colocarme en el lugar del artista británico cuando realizó este dibujo (entre 1911 y 1924, hace unos cien años) cuyo original se conserva hoy en el Museo Metropolitano de Arte (MET) de Nueva York. Y es casi como acercarse a un agujero negro. Te abduce.

Los seres olvidados de Crowley
Animales fantásticos dejados fuera del Arca, dibujo de Herbert Crowley

Todos sabemos que Dios ordenó a Noé que construyera el arca para salvar a los seres vivos del diluvio universal. Que debía convocar a una pareja de cada especie para que reprodujesen de nuevo el mundo que iba a quedar anegado. Nunca, ni en nuestra infancia ni ahora, imaginamos que hubiera otros animales que no iban a ser rescatados en el navío salvador. Abandonados a su suerte.

Sólo quienes no creían en Dios y seguían sus enseñanzas morirían ahogados bajo las aguas casi infinitas. ¿Otros animales también? ¿Cómo? ¿De dónde…? Y sobre todo, ¿por qué iba a condenar Dios a unos seres que, suponemos, no tenían uso de razón ni podían seguir otra cosa que su instinto? ¿Se arrepintió acaso de haberlos creado?

Son preguntas imposibles. En realidad toda la historia de Noé es un mito, una ficción sustentada por la fe. Quiero decir, que sin la fe en Dios y lo que dicen las escrituras, la historia de Noé no sería más que un cuento fantástico. Y aquí aparece Mister Crowley apostando en el juego su propia ficción.

El artista hace mutis por el foro

El artista británico y su obra están rodeados de cierto halo de misterio. Nacido en Londres en 1873, siempre quiso convertirse en pintor. Empezó aprendiendo música, pero sus dibujos lo llevaron hasta Nueva York, donde se hizo famoso en 1910 con la publicación en The New York Herald de una tira llamada The Wigglemuch.

En 1913 participó en la primera gran exhibición internacional de arte que se hizo en Estados Unidos, The Armory Show, en la que expusieron 300 artistas europeos y americanos de la talla de Picasso, Cezanne, Kandinsky, Pisarro, Duchamp, Van Gogh, Matisse, Monet, Munch… la lista es muy potente. Y entre todos ellos también Herbert Crowley.

Aunque algunas publicaciones le consideraron un artista ascendente, en 1917, a los 45 años, dejó la ciudad de los rascacielos y sus dibujos y obras de arte no volvieron a verse en ninguna otra exposición hasta después de su muerte. Estuvo viajando por Oriente Medio e India antes de establecerse en Suiza, donde falleció en 1939.

Los seres olvidados de Crowley
Viene tormenta, la madre huele el trueno, dibujo de Herbert Crowley.
Los seres olvidados de Crowley
Un Wiggle Much mirando una mosca, dibujo de Herbert Crowley

Su viuda donó en 1946 al MET las obras que conservaba de su marido, entre ellas las que reproduzco aquí y que este museo neoyorkino expuso públicamente en 1966 conjuntamente con otras del caricaturista Winsor McCay.

Algunas de sus tiras cómicas fueron republicadas en 2006 en el libro Art out of time de Dan Nadel. Y en 2019 buena parte de su trabajo artístico fue reunido, gracias a la donación de fondos de particulares por iniciativa del artista Justin Duerr, en el libro The Temple of Silence: Forgotten Worlds of Herbert Crowley (El templo del silencio: Los mundos olvidados de Herbert Crowley).

Olvidados como esos monstruos que no tuvieron sitio en el arca de Noé. Ellos y otros seres creados por Crowley recuerdan a las gárgolas y esculturas fantásticas que decoran los monasterios románicos y las iglesias y catedrales del gótico europeo, pero también se insinúan en sus perfiles las figuras oníricas de El jardín de las Delicias de El Bosco.

¿Por qué los imaginó su autor excluidos del arca? Tal vez fuera un simple impulso creativo, o un recurso lúdico. Es, en cualquier caso, una idea que hace pensar.

Lo que yo veo son unos seres de expresión sosegada y a veces triste. Tal vez porque a menudo la sociedad regulada desprecia por sistema toda novedad que revele imaginación y fantasía, también todo lo que sea diferente, no-reglado, toda esa creatividad que procede de los sueños y, a su vez, nos hace fantasear mundos imposibles. Porque teme que de los sueños, del soñar, nazca un mundo diferente y se haga realidad.

El narrador no quiere ser una máquina

Ha cambiado mucho Irlanda desde que la visitara el escritor Heinrich Böll a finales de los años 50. Ahora ya no exporta curas, trabajadores y cerveza. En consecuencia, ya no son fiables las etiquetas que en el pasado se hayan podido poner a la verde Erin.

También ha cambiado el lector de ese libro, el mismo que escribió esa reseña. Es una idea que señala la artista Clara Sánchez Sala en esta entrevista. No somos la misma persona ahora que hace diez, veinte años. Entonces, ¿por qué hay quien se empeña en usar las mismas etiquetas?

Anuncio de una máquina de imprenta
Ilustración: Queen city ink ad. 20 de Augustus Jansson

Las etiquetas, en este mundo computerizado en el que vivimos, facilitan el trabajo de las máquinas. Reducen los conceptos, coartan la imaginación y reducen nuestra humanidad. Son útiles para organizar las cosas, pero desalmadas para organizar la sociedad. Hay cierta inercia, comodidad o intereses espúrios, que las perpetúan. Niegan por ejemplo, la posibilidad de redención: Si una vez robaste, serás un ladrón el resto de tu vida. Una férrea herramienta de control social.

Gracias a las etiquetas, una máquina puede escribir una novela, ordenar los versos de un poema o redactar el guión de una serie de televisión. La máquina se convierte en narrador. Al contrario, el verdadero narrador indaga, describe y cuenta lo que la máquina es incapaz de ver y detectar, desarrolla lo que no está etiquetado. Lo más difícil, el alma del ser humano. Ahí, en mi opinión, está la buena literatura. La que una máquina es incapaz de crear.

Cambio de estación

Cambio de estación en la playa
Foto: Santiago Pérez (cc by-nc)

Por decir algo. Una convención como tantas otras. Aquí en el sur —del hemisferio norte—, donde vivo, poco cambia un día como hoy en el que se supone que empieza el otoño. Cambió hace unos días la actividad humana, que reanuda tareas aparcadas en el anterior turno de estación. Pero el clima, la verdad, poco.

Esta mañana estuve de nuevo en mi playa, mi lugar favorito para pasear. No había turistas al sol, ni siquiera habitantes locales, tan solo caminantes y arena movida por el viento de levante. Casi cualquier día del año. Ventajas de vivir en el sur, ese lugar ficticio al que pretendían huir T.S.Eliot y Manuel Vázquez Montalbán a lomos de un poema. No es un lugar, es una actitud, oí decir a alguien. Algo de razón tenía.

Para mí es un paseo por la playa a destiempo. Si es que aquí hay destiempo meteorológico. MI aplicación de la Agencia Estatal de Meteorología, que tengo configurada en inglés, da unos pronósticos distintos a los que le ofrece a mi mujer, que la tiene configurada en español. Se ve que el algoritmo entiende de idiomas y lo que cada uno significa o representa.

Tampoco importa mucho. Nunca en este sur, al llegar el otoño, cayeron hojas sobre el mar.