Jardines bifurcados

Quiero presentarles mi nuevo sitio web: Primer borrador.

Explico en mi nuevo sitio (me autocopio aquí) que “Primer borrador es ante todo un proyecto personal en el que escribo sobre arte y cultura y muestro parte de mi trabajo como periodista.

El título hace alusión a una frase harto conocida que se atribuye al editor del Washington Post Philip Graham, quien la usó a menudo en sus intervenciones. Sin embargo, parece ser que fue el periodista norteamericano Alan Barth quien la escribió por primera vez en 1943: «las noticias son solo el primer borrador de la historia».

Mi propósito es que esta nueva publicación sea honesta, aunque incompleta y corregible, por eso elegí ese título —por no citar la razón más prosaica, que todos los nombres de dominio que me gustaban ya estaban ocupados. Y para nada pretendo hacer el trabajo de los historiadores. Ya nos gustaría a los periodistas.

Comparto la idea de que el periodismo escrito es un género para personas a las que les gusta leer, así que trataré de cuidar los textos para que sean de su agrado. El enfoque intentará cumplir con la definición que el periodista Martín Caparrós hizo de la crónica: «un texto periodístico que se ocupa de lo que no es noticia».”

Por supuesto, también seguiré escribiendo aquí textos literarios, como hasta ahora. Hay un grupo de lectores que suele seguir lo que escribo. Imagino que no lo hacen a desgana, de lo contrario no pisarían este jardín. De modo que, por respeto hacia ustedes que me leen, y por respeto a mi afición a escribir con los pies un tanto alejados de tierra firme, seguiré publicando aquí traducciones de poesía, relatos diminutos y desvaríos varios. No obstante, les invito desde ya a echar un vistazo a mi nuevo sitio por si también pudiera interesarles.

Saludos.

Color volátil

Lee un poema escrito hace diez años. La gente escucha atenta. Mira. Se pregunta qué significado tendrán esas palabras. Una versión del tópico de la rana y el agua caliente. Pero sin rana. Son peces. Peces que nadan. En una pecera. Un joven sentado en la primera fila observa, con gesto concentrado, cómo los labios, rojos como los peces, se mueven formulando la lúbrica imagen de un beso. El beso de una poeta desconocida. Una poeta que lee unos versos ahora mismo. Peces que se ahogan al salir. Siguen el consejo de modernos vendedores de crecepelo y salen de lo que llaman “zona de confort”. El pez muere y el poema se acaba.

Image of jelly fish
Picture: Magda Ehlers

La poeta no recuerda cuándo lo escribió ni por qué. Tampoco mira ya al joven de la primera fila. Algunos aplausos. Silencio expectante. Los publicistas han usurpado la palabra poética. Y hay poetas con alma de publicistas. Cómplices. Ha de escribir sobre ello. Alguien le pide que lea de nuevo los mismos versos. Porque era un poema muy breve. Intenso y abrumador. No dió tiempo de atraparlo. Huyeron las palabras, desvanecidas en el aire, como el humo de un fósforo al apagarse. El que oye ha intuido algo y desea confirmarlo. La poeta accede y lo recita de nuevo. Decepción del oyente. El deslumbramiento anterior no se repite. Los peces rojos ahora son medusas azules. Se confirma la magia: ¿Quién sabe el sendero de un verso?

Árboles de invierno

Painting by
Painting: Geo Poggenbeek. Rijksmuseum.

Han completado ya
hasta el mínimo detalle
que los desnuda y viste.
Una luna líquida
se mece suavemente
entre largas ramas.
Protegido cada brote
de la certeza del invierno
el árbol sabio resiste
en el frío
soñando.

William Carlos Williams. Uvas amargas: Un libro de poemas (1921)
La traducción es mía.


All the complicated details
of the attiring and
the disattiring are completed!
A liquid moon
moves gently among
the long branches.
Thus having prepared their buds
against a sure winter
the wise trees
stand sleeping in the cold.

William Carlos Williams. Sour Grapes: A Book of Poems (1921)
Translation to spanish is mine.

Eco

Extraño lunes de carnaval. Hoy es festivo en Cádiz, pero un festivo como otro cualquiera, como un soleado día de domingo en el que pasear por la playa o por las calles saboreando la tranquilidad del día de descanso. No hay nada del extraordinario bullicio en el que se sumerge la ciudad en estos días, tan sólo el eco virtual de lo que pudo haber sido, de lo que siempre fue, todos los años, la fiesta que nos define.

Sospecho que miento, y también sospecho que digo la verdad. Porque escribo de lo que no veo, escribo de lo que imagino. No estoy en Cádiz para observar de primera mano lo que ocurre —las medidas preventivas de confinamiento no me permiten desplazarme—, sino en la vecina isla de San Fernando. Pero nací en Cádiz y he visto las calles soleadas muchos lunes de carnaval a lo largo de mi vida; también he visto las calles vacías de la pandemia. El contraste es brutal. Y el mundo paralelo y virtual en el que vivimos es incapaz de sustituir la realidad.

Imagen de un coro del carnaval de Cádiz
Coro Vive, canta, sueña. Carnaval de Cádiz 2018. Foto: Santiago Pérez

Sin embargo, no es tiempo de lamentaciones, de estupor en todo caso, o de rabia contra un enemigo que no piensa, que no tiene sentimientos ni humanidad, que busca la mayor efectividad con el menor de los esfuerzos, un enemigo casi perfecto. Le pierde su incapacidad para pensar, su comportamiento meramente biológico, previsible, animal. Es cuestión de tiempo su derrota.

Y nos vemos obligados a soportar el cansancio, la crisis brutal que acompaña a la pandemia, la tristeza, la soledad, A soportarlos colectivamente, como compartíamos colectivamente la alegría de un lunes de Carnaval. El de este año se ha perdido pero no del todo, se ha perdido su caracter de fiesta, de catarsis colectiva, su alegría desbordada, todo lo bueno que lo define. Todo eso que ahora es solo una imagen, un recuerdo, es la luz que alimenta nuestra voluntad de seguir adelante, la forma más real de la esperanza.

Poco sabemos

A veces me asombra esa capacidad de emocionarnos al conocer a un personaje literario. Por ejemplo, Anna Karenina, o Miss Amelia, de quien escribí en el post anterior. Y al contrario, la falta de empatía y emoción que nos produce, por ejemplo, el vecino de al lado. No es que seamos inhumanos e imperturbables ante los seres de carne y hueso y, por un extraño contraste libresco, nuestra sensibilidad esté más despierta ante un personaje de ficción.

La realidad es que siempre sabremos más de Anna Karenina, de Miss Amelia o de Aureliano Buendía, que de muchas personas con quienes vivimos alrededor. Aunque haya puentes y conversaciones, no podemos acceder al mundo interior de los seres reales porque nos está vetado, incluso de los seres más próximos. Tendremos cierto conocimiento en función de la cercanía o de otros aspectos, pero siempre habrá un territorio absolutamente personal y privado.

Imagen de la obra teatral Esperando a Godot
Representación teatral de “Esperando a Godot”. Foto: Dharampal Singh (cc by-sa)

Sin embargo, los caracteres de la ficción se nos ofrecen desde múltiples miradas —que en realidad es sólo una, la mirada del autor que los creó— mostrándonos aspectos, comportamientos, pensamientos que los definen y describen. Conocemos mucho más de ellos, de su forma de pensar, de sus razones, miedos y esperanzas. El autor nos desvela (siempre he creído que era una manera de desvelarse a sí mismo) ese mundo secreto que nos intriga y atrapa en las páginas de su historia.

Si pudiéramos saber de las personas y sus razones tanto como de los personajes de la literatura el mundo en el que vivimos sería completamente distinto. No sé si mejor o peor, pero posiblemente tendría mucho menos misterio, intriga y alicientes, entre ellos, la oportunidad de conocer con más justicia a las personas con quienes compartimos trayecto.

Coda: Por eso la literatura más realista quizá sea la que deja mayor espacio a la imaginación, a la interpretación del lector. Un ejemplo: ¿qué sabemos en realidad de Vladimir y Estragón? los personajes del drama de Samuel Beckett “Esperando a Godot”. Absolutamente nada, ellos llevan lo que nosotros llevamos dentro.