El taller del poeta

Suelo imaginar a un escultor ante su bloque de piedra constantemente picando porque nunca está satisfecho. Al final se queda sin piedra.

Comentaba esto por aquí hace cinco años a propósito de una cita de Antonio Machado sobre la intución del poeta, si debe editar mucho lo que escribe o dejar lo escrito más o menos como surgió.

Image of sculptor Augustus Saint-Gaudens
Picture: Augustus Saint-Gaudens. Smithsonian Institution.

Transcurrido el tiempo creo que sigo pensando lo mismo: Levantar el taller entre el extremo de la escritura automática de los surrealistas y el extremo de la perfección juanramoniana. A menos que el poeta esté al nivel de Tristan Tzara o JRJ.

Lo que en el fondo no deja de colocar a cada uno dentro de sus propios límites… limitaciones… o fronteras… Es interesante intentar traspasarlos, mejorar con el trabajo constante, descubrir hasta dónde llega el talento propio o dónde se acaba.

Si les interesa pueden leer la cita original de Machado en este enlace: La intuición del poeta

Autorretrato

Hubo un tiempo no muy lejano en el que hacer fotografías provocaba cierta inquietud, incluso desasosiego, en el fotógrafo. Y esto era así porque no existía manera de ver la foto tomada antes de trabajarla en el laboratorio. Para ello se sometía a la película a un proceso químico que revelaba la imagen en negativo y se proyectaba esta en un papel para fijarla y hacerla visible en positivo. Muchas veces no salía la foto que se esperaba. Y a veces, muy raras veces, aparecían cosas inexplicables.

Le pasó a mi amiga Teresa. Una tarde de noviembre agitada por un tiempo bastante desapacible Teresa sacaba fotografías en la playa con su máquina. Llevaba varios carretes en el bolso, pero no creía que tuviera que utilizarlos porque la tarde era mala de verdad, fría y ventosa. Pero las olas, espectaculares con aquel tiempo, y los colores grises que acompañaban a estos amagos de tempestad, le encantaban.

Aunque también adoraba el calor del laboratorio que tenía improvisado en uno de los cuartos de baño de casa, con su lámpara de luz roja para no velar la película, y su pequeño calefactor que le ayudaba a entrar en calor cuando regresaba de sus excursiones junto a la orilla del mar.

Image of a seashore at dawn
Picture: Spencer Pugh

Sabía de compañeros que se habían asustado al revelar imágenes extrañas. Imágenes que unos interpretaban como espíritus, otros como ánimas en pena e incluso había quien veía en ellas seres de otro planeta. A Teresa le entraba la risa al oír explicaciones tan peregrinas. Eran, aseguraba, tan solo fallos en el proceso químico de revelado, composisiones irreales causadas por la mala calidad del papel o un extraño cuadro instantáneo de sombras y luces inesperadas. Nada paranormal o extraordinario.

Y eso fue lo que pensó cuando esa imagen se fue revelando frente a ella. Al mirar el negativo con atención vió a una mujer que parecía estar saliendo del agua apuntándole con su máquina fotográfica. Incluso hubiera dicho que se parecía a ella. “Una mala pasada de la luz, el viento y la humedad combinados”, se dijo. Pero al positivar se fue dibujando sobre el papel una fígura nítida de mujer. Podía verla perfectamente, con la misma ropa que había vestido ella esa tarde, del mismo color y modelo, una máquina fotográfica idéntica a la de ella y el pelo rubio del mismo color y peinado que el suyo.

Cogió la fotografía y se colocó frente al espejo, mirando alternativamente hacia su imagen reflejada y hacia la foto de la playa. Era ella, sin duda, pero ¿cómo podía ser posible?. La única explicación que encontró fue que la humedad del mar había actuado como un espejo y había reflejado su propia imagen en el momento de hacer clic.

Sin embargo, y esto la descolocó del todo, no podía comprender de quién eran las pisadas sobre la arena mojada. Empezaban en el lugar dónde estaba de pie tomando la fotografía y se repetían, una tras otra, trazando una línea recta que llegaba hasta la orilla. Siguiendo la misma dirección, las huellas llegaban inequivocamente hasta su reflejo.

Tres imágenes de noviembre

No por no ser esperada deja de sorprender su rebeldía, su afán por destruir la paz interior duramente conquistada. ¿Disimula su perfil entre las luces melosas del otoño?¿Se esconde en el repique de tambor de los chubascos? Podría ser, pero no. Suele aparecer después, con el ocre aroma vegetal de las hojas sueltas, entre las gotas rezagadas que caen de los aleros, haciendo eco del silencio, dibujando su perfil vacío. La tentación de llenarlo con rescoldos.

Se oyen pasos cuando cesa la lluvia. Y el graznido perenne de las gaviotas. Las viejas barcas reposan en la orilla, la madera pudriéndose a la intemperie, su vigor convertido en reclamo para turistas que construyen romanticismo con cáscaras de pintura, con sus grietas arrugadas. Una de ellas podría ser Maqroll, ese fantasma que surge del fondo del mar en cualquiera de las dos orillas del Atlántico, desata las gavias y da curso a un viento triste y moderado, el componente sur que rodea tus sueños infantiles.

El grillo que despedía el último sol del verano ha dejado de cantar. La noche es ahora más silenciosa y fría.

Cuando seas vieja

Cuando vieja y gris te venza el sueño
e inclines la cabeza, junto al fuego, sobre este libro
y leas sin prisa y sueñes en la tierna mirada
que tus ojos tuvieron una vez, en el misterio de sus sombras;

En cuántos amaron tus momentos de encantada gracia,
o adoraron tu belleza con falso o verdadero amor,
excepto aquel que amó el alma peregrina que hay en ti
y las tristezas que mudaban tu rostro;

E inclinándote junto a la luz de las brasas
murmures, un poco tristemente, cómo Amor huyó
y alzó el vuelo sobre las altas montañas
y ocultó su rostro entre un millón de estrellas.


W.B.Yeats. La rosa (1893)
La traducción es mía

When you are old

When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face amid a crowd of stars.


W.B.Yeats. The rose (1893)
Translation to spanish is mine

Huidizo amor

Cuando le preguntaban, no soltaba prenda. Ahí estaba, detrás de la barra, sirviendo cafés o refrescos o lo que se terciase. No es que le pidieran la púrpura de Bizancio, pero al menos que dijese de dónde venía, quién era, por qué había aparecido de repente en aquel lugar, tan lejos de las viejas murallas de Estambul.

Tan lejos como él de la ciudad imperial, en un cafetín de Cádiz escondido tras una esquina milenaria, ella lee, sentada en la terraza, poemas de Rumi. Imagina al anciano enamorado mirando en el cielo negro las constelaciones que ella no puede ver; la luz eléctrica ha ocultado todas las estrellas y a veces las busca en este viejo tomo de versos aljamiados.

Es siempre la misma ciudad, la que siempre va contigo, su calle sumergida en la niebla, el ronco torpor de las sirenas de los barcos, la letanía navegante y líquida, la eterna sucesión de viajes de ida y vuelta. La ciudad vértice de un compás: en cada extremo, un hombre y una mujer que nunca se encuentran, no pueden, siempre girando en el círculo imaginario del destino.

En el café se oyen las noticias en la radio, los clientes entran frotándose las manos para calentarse y piden té. Tras la vieja ventana repintada mil millones de primaveras la niebla esfumina los barcos, se oye el chapoteo del agua. Hay conversaciones sin figuras al otro lado de la cortina gris. En otra niebla lejana, ella camina bajo los árboles, los mira y se pregunta qué dirían del amor si pudieran hablar.