Distancias

Imagen del Estrecho de Gibraltar desde Tarifa
Estrecho de Gibraltar. Foto: Alejandro Martin

Distancias

La señora Fernández daba sorbitos a su tercer gin tonic sentada en la terraza del Café Avenir, en la colina más elevada de la costa. El Estrecho de Gibraltar, un mar azul y panorámico sobre el que se deslizaban grandes buques mercantes que entraban o salían del Mediterráneo entretenía su espera. Desde la altura de la terraza los barcos parecían allí abajo pequeños navíos de juguete que apenas si se desplazaban en la lejanía, punteando el mar azul que la separaba del norte de Africa. La distancia, sin embargo, era mucho mayor que la que abarcaba la vista. El silencio de la tarde la agigantaba y la hacía poco manejable. Tal vez por eso llevaba ya tres gin tonics, por el espacio que había entre ellos, la división o la falta de fronteras manejables. En un sitio tan fronterizo era una ironía, o un sarcasmo, pensó.

No tuvo que pedir el cuarto. Cuando el camarero lo sirvió la tarde se acercaba ya demasiado al mar. Un sol púrpura, el sol feliz de las parejas de enamorados que ella creía ver en cada mesa, en cada bulevar, en cada mirada, lejos. Había descubierto demasiado tarde que su noción de límite era una quimera, los límites son una marca profunda de la distancia, un lugar que dice que no puedes ir más allá. Había llegado al suyo y la única opción era sentarse y esperar, contemplar el mar, ver el atardecer.

Intentaba no dejarse abrumar por la distancia, pero los días claros la voluntad se dejaba llevar. Prefería la niebla y el sonido monótono de la sirena de los faros, la niebla graznando en la atmósfera como un avestruz, el panorama plomizo de la nada. Pero hoy no era el momento de la bruma sino del aire transparente. Dejaba ver con diáfana claridad la costa de Marruecos, las casas blancas, la gemela precisión de los colores, esa medida exacta que bordea los espejos.

Se levantó de la mesa cuando el mar perdió la delicadeza azul que lo iluminaba. El camarero la miró alisarse la falda y ajustar el equilibrio de su cuerpo cenceño sobre los tacones. Se irguió sobre los pies unos segundos, recta como corresponde a la dignidad de alguien que ha esperado. Se quitó las gafas de sol y las guardó al bolso con un envidiable gesto de autodominio y se dirigió a la puerta. Aún no estaban encendidos los faroles, así que no le importó la humedad en los ojos, que no llegó a desbordarse. Nadie es también una distancia.

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Cartas

Cada día trae un barco
y cada barco una palabra;
Bien por aquellos que no tienen miedo.
Miran hacia el mar con la seguridad
de que la palabra que trae el barco
es la que desean escuchar.

Ralph Waldo Emerson. May-day y otros textos.
La traducción es mía.
Drawing View of a bay with sailing-ships by Ivan Aivazovsky
View of a bay with sailing-ships by Ivan Aivazovsky
Every day brings a ship,
Every ship brings a word;
Well for those who have no fear,
Looking seaward well assured
That the word the vessel brings
Is the word they wish to hear.

Ralph Waldo Emerson. May-day and other pieces.
Translation to spanish is mine.

B-612

Foto de El principito
Foto: B-612 de MissMayoi (CC BY 2.0)

Serás siempre mi amigo. Querrás reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así… por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando al cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco.

Antoine de Saint-Exupery. El principito.


“You will always be my friend. You will want to laugh with me. And you will sometimes open your window, so, for that pleasure… and your friends will be properly astonished to see you laughing as you look up at the sky! Then you will say to them, ‘Yes, the stars always make me laugh!’ And they will think you are crazy.”

Antoine de Saint-Exupery. The little prince

Releyendo a Dorian

Un lector de veintiuno es sustancialmente distinto de un lector de cincuenta y uno. Ese intervalo de treinta años entre ambos determina una lectura diferente de un mismo libro. Más aún si la obra es El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Leer la historia de Dorian cuando uno es joven y está empezando a descubrir los perfiles de la vida, los más dulces y los más ariscos, no tiene nada que ver con la lectura que se hace treinta años después, cuando esos perfiles se han convertido en recuerdos placenteros y cicatrices. Quizá esta novela sea ejemplar como prueba de que hay libros que es conveniente leer más de una vez en la vida.

Como ya han pasado treinta años desde mi primera lectura y mis intereses y mis conocimientos son otros, lo que escribo a continuación tiene por fuerza que ser diferente a lo que habría escrito cuando leí por primera vez el libro, fascinado en ambas ocasiones por el ingenio descomunal de Wilde. Muchas veces se comenta de determinadas obras literarias que ningún editor se atrevería a publicarlas hoy en día porque su propuesta sería un fracaso en ventas. Eso no pasaría con El retrato de Dorian Gray si se hubiera escrito ayer. Sería un superventas mundial, seguro.

No es necesario que les cuente el argumento, cualquier aficionado a la literatura lo sabe. Es ese argumento lo que vendería el libro. La historia es fascinante y me lleva a la primera cuestión interesante que plantea esta historia: Si ya conocemos el argumento de un libro, su desarrollo y su final, ¿qué lo hace interesante para el lector? Como se dice hoy en día, si nos han hecho un “spoiler” de la trama y su final, ¿cómo es que “El retrato…” no pierde interés? Y hago la pregunta de una tercera manera, ¿dónde está el valor literario de una novela si, desvelada la trama y el final, ya no nos aporta nada que nos atraiga, ya nos aburre?

Retrato de Pablo Picasso por Juan Gris
Retrato de Pablo Picasso por Juan Gris

La habilidad de Wilde está en plantear con suficiente profundidad una reflexión sobre la vida y el arte que, más de un siglo después de su publicación, no ha perdido vigencia. Dorian consigue hacer de si mismo un ser eternamente joven, el autor le mantiene así en una operación de retoque artístico literario que es solo apariencia. Su retrato muestra su encanallamiento.

En 1890 las redes sociales eran reales, no virtuales: visitas a salones de sociedad, a casas de personajes distinguidos, asistencia a la ópera, almuerzos en el club. Esos lugares eran en buena medida los facebook, linkedin o instagram de hoy. Ahí es dónde Dorian enseña su mejor imagen, pero no su retrato, que esconde en la habitación más recóndita de su casa, porque muestra la verdad. El tiempo, como se suele decir, acaba poniendo a todo el mundo en su sitio y es inevitable que acabe alcanzando a Dorian y desvele su secreto. Wilde nos ahorra el escándalo final, no lo necesita para contar lo que quiere, todo el mundo ha convertido en rumor maledicente la vida de Dorian, la sociedad solo necesitará una última confirmación, que el autor no escatima en su relato.

Retrato de Madame X de John Singer Sargent

La novela tiene muchas otras lecturas. Son constantes las reflexiones en torno a la función y el sentido del arte. Y a la ética del artista. Lord Henry, amigo de Dorian, en conversación con el autor de su retrato, Basilio Hallward, le dice al pintor, con su particular cinismo, que “los poetas no son tan escrupulosos como usted es. Saben cuánto ayuda a la venta la pasión útilmente divulgada. Hoy día, de un corazón desgarrado se tiran muchas ediciones”. Es solo parte de un diálogo más extenso en torno al tema de la función del arte y el papel del artista. Hay varios, empezando por su inolvidable prólogo, a lo largo de la novela, que la hacen especialmente recomendable a cualquier persona que quiera dedicarse a una actividad creativa.

El retrato

El retrato, como si de un personaje más se tratase, es un artefacto literario que da que pensar lo suyo. Para empezar, la transformación que sufre la pintura a lo largo de los años como consecuencia del comportamiento canallesco de Dorian, es un hecho imposible en la vida real, ningún cuadro, ningún retrato se deforma por influencia de no se sabe qué poder —además, Wilde no lo precisa, lo que subraya su habilidad como narrador, excitando el fondo religioso y mágico de la mente del lector.

Sin embargo, nos parece creíble que esa deformación de la pintura se produzca. Es el único hecho imposible que aparece en la novela, pero no le resta un ápice de credibilidad al conjunto. Y esto es, en mi opinión, porque tanto el público como el creador tienen la creencia, la sospecha, la fe en definitiva, de que en toda obra de arte está plasmada en alguna medida el alma de cada personaje e incluso el alma del autor. El alma: piénsenlo más allá de la metáfora y la transformación del cuadro de Dorian pasa de ser un hecho imposible a una posibilidad real. Nos lo creemos porque tenemos fe en esa metáfora, pensamos que el arte tiene en su esencia, o transmite en su exposición, algo más que palabras, colores o sonidos. O, lo que es lo mismo, que el arte verdadero está vivo de alguna manera, como lo está el cuadro de Dorian al desgastarse con el paso del tiempo y el comportamiento de su protagonista. El final de la novela es revelador de esta idea.

Autorretrato de Alberto Durero
Autorretrato de Alberto Durero

Si uno piensa en la historia del arte, recordará retratos que, en efecto, han capturado el alma del personaje reflejado: el Autorretrato de Alberto Durero, realizado en 1500; Mona Lisa de Leonardo, fechada en 1506 aproximadamente; Inocencio X de Diego de Velázquez, pintado en 1650; La joven de la perla, de Johannes Vermeer, alrededor de 1665; Madame X de John Singer Sargent (1884), el autorretrato de Van Gogh de 1889; el retrato de Pablo Picasso pintado por Juan Gris en 1912 o el retrato de Jeanne Hebuterne pintado por Modigliani en 1917 son buenos ejemplos.

A diferencia de un cuadro real, el retrato de Dorian Gray evoluciona como un ser vivo, se transforma con el tiempo y con los hechos como si fuera una persona. En ese sentido, podría pensarse que es un fracaso porque una obra de arte es fascinante en la medida en que capta un momento que de inmediato se convierte en pasado, es decir, un instante que se desvanece para siempre en cuanto la obra está acabada, pasando de la vida real al espacio del arte. En la novela ese instante que cualquier pintor capta para la eternidad, queda en cambio fijado en el cuerpo y en el rostro real de Dorian, dotando a la vida de una característica irreal, de un toque artístico por así decirlo que la embellece. Como la reflexión en torno al sentido y función del arte es consustancial al arte mismo, la novela sigue siendo plenamente contemporánea, su propuesta una veta más de innumerables pensamientos a cual más sugerente.

Mona Lisa de Leonardo da Vinci
Mona Lisa de Leonardo da Vinci

Se le podría reprochar a Wilde que en en ella ensalze la divinidad de la juventud por encima de cualquier otra razón, pero creo que no es así, que el autor británico despliega una sutileza sublime en su planteamiento. Quien defiende la juventud y sus placeres por encima de cualquier otra cosa es Lord Henry, el amigo de Dorian, un personaje cínico e inmoral en quien Hallward, el pintor del retrato, ve desde el principio una influencia fatal para Dorian. Wilde expone los puntos de vista de Lord Henry, pero también las consecuencias que se derivan de ese planteamiento. La sutileza está en plantear implícitamente que el alma se corrompe aunque el cuerpo conserve la juventud, que es en el alma donde radica la verdadera belleza, no en las apariencias. ¿Cómo explicar esta idea al lector de una manera sencilla? Aquí surge la idea del retrato. Y es una idea realmente ingeniosa porque tiene una fuerza comunicativa muy potente en su aparente sencillez.

El último Dorian

El tiempo pasa inexorable para todo el mundo, sus conocidos han envejecido, su piel se ha arrugado y sus ojos se van apagando. Y sin embargo, Dorian sigue apareciendo joven y lozano a pesar de que han transcurrido más de diez años desde que su retrato fue pintado. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo negar en su vida social el secreto de esa aparente eterna juventud? No puede hacerlo. Es la misma sociedad quien lo explica mediante rumores e historias en las que se mezcla lo real y lo imaginario, lo verdadero y lo falso.

Pero Wilde nos lleva más allá de las apariencias, de lo que todo el mundo conoce, de los rumores sobre la vida del protagonista, de su retrato escondido, y expone una tercera imagen de Dorian diferente de su imagen en sociedad y de su retrato: el Dorian interior que se rebela contra sí mismo, contra el ser en el que se ha convertido. Pero es demasiado tarde, su camino es ya un camino sin retorno.

Al final de la obra, su retrato se ha convertido en testimonio y revelación, una función también propia del arte. Es el retrato quien explica de algún modo lo inexplicable. Se ha transformado, haciendo un símil, en el libro de memorias de Dorian, un libro de memorias que él desearía no haber escrito nunca. Destruirlo es destruirse a sí mismo.

La estación de los ángeles

El verano es la estación preferida de los ángeles. Pasean entre nosotros sin que nos demos cuenta, camuflados en la luz. Deslumbrados, la mejor manera de apagar su brillo es usando unas gafas de sol pero, desde siempre, la forma más común ha sido entrecerrar los ojos, agachar la cabeza, mirar al suelo de día y durante la noche alzar la mirada buscando las estrellas. No se puede mirar a un ángel cara a cara, por eso siempre andan detrás nuestra.

Sin embargo, los ángeles no pasan desapercibidos para los poetas, baste mirar los versos del malagueño Rafael Pérez Estrada, por ejemplo. Mi paisano Rafael Alberti les dedicó un libro entero, por citar otro caso famoso de escritura angelical. Hay quien escribe sobre los ángeles en secreto y hay quien prefiere ver ángeles en el alma de los seres amados. ¿Cuánta poesía no es palabra de ángel?

Cuadro "Pueblo de la costa de España" de Konstantin Gorbatov
A coastal town in Spain. Konstantin Gorbatov

Que el verano sea su estación no es de extrañar: la brisa tibia, el calor infernal —propio de los ángeles caídos—, la transparencia del aire, la sensación de caminar con la ligereza de unos pies mercuriales, la tendencia a la sonrisa involuntaria y una alegría de vivir difícil de disimular.

En estos meses luminosos no es raro ver a alguien hablándole a su soledad mientras camina por la orilla o bajo la sombra de los sauces. Es porque está hablando con un ángel. Probablemente ni siquiera se de cuenta de ello, como quien piensa en voz alta y cree estar en silencio. Cuando me encuentro ante una conversación así, siempre me pregunto lo mismo ¿de qué estarán hablando? Y no tengo duda: del verano. Seguro que sí.