Calabozo de aire

Los relojes parecen taimados y traicioneros, pero no; son máquinas insensibles e inconscientes que se mueven con una mecánica eficiente. Y nada más. A pesar de todas las metáforas.

Fredo —así lo llamaban sus amigos italianos, aunque su nombre completo era Alfredo— siempre andaba falto de tiempo. Levantar el brazo y acercar su reloj de pulsera a los ojos era ya para él un gesto atávico, un automatismo fisiológico que repetía sin pensar. “LLego tarde” y como el conejo blanco de Alicia salía disparado a cualquier lugar donde —lo creía de buena fe— le esperasen.

Durante muchos años, incluso a pesar de la popularidad de los teléfonos celulares, su reloj de pulsera, con su correa de cuero marrón, su esfera dorada y sus manecillas de cine mudo, le acompañó por calles y viajes, por cocinas y camas, por besos y desengaños, y nunca se averió. Pero Fredo siempre vivió con la angustia de llegar tarde a cualquier sitio, una circunstancia que, al ir haciéndose mayor, le obligó a regulares revisiones cardíacas e incluso a algún tratamiento médico del que no pudo escaparse.

Un día despidieron a Fredo de su trabajo, reportero de un periódico conservador de media tinta. La modernidad, le dijeron, convertía en redundante su palabra escrita, y Fredo dejó de tener lugares a dónde llegar tarde.

El sudor había ido desgastando las juntas adhesivas que sostenían la hebilla de la correa y un atardecer, mientras observaba desde su ventana cómo las nubes pasaban veloces hacia algún lugar, se despegaron, el reloj cayo al suelo y se paró. Fredo lo recogió y pensó con tristeza en todas las metáforas que le transmitía su mecanismo detenido. Al caer la noche, se sirvió una copa de ginebra y, sentado en el sofá con él en la mano, sin poder dejar de mirarlo, casi esperando una despedida, se quedó dormido.

Su despido hacía inviable cualquier gasto no imprescindible, de modo que se acostumbró a vivir sin medir el tiempo. Al pasar las semanas, los meses, su angustia, que debiera haber aumentado a causa del crónico desempleo y las dificultades económicas, desapareció. La salud de su corazón trajo aparejadas sonrisas más frecuentes. Se le hizo más ligera y saludable la digestión y las palpitaciones cardíacas desaparecieron. Dormía como un niño y la lectura se convirtió en un remanso de paz. Los días de primavera disfrutaba la lentitud de largos paseos bajo el sol, y cuando llegaba el otoño se dejaba mojar un poco por la lluvia.

(Nota del autor: El título está extraído de esta cita:
“cuando te regalan un reloj te regalan…un calabozo de aire…”
Julio Cortazar. Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj)

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Teatro

Enterrada en la arena hasta la cintura, con su sombrilla al lado y su revólver a mano, Winnie pregunta retóricamente si es cierto que alguna vez las palabras nos abandonan. Y en ese caso, qué hacer para que vuelvan.

El patio de butacas, frente a ella, es un mar de silencio, una tempestad de palabras abandonadas, la realidad imaginada cada día por el público deja paso por unos momentos a la realidad imaginada cada día por el autor. Los espectadores callan y su silencio usurpa el silencio ahora roto del creador.

Doscientas personas, por dar una cifra, pensando todas a la vez en la propuesta de Samuel Beckett en Días felices, dos centenares de almas haciendo chispear sus neuronas, creando imágenes, ideas, pensamientos, propuestas o, simplemente, disfrutando del placer de sentirse identificado con una irrealidad o una evidencia.

El teatro siempre me conmueve, hasta cuando solo puedo leerlo.

Aissaua

Tocaba la flauta en mitad de la calle. En el lado de la sombra. El sol es sofocante en el sur en esta época del año. Nadie se detenía ante él, nadie aplaudía cuando terminaba, unos pocos se agachaban y dejaban caer unas monedas en una bolsa de cuero oscurecida por la intemperie y que se abría a sus pies para recoger lo que quisieran darle. La enfermedad no le permitía ver bien, así que cada brazo que se acercaba a la bolsa para dejar una moneda, a él le parecía el cuerpo de una serpiente que se elevaba de la bolsa lentamente, hipnotizada por la melodía.

Muchos años atrás, cuando era joven y la vista no se le nublaba, había adquirido con paciencia y tenacidad la rara destreza de capturar serpientes. Las vendía a los aissauas que las hacían danzar antes los turistas en Marrakech y otros lugares junto al desierto. Con el tiempo aprendió a dominar su temor, a embriagar los sentidos de las serpientes, a dominar su cuerpo y hacer que danzaran al son melancólico de la flauta.

Era común entre los aissauas decir que “las serpientes son como las personas. Tienes que llegar a conocerlas. Entonces puedes hacerte amigo de ellas”. Si la primera vez que lo escuchó tuvo alguna duda de su certeza, los años y desengaños le convencieron de que sus colegas siempre fueron más sabios que él.

Cuando vino a España, le requisaron en la aduana las dos serpientes que llevaba en la bolsa de cuero. A pesar de los gritos y aspavientos, no pudo recuperarlas. Los pasajeros en tránsito lo miraban como quien mira a un hombre que ha perdido la razón. Los guardias se llevaron un susto tremendo al imspeccionar la bolsa, lo que hizo más difícil aún la situación. Por más que intentó convencer a los agentes de que las necesitaba para vivir, le dejaron bastante claro que los animales se quedaban allí. Al principio fue una situación preocupante para él, hasta que supo dónde encontrar víboras en el campo y cómo dominarlas.

El día que le conocí, yo también me agaché a depositar mi moneda, hipnotizado por la triste y repetitiva melodía que tocaba en la flauta. Al levantarme me pareció escuchar un siseo leve que salía de la bolsa de cuero. Miré en la oscuridad de su interior un poco asustado, pero solo ví monedas. Y aunque a veces he pensado si tendría allí escondida una serpiente, me parece una idea tan irreal que la descarto de inmediato. Es una imagen que se me aparece involuntariamente, sobre todo cuando vuelvo a oír en la radio o en la calle alguna melodía como la de su flauta. A veces, al andar, cuando mis zapatos rozan el cemento, producen un siseo parecido al de una serpiente. Eso fue lo que debí escuchar aquel día.


(N. del a.: La frase entrecomillada pertenece al relato “Allal” del escritor estadounidense Paul Bowles, que me dió la idea para escribir este)

Un arenque de vez en cuando

Compró cebollas frescas, pan y aceitunas. Aún quedaba café en la lata y algo de azúcar, lo que le permitió comprar un arenque. El viejo almacén olía a encurtidos y serrín. Un rayo de luz se filtraba por la rendija de la única ventana que daba a la calle, una ventana medio desportillada de madera, hinchada por la humedad. Con la luz viajaba el olor a yodo de las mañanas.

Al salir al exterior sintió el aire fresco más intensamente. El aire estancado del almacén le recordaba a las bodegas de los viejos barcos. No es que él hubiera viajado alguna vez en ellos, pero sí había estado en el interior de una reproducción de La niña en Palos de la Frontera. El ambiente cargado y reconcentrado debía ser más o menos ese bajo la cubierta de madera.

Entonces, cuando visitó aquel barco, aún no estaba solo. Lamentó la mala jugada a la que le invitaba su mente. La nostalgia, como la melancolía, es un puñal afilado. Y esta vez no sabía si sería capaz de llorar, aunque fuera un poco, unas mínimas lágrimas, la analgesia salada de otro tiempo. Por suerte, empezó a lloviznar. Las gotas de lluvia fueron mojando las hojas doradas por el final del verano. El olor a tierra humeda le trajo otros recuerdos más antiguos, imágenes alegres de la infancia, cuando era niño y jugaba con otros niños.

Caminaba lentamente, no tenía prisa por llegar a casa. Sabía las trampas que la memoria le tendía en cada habitación. Había guardado en un baúl todas las fotografías, vendió casi todos los objetos familiares salvo algunos, más queridos, que escondió bajo el canapé de la cama, y ya solo leía a JRJ. Como este pulía las palabras y los versos de sus poemas, él desnudaba su cotidiana mirada de todo estímulo que invocara al tiempo, tratando de sobrevivir desde lo más puro y simple: respirar aire limpio, el olor yodado del mar, el paseo al almacén, cebollas frescas, café y un arenque de vez en cuando.

Poemas que nadie leyó

Ella escribe poesía con los ojos cerrados. Mientras duerme, cada palabra, cada verso, surge en su mente limpia y luminosa, creando poemas que le parecen perfectos. Como nunca se depierta para anotarlos, al cabo de unos minutos las palabras, los versos, se van disolviendo, el poema desaparece. Como un ave que pasa de largo.

Intenta reescribirlo de nuevo, pero ya no está. Y así sucede su poesía, en el territorio oculto de los baúles de la mente, escondidos bajo un velo de silencio.

Cuando no aparecen nuevos versos se pregunta en qué parte del olvido se almacenan los poemas que nunca nadie leyó, salvo las poetas que los imaginaron y guardaron para sí, tal vez por egoismo, tal vez por pereza o miedo, o por el simple placer de disfrutar un poema efímero como un ligero viento de septiembre.

No importa de dónde vinieron, pero ¿A dónde van los poemas que nadie leyó? Si despertara, tal vez lo averiguaría. Tal vez, como ella, quedaron suspendidos delante de una coma, viendo la última palabra imaginada y luego ¿el vacío o la espera?. Los médicos piensan que no despertará, pero nadie sabe aún dónde van esos poemas.