Salina

Su alfombra blanca
ilumina los esteros
con cristales de sal
agua marina.

Allí guardan la mirada
el chispeo que siembra la ola,
el mineral fundido
en blanco, el viento feraz,
el sol amarillo y rumiante,
el vacío sendero de la marea.

El aguasol donde nace
al compás del aire
la alegría.

Destello

Ya queda menos de mí, lo sabe el sol;
El latido de la vida me ha cubierto
de un olvido incierto
pero aún no de la digna claridad
de la muerte. No pueden siquiera morir
aquellos que no han vivido.


La boca ávida
del espacio quiebra mis ojos torpes,
y las zarpas del tiempo se clavan en mí.

Si no soy de la vida, si no soy de la muerte
debo asumir de nuevo, más allá del caos,
la carga de un aliento que nadie ha gustado
Quien no ha despertado no puede aún dormir

Hazel Hall. Cortinas (1921)
La traducción es mía

Image of white curtains
Curtains by eduard militaru

Flash

I am less of myself and more of the sun;
The beat of life is wearing me
To an incomplete oblivion,
Yet not to the certain dignity
Of death. They cannot even die
Who have not lived.


The hungry jaws
Of space snap at my unlearned eye,
And time tears in my flesh like claws.

If I am not life’s, if I am not death’s,
Out of chaos I must re-reap
The burden of untasted breaths.
Who has not waked may not yet sleep.

Hazel Hall. Curtains (1921)
Translation to spanish is mine

Desde un mar en calma

Recuerdo una entrevista que hicieron al escritor británico Ian McEwan en la que decía que amaba y odiaba escribir, que había días en los que era una delicia ponerse ante la máquina y otros un castigo divino. Es la carga que tiene que soportar un escritor profesional, tiene que escribir todos los días, le apetezca o no, tenga la mente despejada o nublada, tenga buenas ideas o se haya despertado obtuso como un corcho.

En todo caso, y con independencia del carácter crematístico de la literatura, sí es cierto que la actividad creativa tiene esa capacidad de sumergirnos en un mundo ajeno a nuestra realidad inmediata y del que surge una obra, mejor o peor, que a veces es capaz de hacer que otros se sumerjan también en ese mundo y lo hagan desde su propia nave, es decir, desde su conocimiento del mundo. El arte siempre es creación de dos, del autor y del espectador-lector, es creación compartida.

Esta última característica, la de compartir la obra que resulta de la actividad creativa, es una de las que diferencian la creación artística de otras realizaciones humanas. Es indudable que un fontanero, o un camarero, o un ebanista en plena actividad están bastante ausentes de su realidad inmediata, concentrando todo su conocimiento y atención en una tubería de plomo, en la preparación de un cóctel o puliendo una pieza de madera; para ellos no existe en ese momento otra cosa en el mundo que el tubo averiado, la aspereza de la madera o los ingredientes de la bebida. (Y aquí podríamos empezar a discutir si todas las actividades que realiza el ser humano pueden alcanzar la categoría de arte, pero no quiero alargarme).

Imagen del cuadro El poeta pobre de Carl Spitzweg
El poeta pobre de Carl Spitzweg

Ya sea una actividad artística o no, durante un tiempo indefinido, a veces horas, su mente se funde casi completamente con el medio. Algunos lo llaman vocación, otros pasión, en todo caso sí hay una “sintonía con tus deseos o anhelos y con tu propia naturaleza” como acertadamente escribe Olga Rubal en su blog. (Como el comentario me salía demasiado largo, he preferido hacerlo directamente desde aquí y compartirlo también con los lectores de este sitio).

Hubo un tiempo en el que escribí con intención de publicar y ganar dinero con ello y la experiencia fue un fracaso. No solo no lo conseguí, sino que la mayoría de los días que me sentaba ante la máquina me sentía incómodo, me acosaban ideas sobre qué le gustaría al lector o qué le gustaría a la editorial que se mezclaban con la idea que yo tenía de qué me gustaría crear a mí. Llegué a dudar si realmente me gustaba escribir.

Han pasado algunos años y fracasar en mi empeño me ha hecho más libre: no tengo ninguna obligación con ninguna editorial ni con ningún tipo de lector específico. Escribo lo que me apetece, cuando me apetece y lo publico aquí; quien quiera puede leerlo y no cobro por dar a conocer lo que escribo. Me gusta escribir y lo hago con la regularidad que me permiten mis obligaciones, a veces intensamente y otras con la demora de un barco en un mar en calma.

Para ser un comentario al escrito de otra autora se me ha ido el párrafo fuera de límites, así que aquí lo dejo, abierto a que expresen ustedes sus propias opiniones.

P.S. 2: No estoy seguro de si la que sigue es la entrevista a la que me refiero al comienzo de la entrada, he visto varias al autor británico, pero si les apetece oírle, aquí les dejo el enlace.

Haikus de invierno

Dibujos de Yokoyama Taikan

Cualquier estación del año es buena para reflejarla en un verso. Estos son haikus de primavera, de mi serie “El aire, limpio”, pero llevan en su interior el invierno, como el invierno esconde bajo la nieve la primavera.

Los dibujos son del artista japonés Yokoyama Taikan.

Adiós tristeza
terso manto de nieve
cristal de luz

Pensión de guerra

El ocioso caballero escribía aventuras que ocurrían en lejanas tierras. Aún el rey luchaba con los tercios allí donde lo había hecho él, antes de sus heridas, antes de su forzoso retiro de los frentes de batalla, de las luchas de religión, de las guerras del poder. No añoraba los trabucazos ni la pólvora de los cañones, ni la brisa de los barcos rumbo al norte, ni las órdenes, ni a la mayoría de los camaradas. Había terminado por amar la soledad.

A veces sí echaba de menos alguna parte de su cuerpo que había entregado por la causa de la corona, aunque debía agradecer a Dios que aún tuviera, al menos, una mano para escribir y para alimentar el gato, que era el único que comía en aquella casa. Porque, si bien es cierto que en la guerra el Estado funcionaba como un reloj, en asuntos administrativos parecía que el reloj atrasaba con la impropiedad que caracteriza al Estado cuando se pone a ello.

Su amigo Rodrigo, administrador de tributos del rey en aquellos pagos de España, le consolaba con la paradoja de Aquiles y la tortuga, para que no desesperara. Así, aguardando el correo del rey, año tras año, diligencia tras diligencia, murió viejo y olvidado, con un arcón bajo la cama lleno de historias que nadie iba a leer, creyendo que algún día recibiría la justa pensión que le correspondía como veterano de los tercios de Flandes.

Muchos años después, cuando el hielo ya se había inventado y la gente aún seguía preguntándose por qué la tortuga era más rápida que Aquiles, un joven narrador colombiano escribía, con su inolvidable genio caribeño, esta misma historia, la del veterano de guerra que espera eternamente su pensión acariciando un gato, perdón, un gallo, aunque sea comiendo mierda para sobrevivir.