Un regalo inesperado

Anestesia de Inaxio Goldaracena

El escritor navarro Inaxio Goldaracena ha tenido el detalle de enviarme su libro de poemas Anestesia, publicado por Baile del sol. Estoy realmente sorprendido por su generosidad y por las amables palabras de su dedicatoria, cuyo contenido me reservo para mí. Como no soy crítico de poesía no haré una reseña, pero sí reproduzco este poema, uno de los que más me gustaron del libro, que se abre con un hermoso prólogo de Isabel Bono.

Alta fidelidad de Inaxio Goldaracena

Pueden encontrar a Inaxio Goldaracena en Halcón de la noche.

Un cielo blanco

Cloud of Trees

Encontré esta foto de Guiherme Nicholas navegando en flickr, dónde el autor la ha titulado Cloud of trees, nube de árboles. Tiene los ingredientes justos de misterio y fascinación para mirarla detenidamente unos instantes. Transmite esa tibia sensación de paz que acompaña a la plena conciencia del presente, el lado opuesto de la ansiedad. Los domingos deberían ser así, como un cielo blanco y liviano bajo el lento movimiento de las nubes.

Décimas

Santiago_Perez_Malvido

I
Llegarás cuando arda el mar
y se enciendan las lucernas.
Esa noche alzará estrellas
tuyas y el rastro de sal
de un beso perdido, pan
que alimentará mis ojos
ausentes. Hay peces rojos
mirándome desde el agua.
En silencio oscuro nadan
su olvido ya sin luz, solos.

II
Sin ti las calles se estrechan
como hilos de equilibrista
y hay un ciego que camina
lento su miedo sobre ellas.
Bajo el mar descansas, perla
blanca, huella seminal
de amor frío, ni el vendaval
podrá remover la arena
donde ocultas tu belleza
tenue, tu sol mineral.

III
Llegaré cuando arda el mar
hecho espumas y palabras,
y no podré escapar, Claudia,
de su abrazo. Morirá
conmigo tu luz fanal,
la suavidad de tus senos.
En la orilla será tu eco
como un son de olas glaucas
que huirá cada mañana
entre el polvo de mis dedos.

Presenté éste poema a concurso al XXIII Premio de Poesía Luz que organiza el Ayuntamiento de Tarifa (Cádiz), resuelto hace algunas semanas. Aunque no obtuvo premio principal, fue seleccionado por el jurado para el libro que ha publicado la editorial ImagenTa con los mejores versos presentados al concurso. Así que estoy muy contento de ver en letra impresa éstas décimas de mi taller, relacionadas con una localidad tan hermosa y marinera como es Tarifa.

 

A veces falla lo obvio

relato
Foto: Louise McLaren (CC BY 2.0)

Luisa cuelga el teléfono. Acaba de hablar con su madre. La anciana llama cuando se siente sola y habla por los codos. Cuando supo quien era le dijo «espera un momento, mamá» y fue a apagar el fuego que tenía encendido en la cocina para atender la conversación sin sobresaltos. Ahora que ha terminado de hablar cuelga. Cuelga sin mirar, como ha hecho tantas veces desde que tiene uso de razón. Aún recuerda el teléfono clavado en la pared del pasillo como un cuadro. Tenía que levantar el cuello para observar aquel aparato que sonaba con la urgencia escandalosa de las ambulancias. Ella era entonces una niña y no alcanzaba con sus bracitos el auricular. En la casa de sus padres no había nadie demasiado alto, pero ella era aún demasiado pequeña. Con el uso, aquel aparato se convirtió en una marca de progreso, la señal que le iba indicando que se hacía mayor. Sus hijos nunca llegaron a ver ese horizonte imaginario, siempre tuvieron el teléfono al alcance de la mano, encima de la mesa. A veces se pregunta dónde encontrarían ahora los niños esa perspectiva. En su infancia el teléfono fue un nuevo centro de gravedad para la familia, como antes lo había sido la radio. Todos gravitaban alrededor de aquel aparato hasta hacía poco inalcanzable para la economía familiar, aunque mamá aún se acercaba al transistor para escuchar el ángelus en Radio Nacional y papá para escuchar el parte. Oír y callar. Para ella, en cambio, el teléfono le permitía no sólo oír, sino también hablar, conversar con sus amigas, intercambiar opiniones con otros. Pero eso vendría después. Antes tuvo que crecer para poder marcar los números en esa rueda que giraba impulsada por el dedo índice y volvía sola a su posición de origen. Y recordaba con nitidez la risa tonta que le provocaba el artilugio cuando quedaba mal colgado, sostenido en el aire por un grueso cable verde, el elástico estirándose y encogiéndose como un juguete de muelle y en su extremo el auricular rebotando contra el papel pintado de la pared. Efectos de la gravedad. Ahora, si se queda el teléfono descolgado, ni te das cuenta. Seguir leyendo.

La revista digital CaoCultura me publicó este relato en junio. Pueden leerlo completo si clican en el enlace.