Berlín, 1989

La señal convenida era un anuncio en el periódico el día del cumpleaños de mamá. En el periódico del Este y en el periódico del Oeste. Casi desde los primeros días era necesario realizar cualquier cosa por duplicado. No sólo los papeles. Exístían también los agentes dobles, los anuncios bilingües —y hasta cuatrilingües cuando comenzó todo—, la doble moral y los dos lados de la frontera.

Hacía veintisiete años que no veía a mi hermana. Tan parecidas éramos de aspecto como dispares de carácter. Y yo nunca llegué a creerme que los rusos fueran a hacer nada bueno por nosotras, lo que me valió no pocos desprecios y muchos años de soledad, incluso aquí, en este lado del muro. Ella sí creyó, a pie juntillas. No sé qué pensará ahora, cuando todo se ha venido abajo con tanto estrépito.

El muro. Había roto por la mitad la calle dónde jugábamos a la comba y a la rayuela cuando éramos niñas. En aquel lado quedó la casa de mamá, el almacén de Otto que vendía aquellos palotes de caramelo de cereza, la oficina de correos, los jardínes de sombra de nuestros primeros veranos. De este lado, el cementerio de los caídos en la guerra. Tal vez ella quiera acercarse hasta aquí y poner unos jazmines blancos dónde está papá. No sé.

Tantos años sin hablar. El áspero intercambio de mensajes ocultos en palabras subrayadas en los libros, libros que venían del Este y volvían de vuelta: Maiakovski, Shólojov, Gorki, Tsvetaieva… Me enteré de que mamá había muerto con tres palabras subrayadas a lápiz en un cuento de Chejov. La realidad oculta en el país de la ficción. Aquel también fue un año duro.

Imagen de Berlín en 1991
Berlín. Foto: Bundesarchiv, B 145 Bild-F088845-0005 / Thurn, Joachim F. / CC-BY-SA 3.0


Los libros de este lado eran clandestinos allí. Y, de todos modos, ella no los iba a leer. Claro que ahora, tal vez haya cambiado. Mientras me preparo para salir a su encuentro, peinándome en el espejo, la veo a ella reflejada, las canas, las arrugas, el tiempo huidizo y un montón de recuerdos desconocidos para ambas.

Llegué tarde al lugar convenido, el quiosco de periódicos de nuestra vieja calle dividida. Ella no se presentó. Esperé mucho rato, diría que horas aunque solo fueron unos cuantos minutos. Un hombre se acercó a mí y me preguntó si yo era la hermana de Olga. Sí claro, soy yo. Me entregó un ejemplar de Anna Karenina, se levantó un poco la gorra para saludar, se dió la vuelta y se marchó.

El cuerpo de Olga apareció flotando en el Spree unos días después. Tuve que ir a identificarla. No sé cómo me relacionaron con ella. La Stasi, supongo. Pude enterrarla junto a papá gracias a las gestiones de un amigo militar. Sigo siendo yo quien les lleva jazmines blancos cada domingo. Mi vida se ha reducido a un interminable laberinto burocrático con un único objetivo: que me entierren al lado de mamá, en el otro lado del espejo.

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Baja laboral

Image of office plants
Picture: Alvin Engler

«El jueves, dijo, te espero aquí a primera hora de la mañana. No te quiero ver hasta entonces. Puedes marcharte». Al abrir la puerta del despacho, el silencio se hizo largo como el pasillo en el que se alineaban las mesas de trabajo. Ni siquiera prestó atención a la maceta de jazmines con la que su amiga Charo alegraba la mesa. Las flores parecían una pequeña constelación blanca a esta hora de la mañana, brillantes de optimismo. Por eso no vió cómo Charo evitó mirarla al pasar.

¿Para qué quiere verme el jueves, si ya esta todo dicho? Miró los objetos dispersos en su mesa, el marco con las fotos de sus dos hijas pequeñas, el último parte médico de la mutua, los bolígrafos con el tubo plástico de tinta medio gastado, el imán de los clips revoltosos. El ordenador estaba suspendido. Lo apagó. Guardó en el bolso el marco con las fotos y los papeles importantes. Ordenó la mesa.

Mientras recorría el pasillo apoyándose en la muleta, camino de la puerta de salida, podía notar el silencio, impropio en la oficina a esa hora de la mañana. Al llegar al ascensor se giró para mirar de nuevo el lugar en el que había trabajado los últimos ocho años. Nadie se levantó para despedirse. Deseó unas palabras de ánimo que no llegaron. Escuchó cómo se abría la puerta del ascensor detrás de ella, le dió la espalda a la oficina y la máquina se la llevó hasta el piso más bajo.

El jueves volvería para firmar los papeles. Apoyaría la muleta en la silla vacía junto a la suya, frente a la mesa del director. La noticia ya sería conocida por todos. Entonces recibiría el cariño de sus compañeros, unas palabras de apoyo o algunos consejos para sobrellevar la situación, tal vez una sugerencia de dónde encontrar un nuevo empleo. Nada parecido al silencio, nada tan cercano al miedo. Después, al salir a la calle, notó el impacto frío del aire bajo el sol de la mañana.

Define infierno

El infierno es relativo. En la literatura religiosa y laica existe cierto consenso en que es un lugar donde el sufrimiento es la norma, el sufrimiento como castigo de acciones pasadas. Por analogía, la vida real puede ser un infierno: un lugar o una persona o grupo de personas actúan de tal modo que son capaces de convertir la existencia de un individuo en un continuo sufrimiento. Y en muchas ocasiones, basta uno mismo para hacerlo.

The shipping news cover book

Estos infiernos reales han sido siempre materia de la literatura, esas verdades que solo pueden contarse a través de la mentira de la ficción. El punto de partida de la novela The shipping news (traducida en España como “Atando cabos”) de la autora norteamericana Annie Proulx es el infierno particular de Quoyle: un muchacho que parece algo alelado, que vive en una autocaravana y que se enamora perdidamente de una mujer que es un demonio.

Ella, tras unos meses de amor apasionado del que nacen dos hijas, se desentiende de la vida familiar y se dedica a salir todas las noches con diferentes hombres hasta el punto de acostarse con ellos en la misma caravana donde duermen su marido y sus hijas. Un infierno para un Quoyle ciegamente enamorado incapaz de reaccionar. El arranque de la novela, la descripción del protagonista principal y su desgraciada vida es subyugante y aterrador.

Para completar la descripción del infierno, la mujer se fuga con uno de sus amantes, no sin antes llevarse a sus hijas y venderlas a un pederasta para, días después, matarse en un accidente de coche. Quoyle tardará en recuperarse. Y aquí empieza la verdadera historia que cuenta Annie Proulx: cómo se las apaña un hombre para salir del infierno.

Image of Culls Harbour in Newfoundland
Culls Harbour in Newfoundland. Picture by Michael Skeard

Con la inestimable ayuda de una tía lejana, que vive también su particular infierno personal —varios de los secundarios son personajes atormentados por las circunstancias a las que han sido conducidos por la vida, si bien no todos ellos son capaces de escapar —, Quoyle y sus hijas se mudan a un pueblecito perdido de la isla de Terranova, un lugar desolado por el hielo, el frío y la depresión económica causada por el agotamiento de su principal recurso económico, la pesca del bacalao.

Image of the writer Annie Proulx
Annie Proulx. Picture by Gus Powell

Allí encuentra trabajo en el periódico local, el prisma a través del cual la autora va narrando la vida de esta pequeña comunidad situada en un lugar apartado del mundo, la idiosincrasia de sus peculiares habitantes, sus costumbres ancestrales no exentas de supersticiones y magia, sus luchas cotidianas por salir adelante, sus ángeles caídos, sus frustraciones y sus anhelos.

Allí también descubre los orígenes de su familia, la leyenda negra que arrastran sus ancestros, que aún se conserva en la memoria colectiva de la comunidad y que tendrá que desmontar con pericia y sentido común, como se suelen desahacer los nudos marineros.

Image of Golden wisps in Newfoundland
Golden wisps in Newfoundland. Picture by Magnus Manske

Original en el uso del lenguaje —la traducción es del escritor español Mariano Antolín Rato—, en la nomenclatura del territorio, en las descripciones de los personajes y en la elección de los detalles y la simbología, The shipping news es una historia que engancha también porque está enfocada principalmente en las dificultades de las personas más humildes para salir adelante, para intentar construir una vida feliz en las circunstancias más adversas.

La autora consigue además transmitir la belleza escondida de un lugar, la isla de Terranova, dónde pocos se atreverían a vivir —en un día caluroso la temperatura máxima es de cinco grados centígrados— y del que muchos están deseando marcharse si no lo han hecho ya. Los amantes de las costas frías del mundo, de los puertos pesqueros ancestrales y de los icebergs disfrutarán leyendo esta historia.

Image of an iceberg around St. Anthony in Newfoundland.
Iceberg around St.Anthony in Newfoundland. Picture by Gerald Tapp

El libro ganó en 1994 el premio Pulitzer de Literatura y el National Book Award de Estados Unidos y fue adaptado al cine en 2001 por el director Lasse Hallström.

Dante peregrino

El viaje como aprendizaje, interior. Observar al otro, al extranjero, como manera de conocerse a uno mismo. El viaje también como huida del infierno, en busca del cielo. ¿Cuántos peregrinos medievales no habrían emprendido camino con la excusa de escapar por unas semanas de sus hogareños demonios?

La versión moderna del viaje como aprendizaje tiene mucha literatura. Es fácil recordar los versos de Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Dicho con otras palabras, piensa que no eres nada, eres en la medida que conoces y conoces en la medida que actúas.

O los versos mediterráneos de Cavafis evocando Itaca, recordándonos desde las doradas costas de Alejandría que Ulises fue el primer peregrino, y su único destino regresar a casa.

Pienso en Don Quijote atravesando tierras castellanas primero, luego aragonesas y catalanas, enfrentándose a fantasmas imaginados, es decir, a los propios fantasmas interiores. El viaje, otra vez, como aprendizaje. O como sanación.

La Divina Comedia, la obra maestra de Dante, lo es también en la medida en que el peregrino, el propio autor, acompañado por Virgilio primero y luego por Beatriz, hace un fantástico recorrido que le lleva del infierno al cielo.

Iluminación de la Divina Comedia que muestra a Dante y Virgilio cruzando el Aqueronte
Iluminación de la Divina Comedia que muestra a Dante y Virgilio cruzando el Aqueronte. Autor: Priamo della Quercia

Entre los múltiples lugares de peregrinación que existen en el mundo, cuidados por oficiantes de diferentes religiones, hay uno en la costa norte de Galicia que conocí en mi juventud, San Andrés de Teixido. Muchos días antes de visitar aquel sitio estuve oyendo hasta aprender de memoria que a San Andrés de Teixido “vai de morto quen non foi de vivo”, es decir que va como alma en pena quien no lo visitó estando vivo.

Un pareado que bien se puede decir es seña de identidad de aquel lugar. Pero no es una idea nativa. Ese concepto de peregrinaje, obligado aún después de muerto, tiene raigambre medieval y me he topado con su rastro precisamente en la Divina Comedia.

En su deambular por el Purgatorio, el poeta florentino encuentra a Omberto Aldobrandeschi (Canto XI), bandido feudal de la parte de los gibelinos, que purga sus pecados cargando en la cerviz una gran roca. La piedra que le oprime es su propia soberbia. En un momento de la conversación, Omberto dice a Dante: “Pues no lo hice de vivo, lo hago de muerto”.

Debió de ser una idea extendida en el medievo que, posteriormente, llegó de boca en boca al entorno de San Andrés. Esto no es más que una especulación, claro, pero tiene cierto sentido. La Divina Comedia se publicó en tres momentos diferentes, por partes: en 1314 el Infierno, en 1315 el Purgatorio, y el Paraíso de manera póstuma. El poeta murió en Rávena a causa de la malaria en 1321.

Imagen de San Andrés de Teixido
San Andrés de Teixido. Foto: Juan José Hernández Rodríguez

La primera referencia escrita y clara de San Andrés de Teixido como lugar de peregrinación data de 1391. Es decir, ya habían transcurrido más de setenta años de la publicación del Purgatorio, y más de medio siglo de la publicación completa de la Comedia. Quiero decir, que bien pudo ir rumiándose el concepto en el genius loci y en el lenguaje de la costa norte de Galicia, donde está localizado San Andrés de Teixido, hasta asentarse en la versión autóctona conservada hasta hoy.

Porque, y aquí lo voy a dejar, todo viaje está íntimamente relacionado con el lenguaje: la necesidad de entenderse con otros en una lengua diferente, el hecho de nombrar por primera vez lo desconocido, la construcción de los recuerdos (la imagen que no se nombra es un misterio o una entelequia), el relato y la comunicación de lo aprendido. Es en el lenguaje dónde se mezcla o se disgrega lo distinto, lo original y lo ignorado. Todo viaje empieza y termina en las palabras.

La isla del tesoro

Imagen de Cádiz desde La Isla.
Cádiz desde La Isla. Foto: Santiago Pérez Malvido

Muchas tardes salimos a ver cómo se oculta el sol. El simple acto de mirar la fantástica sucesión de colores se convierte en un ritual silencioso compartido por otras personas, que acuden a la misma hora, al mismo lugar, convocados por algún travieso duende del atardecer que nos llama. Y miramos, en silencio.

Cuando el día se va es el momento de hacer balance de la jornada, nunca antes. Lo aprendí de Robert L. Stevenson, escritor, autor de La isla del tesoro. En uno de sus ensayos dejó escrito esta idea: no se puede decir si la jornada ha sido buena o mala hasta que no llega a su fin. El escocés sabía que una vida cambia en una décima de segundo.

Y es que no hay nada mejor…