Pintura de un jardín en Arles de Van Gogh

El paraíso en un jardín

Escribir una novela cuya trama circula como un péndulo, girando lentamente al compás de la tierra alrededor del cultivo de un jardín. La literatura como pausa y contemplación. Así espero que sea «El tercer paraíso», la novela de Cristian Alarcón que acaba de ganar el premio Alfaguara y que saldrá a la venta en marzo.

Como lector me gusta demorarme en la lectura de un buen libro cuyo argumento no discurra a toda leche para satisfacer la impaciencia y/o ansiedad de un lector —mi otro yo— ávido de novedades y que reclama los más sorprendentes giros y situaciones. Como quien asiste a una función de circo y está deseando que los leones se coman al domador.

La vida diaria, creo, ya es toda una sorpresa en la que los giros son inesperados y mareantes. Otro ámbito puede ser la ficción literaria, que mucho tiene también de poesía, como remanso de paz.

Crónica anfibia

Entiendo que un periodista como Cristian Alarcón busque en la ficción respuestas que la práctica del periodismo no puede ofrecer, o no del todo. Hay «porqués» que se escapan de la inmediatez y los métodos del periodismo. Acaso la crónica sea un remedio parcial aunque insuficiente.

Algunos medios califican a Cristian Alarcón de cronista. Solo un cronista crearía una publicación como la que él lanzó hace ya diez años, Anfibia, que se define como «una revista nativa digital de crónicas y ensayos que combina el rigor de la investigación académica con la estética de la literatura».

Uno de los cronistas americanos más apreciados, el tristemente desaparecido Tomás Eloy Martínez, ganó hace veinte años este mismo premio con una extraordinaria historia de ficción que situó en el ámbito del periodismo, «El vuelo de la reina». El autor perfiló en esta historia un excepcional retrato de lo que es un villano moderno.

El hecho curioso de que también el primer premio literario fallado en España este año, el Nadal, lo haya ganado una periodista, Inés Martín Rodrigo con la novela «Las formas del querer» y el Josep Pla otro periodista, Antoni Cruanyes, con «La vall de la llum» no crea tendencia. Los periodistas más inquietos, menos conformistas, han necesitado a menudo la ficción para explicarse, para explicar el mundo.

Conforme pasan los años y voy leyendo más periodismo y más ficción, más convencido estoy de que ambos son necesariamente complementarios. Para los lectores y para quienes escriben.


Painting Asleep by Horace Pippin

El dedo negro

Acabo de ver algo de lo más hermoso.
Esbelto y quieto,
frente al dorado cielo dorado
un recto ciprés negro
delicado,
exquisito.
Un dedo negro
que señala el cielo.
¿Por qué, precioso, inmóvil dedo, eres negro?
¿Y por qué apuntas al cielo?

Angelina Weld Grimké. El nuevo negro: Una interpretación (1925)
A través de la Academia de poetas americanos.
La traducción al español es mía.


The black finger

I have just seen a most beautiful thing,
                     Slim and still,
              Against a gold, gold sky,
              A straight black cypress,
                     Sensitive,
                     Exquisite,
                     A black finger
                     Pointing upwards.
Why, beautiful still finger, are you black?
And why are you pointing upwards?

Angelina Weld Grimké. The New Negro: An Interpretation (1925)
Thanks to The Academy of American Poets.
Translation to spanish is mine.
Painting Chop Suey by Eduard Hopper

Me llevo el balón al Playboy

Cuando éramos niños, recordarán algunos de ustedes, no era facil tener un balón con el que jugar. A veces era el niño más acomodado quien lo traía y echábamos el partido en la calle. Si el dueño del balón se enfadaba por cualquier lance del juego, ya fuera una falta, un gol anulado o cualquier otra peripecia futbolera, no era raro que nos chantajeara a todos los demás amenazando con llevarse el balón a su casa si no cumplíamos sus exigencias, fueran justas o no.

Como los niños y las niñas de entonces jugábamos separados, desconozco si existía una versión femenina de este chantaje (animo a las lectoras de este sitio a que la comenten si, en efecto, la había).

El legítimo pensar —es más, seguro que alguna vez hemos sido testigos de algún caso—, que estas son actitudes infantiles, pero en ocasiones los adultos también reaccionan así. Y, no voy negarlo, ¿a quién no le gustaría ser el dueño del balón (aquí la palabra puede ser sustituida por cualquier otra que se desee) para hacer valer su voluntad al grupo con quien se comparte su valor?.

En mi caso particular sustituiría la palabra balón por “talento literario”. Es decir, que me gustaría tener suficiente talento literario como para decir “oiga, que si no le gusta lo que escribo, me llevo lo que he escrito a otro lado” y que me siguieran pagando igual.

Un conocido ejemplo lo protagonizó en su día el escritor estadounidense Saul Below con la prestigiosa revista The New Yorker, que le exigió ciertos cambios en un relato corto para publicarlo. No solo se negó, sino que se llevó el balón —el relato— al Playboy, donde además le pagaron mejor por su publicación.

Estado del libro: casi nuevo

Si alguna vez han comprado libros de segunda mano a través de internet habrán visto que es habitual que los libreros refieran el estado físico del ejemplar, si tiene algún daño o desgaste. A menudo apuntan que el estado del libro es casi nuevo.

Con esa idea en la cabeza la portuguesa librería de viejo Avelar Machado, la más antigua de Portugal, abierta desde 1876, lanzó hace una década una campaña publicitaria en la que usaba los retratos de James Joyce, Agatha Christie y Mark Twain para trasladar la idea de que sus libros usados estaban casi nuevos.

Joyce aparece con el cristal derecho de sus gafas roto, Christie con una tirita en la frente y Twain con un tafetán en la barbilla, como pueden ver en las imágenes.

Me viene a la memoria esta campaña a la vista del próximo 2 de febrero, cuando se cumplen cien años de la publicación por primera vez del maravilloso Ulysses de James Joyce.

Y como no quiero dar puntada sin hilo, aporvecho para reivindicar uno de los mercados de libros usados más famosos de España, el que aún persiste en la Cuesta de Moyano de Madrid, que desde 2019 está embarcado en la campaña de promoción “Soy de la cuesta” para revitalizar su casi centenario comercio.

Seguro que allí encuentran el Ulysses de Joyce, o cualquier otro libro que les apetezca leer.

Chispas letradas

Me pregunto qué pensaría Charles Dickens si tuviera la ocasión de leer los microrrelatos de Margarita del Brezo, abogada vallisoletana de “pies fríos, imaginación escurridiza y humor ambidiestro e inestable”, como ella misma se define.

Imagen de Samuel Pickwick y Martha Bardell
Samuel Pickwick y Martha Bardell por Frank Reynolds

Es sabida la aversión que Dickens tenía por los (algunos) abogados, de cuyas tropelías dio fe en sus novelas. Particularmente hilarante es la narración de cómo fue perseguido el señor Samuel Pickwick por la señora Martha Bardwell que lo acusaba en los tribunales (por la firma Dodson and Fogg) de romper una supuesta promesa de matrimonio. Pueden leer el caso en la divertida novela Los papeles póstumos del Club Pickwick.

Si les apetece leer microrrelatos plenos de ironía e imaginación, no se pierdan los que publica Margarita del Brezo en su blog Escribir sobre la punta de la í. El más reciente, Pasar a mejor vida. O no. es una buena muestra de su talento, que no descuida los temas importantes de nuestra época.

Me pregunto si las chispas letradas de Margarita hubiesen reconciliado al periodista y escritor británico con el oficio de la abogacía. Quien sabe.


Nota: La imagen es una ilustración realizada por Frank Reynolds para la edición de 1910 de la novela de Dickens. La señora que se desmaya sobre un sorprendido Samuel Pickwick es Martha Bardwell.