La Irlanda de Heinrich Böll

“Pásese por el puerto de Dublín y fíjese bien lo que exporta Irlanda: niños y curas, monjas y galletas, whiskey y caballos, cerveza y perros…”.

Tuvo que ser decepcionante la primera impresión de Heinrich Böll cuando en el ferry que le acercaba al puerto de Dun Laoghaire una fría madrugada de 1959 escuchaba frases como ésta que una emigrante de regreso al pueblo le contaba al cura con el que compartía asiento. Y las sucesivas impresiones que tuvo en su penoso viaje hasta llegar Westport (co. Mayo), en el oeste de la Irlanda, fueron del mismo jaez, a tenor de la crónica de éste país que va relatando en su Diario irlandés.


Para ser justos, si bien esa es la descripción de aquellos primeros días de estancia, el lector también encuentra en el tono y la estética una inmensa ternura que comparten a partes iguales el narrador y los personajes que van desfilando por las pequeñas crónicas que componen el libro.

Böll, en aquellos años testigo de una Alemania que se reconstruía del desastre del nazismo a una velocidad vertiginosa (al menos en los que la actividad económica se refiere, otras heridas tardaron mucho más tiempo en curarse y esa cicatriz también aparece en estas páginas), se sorprendía de la calma oceánica con la que los irlandeses se tomaban la vida. Y ello a pesar de que dos de cada tres hijos de una familia normal estaban obligados a emigrar porque la economía familiar no daba para alimentar más bocas y la tierra, en gran parte un pantano esteril, no producía más que carbón vegetal en grandes extensiones de turberas salpicadas de cantos, pedruscos y agua.

El carácter irlandés es parejo al lugar en el que viven, sencillo y tosco, pero también está impregnado de esa  belleza propia de la naturaleza virgen. Son buena gente, y Böll lo refleja con maestría en ésta
crónica de Irlanda a finales de los 50,  que también es un relato de su miseria.
Quién haya estado en Irlanda compartirá esta impresión. En todo caso, siempre se puede recurrir a la cita que el autor sitúa, a modo de prevención, en la primera página del Diario: “Esta Irlanda  existe, pero el autor no se hace responsable si alguien va allí y no la encuentra”.

El progreso, el desarrollo, el avance económico, el contacto con decenas de miles de europeos que acuden año tras año a la isla han transformado un paisaje aspero y curtido por la escasez y la pobreza en un territorio acogedor y atractivo. ¿Ha perdido por ello vigencia la obra del escritor alemán? Apuesto a que no. La literatura de viajes no consiste sólo en construir un retrato geográfico, también es una fotografía política y el relato instantáneo y preciso del país que se visita.

La imagen, una carretera del condado irlandés de Connemara, es del flickr de René van Linden.

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