Dublín, París, Trieste

Este sábado es 16 de junio, Bloomsday, esa jornada dublinesca de Leopold Bloom y Stephen Dedalus que se ha convertido en uno de los motivos más interesantes para visitar la capital de Irlanda.

English: James Joyce Tower , reading from Ulysses
James Joyce Tower , reading from Ulysses (Photo credit: Wikipedia)

Pero es injusto disociar el Ulysses de Joyce de París, donde se editó la novela por primera vez de manera casi clandestina, un hito de la autoedición -si podemos llamar así el loable y notable esfuerzo de la librera Silvia Beach para que la obra fuera publicada-, como es injusto disociar el nombre de Joyce de Trieste, ciudad a orillas del Adriático en la que pudo escribir con mayor dedicación buena parte de su obra.

Es probable que a los participantes en la ruta literaria inventada en 1954, cincuenta años después de los sucesos que se narran en Ulysses, tengan también en su memoria imágenes de estos lugares en los que vivió el autor irlandés. Del caracter literario de París no hay nada que decir, pues bien ganada tiene su leyenda por acoger a quienes escribieron en y sobre ella y por cobijar a inolvidables personajes de la literatura universal, como Jean Valjean o Edmond Dantés.

James Joyce by Brian Whelan
James Joyce by Brian Whelan (Photo credit: Wikipedia)

Dublín tiene historias para enseñar gracias a James Joyce, que no solo describió la ciudad y sus gentes en esta novela, sino también en su colección de relatos Dublineses. Y tiene pedigree literario por otro autor universal nacido allí, Samuel Beckett. Algo similar le ocurre a Trieste, ciudad natal de Italo Svevo y de Claudio Magris.

¿Son las ciudades las que marcan a los autores y su obras, o bien ocurre al contrario y las ciudades quedan señaladas para siempre tras haber escrito sobre ellas? Ambas cosas a la vez, si bien con la escritura ocurre como con la memoria, que palabra tras palabra, narración tras narración, lectura tras lectura, se va deformando la realidad hasta que se convierte en mito.

Sin embargo, no hay mentira en este juego en el que el tiempo hace su tarea de espejo deformante. No nos es posible mirar la realidad de Irlanda, estas calles de Dublín de 1904, como se hacía entonces, la miramos con ojos de 2012 y entre aquellos hechos y nuestra visión se interpone un equipaje cultural, político y social de más de cien años de antigüedad acumulada.

Bloomsday bien vale entonces una reunión de amigos que hayan leído las peripecias de Bloom y Dedalus dispuestos a recorrer de nuevo la ciudad. Compartirán su experiencia, única, como lectores, en las calles de un Dublín que casi ya no existe, salvo en la imaginación.

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