Líbrame de ser un escritor de solapas

Mi amigo J. se gana la vida escribiendo solapas de libros, esas prolongaciones de la cubierta en las que aparece una breve reseña bigráfica del autor y un resumen del contenido. Dado que su sueldo como redactor free-lance de solapas literarias es muy exiguo, trabaja para dos o tres editoriales. Esto le permite sobrevivir; a él sólo.
A mi amigo J. lo que de verdad le gustaría ser es escritor. Cada vez que lo veo se queja amargamente de escribir sólo solapas para libros: Estas redacciones -me dice- le exigen tal esfuerzo mental que al terminar el trabajo se siente vacío, como un pozo seco del que ya no sale más agua, y no puede dedicar su tiempo libre a escribir novelas, o cuentos o poemas –la verdad es que nunca me ha contado qué le gustaría escribir.
En todo caso, siempre le digo que casi ningún escritor vive de lo que publica. No obstante, intento animarle explicándole la suerte que tiene de trabajar directamente en la industria editorial y las posibilidades que eso le proporcionaría si se decidiese a escribir algo más. Mis palabras no parece que le levanten mucho el ánimo.

Tras algunos meses sin vernos, hace un par de tardes nos cruzamos en la biblioteca de manera fortuita y fuimos a compartir un café. Como suele ocurrir en estas ocasiones salió a relucir la situación laboral de cada uno y, para mí sorpresa, me contó con una enorme sonrisa que ya había superado su complejo de escritor de solapas de libro. Una mañana se había encontrado en la editorial con el poeta A. y se acercó a saludarle. A. no es un escritor famoso aunque ha publicado decenas de libros de poesía. Lo que escribe no le llega para sustentar su economía doméstica, que depende de un trabajo bastante más prosaico y aburrido en la ventanilla, digamos, de una caja de ahorros.

Le contó, me dijo, que las editoriales no siempre habían tenido escritores de solapas ex profeso, que esa era una tarea de la que se ocupaban los autores personalmente y que había solapas tan sublimes como las obras que reseñaban. Mi amigo lo escuchó con un escepticismo que no pasó desapercibido para A., quién le acercó con el brazo un libro que llevaba siempre consigo y le pidió que leyese la solapa, que decía lo siguiente:

“Extraño mundo el nuestro: cada día le interesan más los poetas; la poesía, cada vez menos. El poeta dejó de ser la voz de su tribu, aquel que habla por quienes no hablan. Se ha vuelto nada más otro entertainer. Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica, sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo, trapecistas o domadores de elefantes, tienen asegurado el amplio público a quien ya no le hace falta leer poemas.

Sigo pensando que es otra cosa la poesía: una forma de amor que sólo existe en silencio, en un pacto secreto entre dos personas, de dos desconocidos casi siempre. Acasó leyó usted que Juan Ramón Jiménez pensó hace medio siglo en editar una revista. Iba a llamarse Anonimato. Publicaría textos, no firmas, y se haría con poemas, no con poetas.

Yo quisiera, como el maestro español, que la poesía fuese anónima ya que es colectiva (a eso tienden estos versos y estas versiones). Posiblemente usted me dará la razón. Usted que va a leerme y que no me conoce. No nos veremos nunca, pero somos amigos. Si le llegan a gustar mis versos, qué más da que sean míos, de otros o de nadie. En realidad, los poemas que va a leer son de usted: Usted, su autor, que los inventa al leerlos”.

Mi amigo cerró la solapa y le devolvió silenciosamente el libro al escritor A., quien le dijo: como un mundo puede ocupar la mente de un hombre, toda una poética se puede fijar en la solapa de un libro, como usted ha podido comprobar. Ahora ya sabe por dónde empezar.

(Nota del autor: Esta historia es ficticia, toda ella inventada, a excepción del texto entrecomillado, que aparece en la solapa de la primera edición española (Cátedra, 1983) de “Los trabajos del mar” del poeta José Emilio Pacheco, que me he tomado la osadía de incluir en el relato de los hechos con todo el respeto y toda la admiración que tengo por su obra).

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