El conjuro invernal de Cádiz

Miro la portada de una revista norteamericana. Venden como principal contenido de su edición de enero “consejos para sobrevivir al invierno” y llegar a marzo. Para los que son adictos al calor del sol, las semanas que preceden a la primavera pueden ser tan disonantes como la sonata para piano de Stravinsky: menos horas de luz, frío, lluvia, claustrofobia, jaquecas… Se necesita algún tipo de conjuro psicológico para sobrellevar una temporada del año muchos de cuyos días son como largas tardes de domingo.
La gente de Cádiz tiene la receta de esa pócima y han hecho de ella su rito más celebrado y compartido: nada hay que dé más calor que un buen montón de risas, colores chillones, disfraces que son como intrigas venecianas de las que no conviene perder detalle, bullas a la altura de Roma. Es el carnaval, sí, lo que permite sobrellevar buena parte del invierno en Cádiz. Porque, cuando en otras latitudes la celebración se ciñe a los días canónicos de la fiesta, aquí, ya sea en casa gracias a la radio o la televisión, o directamente en el Gran Teatro Falla, se canta y se escucha y se mira al sol que más calienta desde principios de enero, de nueve de la noche a dos de la madrugada, quien pueda permitírselo.
Y es algo que se aprende desde temprana edad, un descubrimiento infantil  que se prolongará hasta el fin de los días, sin descartar que tenga hebras de genética sureña, es decir, un cierto mecanismo de defensa ante los rigores de está gélida estación. Al fin, la experiencia y, la memoria han hecho de todo ello -y esto ya es un topicazo- una particular manera de enfrentar la vida.

Imagen del anochecer en el mar de Cádiz
El mar de Cadiz en enero ©Santiago Pérez

Este, el del topicazo, es un terreno resbaladizo en el que es muy fácil derrapar cuando se habla del carnaval gaditano. Después de tantos años, de tantas pequeñas y grandes historias de amor y de odio, después de tantas palabras dichas y escritas por firmas de primera y última fila, pues ya se ha dicho todo lo que había que decir.
Quedará, no obstante, quien sea capaz de ver y cantar con una mirada nueva, diferente, original y divertida lo que se cuenta todos los años porque, para nuestra desgracia, el invierno -los inviernos- seguirán existiendo a nuestro alrededor y habrá que seguir conjurándolos para sobrevivir. Y esa es la alegría de Cádiz.

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