Una invitación para oír a Chopin

Un suplemento cultural publica un anuncio en el que ofrecen tasaciones de instrumentos musicales para ser posteriormente subastados. Para rematarlo apuntan como ejemplo la que dicen es su última tasación, un violín italiano del siglo XIX que valoran entre 120.000 y 180.000 euros. Mi amigo J., con quien suelo compartir un té de tarde en tarde, se deja el vaso en el velador y se despide azuzado con inquina por algún diablillo avaricioso crecido en medio de los campos de turba de Connemara. “Luego te veo, tengo que ir al desván de casa”, alcanzo a oír cuando se aleja.

¿Quién tiene hoy día una casa con desván?, me pregunto. Un desván son todo expectativas, qué duda cabe, expectativas acumuladas por el tiempo y el descuido, escondidas bajo objetos inservibles lacados de polvo. Como sé que mi amigo J. anda escaso de dinero -a pesar de tener una casa con desván, lo que me parece una rareza y a la vez una potencia capaz de estigmatizar a un hombre rico con patrimonio y sin cash-, disculpo su comportamiento con esa tolerancia inagotable que todos esperamos de los amigos.

Los violines, la música de los violines en los pasillos del conservatorio de música de Madrid. En los pasillos de estos establecimientos el ruido tiene dos dimensiones paralelas, de modo que aunque se escuche la música de un instrumento -un piano o un chelo- el silencio es igualmente denso y palpable, por contraste, sí, pero está presente; uno escucha la música y a la vez está notando el silencio. En el conservatorio de música de Cádiz ocurre igual, de modo que tiene que ser una característica común en estos lugares, un rasgo que solo se rompe, aunque no del todo, cuando acaban las clases y los alumnos se dispersan hacia la salida con sus instrumentos en la mano, hablando entre ellos en un tono civilizado.

Esa acústica cambia bruscamente al salir a la intemperie, la primera bocina te advierte violentamente de ello, has dejado la isla en la hora punta y te enfrentas a la tormenta cotidiana del tráfico y su retumbante eco wagneriano.

Un desván, en cambio, puede reproducir, si te lo propones, tal ambiente sonoro dual, aderezado con ese siseo peculiar de los papeles viejos cuando se rozan, ruido de estraza de arena fina. No sé si mi amigo encontrará un violín perdido en su desván. Mas probable es el hallazgo de una arrugada partitura manuscrita sin ningun valor. Y en efecto, fue lo que encontró, una de un autor desconocido por la que no esperaba obtener ni el precio del papel.

Imagen de la partitura de la Sonata para piano y violonchelo op. 65 de Frederic Chopin
Partitura de la Sonata para piano y violonchelo op. 65 de Frederic Chopin

Unos días después me explicó en un correo electrónico su frustrado descubrimiento y me envió ésta imagen de una página manuscrita de Frederic Chopin que está depositada en la Biblioteca Nacional de Francia. Junto a la reproducción me envió una invitación para escuchar los nocturnos del compositor polaco en la Iglesia de Saint Ephrem en París.

El día del concierto, estábamos los dos de nuevo tomando té en la terraza de una cafetería de Cádiz, pensando silenciosamente en las calles del centro de París, en el inalcanzable centro de la capital de Francia.

En esta calle de Cádiz el ambiente suele ser pacífico y los ruidos del aire libre llevaderos y livianos. Cádiz es una ciudad muy musical, tanto que a veces el silencio es tan plástico como el de un conservatorio. Mi amigo J. me pasa un lapiz de memoria en el que me ha grabado en formato mp3 toda su colección de conciertos para piano de Chopin. “Lo importante”, me dice, “es la música. Todo lo demás es apariencia y avaricia”. En ésta ocasión sí tuvimos tiempo de acabarnos el té.

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