Escribir sobre la cuerda floja

Una de las facetas más estimulantes de la literatura es la libertad del autor para escribir sobre lo que le dé la gana y cómo le venga en gana y la paralela libertad de quienes se acercan a leerle de quedarse en sus páginas o marcharse en busca de mejores aventuras.

Sobre la libertad del escritor decía recientemente Juan Villoro en la revista mexicana Gatopardo lo siguiente:

“El compromiso ético del periodista es mayor que el del escritor. El escritor puede ser un hijo de puta y ser un genio, no tiene que rendirle cuentas a nadie y puede ser tan caprichoso como quiera, lo importante es que el efecto sea bueno”.

La cita me recordó casi automáticamente la frase con la que Heinrich Böll abre su Diario irlandés:

“Esta Irlanda existe: pero el autor no se hace responsable si alguien va allí y no la encuentra”

La mirada subjetiva, la extrema libertad para ver y contar.

A partir de aquí, cualquier obra escrita queda a la espera de tener los suficientes lectores cómplices de la trama, la idea y el estilo de quien escribe. Y cabe referirse a todo lo que se escribe, tanto los libros más vendidos como los más minoritarios, los libros escritos en el pasado y ahora reconocidos por esa complicidad como los libros olvidados o incomprendidos que otros descubrirán en el futuro.

Imagen de los Acantilados de Moher
Acantilados de Moher
©Santiago Pérez

Sin embargo, veo una diferencia importante entre Villoro y Böll: el primero condiciona esa libertad a “que el efecto sea bueno”. Deduzco -puedo estar equivocado- que se refiere a que el libro se venda. O lo que es lo mismo, si el libro no se vende el autor ya puede ser un genio que la obra no valdrá para la editorial.

Böll, en cambio, autor que escribió en otra época no tan lejana como para no recordarla con nítidez, todavía respeta esa absoluta libertad del creador, que “no se hace responsable” de que lo que ha escrito coincida o no con la visión de posteriores testigos y visitantes de Erin.

Pienso que un autor no debe renunciar a la libertad de escribir lo que quiera y cómo quiera. Ahora bien, ¿cuantas veces se dirime en esa cuerda floja la posibilidad de publicar o no la obra?

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