Un pañuelo de vientos

Antes de emprender viaje por mar, asegurate vientos favorables que te acompañen, vientos que impulsen tu nave lo justo para progresar pero no tan fieros que la hundan, vientos que la acerquen a la orilla con suavidad, como la resaca de un día de primavera.

Imagen de la mar
La mar
©Santiago Pérez

El marinero miraba a la vieja hablar despacio, acurrucada sobre el exiguo fuego de la chimenea. Fuera llovía sin compasión. Le habían dicho que tenía que ir a su casa a buscar buenos vientos antes de salir a la mar. No comprendía del todo. “Tu sólo dale un billete y espera” le recomendaron.

Y allí estaba de pie en medio de la única sala de la casa, escuchando el débil parloteo de aquella mujer que parecía tener más años de los que permite la naturaleza humana. Si no fuera porque iba a ser la primera vez que se echase a la mar no le habría hecho caso a los veteranos. Habría preferido estar en el zaguán de los besos a oscuras y las caricias serenas, despedirse de Isabel con toda la pasión posible para que aceptara esperar su regreso.

La bruja le pidió que se acercase hasta ella. Él se agachó para recoger el objeto que le ofrecía, un gran pañuelo a cuadros en el que había enlazado tres nudos, uno en cada extremo y otro en la mitad de la tela, enrollada. La escuchó decir que si aflojaba el primer nudo le acompañaría un viento suave que agitaría las velas e impulsaría su barco a un ritmo lento, pero seguro; si aflojaba el segundo, tendría un ventarrón moderado que le trasladaría con rapidez sobre el mar hasta su destino pero, ojo, si no maniobraba con habilidad, el barco podría naufragar; por último le dijo que si soltaba el tercer nudo se desplazaría con toda la fuerza de la tempestad, sería la más rapida y la más audaz de entre todas las naves pues quien desafía a la tempestad y la vence, ha vencido el miedo a la muerte. Pero la vieja le advirtió que ese era un empeño que no convenía a los jóvenes, pues para esa victoria se necesitaba la templanza de los años, la habilidad del navegante curtido y, casi sin excepción, haber derrotado a las tormentas en al menos una ocasión.

El joven marinero recogió el pañuelo con sus tres nudos y lo guardó en el bolsillo del abrigo. Salió de la casa sin mirar a la hechicera. La lluvia había pasado y se acercaba el alba, hora de zarpar. De camino al puerto pasó ante el zaguán de Isabel, las luces estaban apagadas. Siguió hasta el muelle y mientras el barco se iba separando poco a poco del cantil miró por última vez en dirección a las casas del pueblo, las manos en los bolsillos, jugando con el pañuelo entre sus dedos.

Treinta años después, viejo y arrugado como un roble, regresó, derrotado por las galernas pero vivo, dispuesto a empezar de nuevo, ahora ya capaz de atar y desatar los nudos de aquel pañuelo a voluntad.

(N. del a.: Este breve relato está basado en una leyenda atribuida a brujos de Laponia, Islas Shetland, Lewis e Isla de Man.)

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