Esa difusa realidad

Extraña fascinación la que producen los escritores vencidos por la realidad, sepultados por la cotidiana montaña de obligaciones relevantes que casi todos nos vemos obligados a cumplir para sobrevivir y para que sobrevivan en unas condiciones dignas las personas a las que queremos.

Escritores para quienes los hechos rutinarios de cada día pueden llegar a adquirir dimensiones extraordinarias que las personas “normales” no vemos, incapaces de adivinar las vetas ocultas de lo ordinario o la sencilla virtud esencial de los objetos que nos rodean.

No hay nada mágico en ello, tiene una explicación más prosaica: comparemos las funciones cerebrales de una persona con la visión ocular. Cuando una persona tiene miopía o hipermetropía, no puede ver lo que le rodea con claridad, lo observa todo deformado, difuso, los contornos se mezclan y cuesta un enorme trabajo captar la realidad visible de los objetos. ¿Qué ocurre cuando el cerebro de una persona padece alguna desviación comparable a la miopía? Es incapaz de ver lo que ven las demás personas. Ahora bien, los estudios científicos del cerebro no han evolucionado igual que la oftalmología en la búsqueda de remedios para estas disfunciones.

Imagen de gafas
La imagen es de dominio público

Pienso en una persona con un trastorno psíquico no diagnosticado que encuentra alivio a sus estados de depresión y de euforia gracias a la escritura. Hablo de una escritora separada, aún joven, a cargo de dos niños de corta edad, con apuros económicos a pesar de haber publicado ya en Inglaterra y Estados Unidos dos libros de poesía y una novela y haber obtenido unos cuantos premios literarios. Una persona con tendencias depresivas y un antecedente de suicido frustrado a los 21 años, cuando aún estaba soltera. Sylvia Plath se suicidó en 1963, en un helador invierno londinense, tras llevarle el desayuno a sus dos hijos pequeños. Años después se especula que pudo haber padecido un trastorno bipolar, una enfermedad psíquica que hoy tiene sus propias lentes correctoras.

Es un caso estremecedor y, aunque no se puede generalizar y decir que todo el que escribe tiene un trastorno mental, no es aventurado apuntar que quien padece tal se inclina por la actividad artística como lenitivo.

El caso de Plath produce fascinación, también entre otros autores. Quizá sea miedo, quizá empatía por enfrentarse a las mismas dificultades vitales o de percepción, o quizá sea un ejemplo de coartada literaria.

Imagen del Parque Nacional de Doñana
Duna del Parque Nacional de Doñana
©Santiago Pérez

Cuando el autor caracteriza a su personaje con algún defecto en la percepción, lleva hasta el lector una realidad deformada, a veces terrorífica o a veces sólo mágica, injustificable si el protagonista fuera una persona normal.

Por ejemplo, el narrador-personaje de Campo de Agramante de José Manuel Caballero Bonald oye sonidos extraños a lo largo de la jornada, sonidos que nadie más que el escucha. Este defecto constituye una de las claves de ésta novela un tanto onírica sobre el Parque Nacional de Doñana y las personas de su entorno.

Cuando los contornos de la realidad se difuminan, a través de la niebla nos adentramos en territorio literario.

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5 comentarios en “Esa difusa realidad

  1. ¿Y por qué no una enfermedad que te difumine la realidad hasta el punto de hacerte ver las cosas más nítidas? Quizá sean los locos quienes ven las cosas tal cual son. Odio repetirme, pero viene tan al caso esa cita de Bukowski que comentábamos: “el hombre bien equilibrado está loco”.

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      • No creo que Blake necesitara de drogas. En alguna ocasión he escuchado que las mejores drogas las producimos nosotros mismos. Personalmente, tras una buena canción por ejemplo he llegado a sentir algo parecido a la ebriedad.

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        • Claro que hay escritores que no necesitan de drogas para escribir, pero eso no le quita interés al debate. Habría que hablar también la capacidad de la buena literatura para subir el nivel de las endorfinas, por ejemplo.

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