Trampa de palabras

Mi amigo J. lee una y otra vez la misma cita, “Prefiere lo ilógico, demanda lo imposible”, una cita que “se me queda pegada al pensamiento como si fuera una de esas cintas atrapamoscas que se colgaban de las lámparas depués de la guerra”, me dice.
— ¿Pero qué guerra, si tú nunca has vivido una guerra?
“Da igual, cualquier guerra que hayas leído en los periódicos o en los libros”, contesta. Aquí lo ilogico equivale a lo imposible. Si invertimos el sentido de cada término, lo lógico es lo posible.
Antes de la guerra, todos pensaron que sería imposible que se iniciaran las hostilidades y cuando terminó dijeron que era ilógico lo que había ocurrido, lo bestias que habían sido.

Antes de la guerra, sin embargo, tomaron la decisión de hacerla cuando lo lógico hubiera sido elegir lo posible, por ejemplo, hacer el amor.
Insisto, le digo a J., que me mira silencioso: lo lógico, lo posible, hubiera sido llevar la contraria, rebelarse, desertar, oponerse. Al rato, mi amigo parece despegarse de esa trampa de palabras que invita a una insumisión y no lo es, pero sólo lo parece, porque sospecha que mi reflexión es igual de tramposa.

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