Elda

Elda sale a caminar como cada tarde. En cada paso aventa un deseo, agita un silencio que, al mismo tiempo, es un grito a viva voz que todos los vecinos de la aldea conocen. Lo sabe Eva cuando al volver de las tareas del campo se cruza con ella en la estrecha carretera que lleva al faro; lo sabe Xoan desde la cola de su cuerda de caballos y la ve pasar ante las cuadras, camino del mar;  lo sabe Genucho, que un día también la amó, sin verse correspondido, y que ahora revuelve sus deseos con la cucharilla del café en la puerta de la tasca; lo sabe Elvira, embutida en su traje negro, la cabeza cubierta con un pañuelo bordado, también negro, reunida con otras mujeres -callan cuando pasa Elda cabizbaja, silenciosa- a la puerta de la iglesia, a la espera de la misa de las siete.

Elda sabe que la mar rara vez da cuartel, sabe que es una guerra sin prisioneros, un camino tantas veces sin retorno, un recuerdo salitroso cubierto de flores cada 16 de julio, pero aún así, cada tarde sale a caminar junto a la orilla. En cada paso, con los finos dedos de sus pies teje y desteje surcos en la arena, ve bajar poco a poco la marea,  espera que se retire el océano y deje al descubierto alguna presa, apenas el grito petrificado de un joven ahogado, pero tan viejo amor.

Imagen de un ahogado de piedra
©Santiago Pérez
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