El taller del violinista

Hay un nexo de unión entre las fotografías antiguas y los relatos literarios: ambos conservan escenas cotidianas de otros tiempos.

Esta del zapatero sueco Petrus Norling es harto curiosa. Fue tomada en 1938, cuando el protagonista tenía unos 69 años, según la descripción que hace de ella la Oficina del Patrimonio Nacional de Suecia. El barbudo violinista viste el típico mandil del oficio y posa ante unas cajas numeradas posiblemente con las tallas del calzado. Sus dedos gruesos y largos sujetan con delicadeza el arco del violín mientras sus ojos persiguen el movimiento de la mano izquierda sobre el mástil en el que componen los acordes.

Imagen de un zapatero tocando el violín
Petrus Norling, shoemaker and fiddler

El hombre tenía su zapatería en una calle de Knivsta. Imagino que los vecinos de la pequeña población sueca, cada vez que pasaban por el lugar, oirían su versión de alguna melodía popular o del repertorio clásico. La buena música siempre alivia la rutina más prosaica. Luego, al llegar a casa aún recordando su paso por esa calle tan musical, el paisano sintonizaría en la radio su emisora favorita, esa que repite tan a menudo el concierto para violín de Brahms. El tono afilado del violín le recordaría “tengo que cambiar la suela a los zapatos, ya va siendo hora”  o bien ” los niños necesitan este año botas de nieve”. El zapatero sueco era, posiblemente sin querer, un adelantado a su tiempo en el arte de la venta a través de los sentidos, pero no era ahí dónde quería llegar.

En la calle Sopranis de Cádiz había un zapatero que arreglaba las suelas a toda mi familia. Su cara era una acertada mezcla del escritor Juan Marsé y el actor Sancho Gracia. El taller era reconocible a distancia por su fuerte olor a pegamento, cuero y grasa industrial. Un ciego que pasara por ese tramo de la calle Sopranis sabría por el aroma el lugar exacto de aquel tinglado.

En un taller así se manejan a menudo el martillo y los clavos, de modo que no es extraño que el oficiante se haya golpeado muchas veces las puntas de los dedos. A base de golpes dolorosos ha adquirido la maestría suficiente, la delicadeza necesaria para clavar puntas con una precisión y una rapidez que deja embobado a un niño. ¿No habría sido capaz, pues, de extraer las más bellas melodías de un violín?

Anuncios

6 comentarios en “El taller del violinista

    • Después de escribir la entrada caí en la cuenta de que en realidad lo que me estaba dando vueltas por la cabeza era la necesidad tanto del talento como del esfuerzo personal para conseguir realizar algo bello. No sabría decirte con precisión cuál es la esencia del arte, pero supongo que algo tendrá que ver con ésto.
      El gusto es mío por tenerte como lector.

      Me gusta

Comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s