La música de las personas

Parada para tomar un café en un bar que abre de madrugada, un bar junto a la lonja de frutas y verduras de Cádiz. Un bar que tiene su mayor animación cuando aún no ha salido el sol. A las seis de la tarde, cerrada ya la lonja, apenas hay en la barra dos jóvenes muy jóvenes apurando una cerveza. Al otro lado, un señor con apariencia de bien jugándose los cuartos en la máquina tragaperras mientras toma un refresco y atiende de tanto en tanto llamadas telefónicas. Le escucho dar instrucciones pero no acierto a adivinar de qué actividad se trata.

Pido un cortado. Sobre las neveras, se alinean encima de un paño blanco, puestas a secar, infinidad de copas de licor vacías y limpias, listas para usar. Hay más copas de licor a mano que vasos para café o de cualquier otra bebida. En Madrid, hace ya veinte años, vivía justo al lado de un mercado. También allí había un bar en el que a veces desayunaba a las seis de la mañana. Mientras yo pedía café con mi cara de estudiante imberbe, hombres agrietados por la edad y el esfuerzo, trabajadores que habían acudido al mercado a descargar o a abrir sus puestos, apuraban copas de coñac, anís, aguardiente, a veces solas a veces acompañadas por café, las menos. Tiñendo la realidad de un color pasajero.

Imagen de un anuncio de radio musical
Anuncio publicitario de Radio Acik en Turquía
© Harold Feinstein

Aquí, en esta tarde apresurada de otoño, imagino que el bar tendrá su hora punta a las seis o siete de la mañana, cuando se cierra la venta o el reparto con una copa después de haber estado trabajando toda la noche. En esta tarde en la que oscurece antes, pues ya nos metieron el horario de invierno, no hay más sonido que el documental de naturaleza que se puede ver en un televisor que ninguno de los clientes mira, un televisor encendido para ahuyentar la soledad en la que se quedará el camarero, -quizá sea el dueño-, cuando todos nos vayamos a seguir con las tareas necesarias para completar el día y él trate de cuadrar algo mejor la caja.

Los jóvenes se marchan después de comprar dos litros de cerveza. Pago el café y salgo. El camarero me mira como queriendo reconocer a alguien. Pero no le dejo mirarme la cara; agacho la cabeza y me doy la vuelta mientras el hombre bien sigue gastando los cuartos que le sobran en la máquina tragaperras. Nadie pasa por la calle. Es hora de volver.

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4 comentarios en “La música de las personas

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