Sonrisas

Mendiga en una silla de ruedas a unos metros de la puerta de la peluquería de caballeros.  Su cara me resulta familiar. Esa familiaridad me hace sentirme más cerca de él, aunque no le conozco de nada. Devuelve la mirada con una sonrisa que resalta los negros pelos de la barba sin afeitar y algún que otro hueco en la dentadura. Se cubre la cabeza con una gorra de paño como las que usan los marineros de cabotaje. No sé cómo se llama. Sé que le volveré a ver. También sé que algún día le echaré de menos.

En la ciudad vecina, un joven con aspecto  de viejo mendiga sentado en el suelo. La misma tez morena, los mismos pelos negros de una barba que se adivina dura como el cepillo de los metales y la misma sonrisa mirándote a los ojos. Otro que regala sonrisas a cambio de nada. Tiene unos ojos tan azules y tan claros que deslumbran como la luz que se enciende en un cuarto a oscuras en medio de la noche. Tampoco sé cómo se llama, pero no importa.

No siempre les doy limosna, pero ellos siempre ríen. A veces me pregunto qué es lo que saben, qué me están enseñando, sin querer, con esas sonrisas.

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6 comentarios en “Sonrisas

  1. Más pasa el tiempo y más se me desdibuja la imagen idílica del clochard, me inquieta, como la locura… tal vez por el potencial yo que veo ahí. Reconocerse en los otros, mal vicio. El segundo caballero me hace pensar en el “santo bebedor” de Ermanno Olmi con Rutger Hauer (película que recomiendo a todos, así como el relato de Joseph Roth en el que está basado). Y paro aquí o no paro. Saludos.

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