El tren es un río amargo

No hay río más amargo que el que marcan las vías del tren. En el tiempo de mis padres el tren era sinónimo de huida como cantaba Luis Eduardo Aute. Y toda huida no es más que una derrota. En política se suele decir una frase que lo resume muy bien “al enemigo que huye, puente de plata”. Pero hace ya meses que no me apetece compartir nada acerca de la política.

El tren no es sólo huida. Hay mucha soledad en esas personas que se cruzan en los pasillos de un expreso en marcha, con las luces en penumbra en mitad de la noche. La misma soledad de los trenes de alta velocidad de hoy día, con esas luces asépticas de quirófano y los pasajeros embebidos en sus móviles como si el mundo real no mereciera la pena vivirlo.

Quizá esa amargura está grabada en nuestro inconsciente, al menos en el mío, con esos trenes llenos de seres humanos que los nazis llevaban a la muerte en campos de exterminio, imágenes que hemos visto en películas y documentales y que se quedan grababas hasta en las piedras, que no sienten.

Sí, los trenes son ríos amargos. Recuerdo también ese tren que recorre América de sur a norte como una serpiente de esperanza que tantas veces se traga a sus propios pasajeros. Y los trenes de españoles emigrando a centroeuropa en la posguerra civil. Seguro que cada país tiene sus propios trenes de amargura y desolación, por mucho que el marketing ferroviario nos venda el viaje en ellos como una aventura romántica en el Orient Express o el periodista aburrido se vaya a mirar extensiones heladas de nieve en el Transiberiano.

Ni siquiera una novela tan radicalmente rebelde como Trenes rigurosamente vigilados de Bohumil Hrabal es capaz de alzar vuelo sin esa pátina de penumbra melancólica que rodea a los vagones cuando llegan a una pequeña estación vacía en una madrugada sólida como la escarcha.

Me gustaría tener un recuerdo alegre de los trenes, pero en mi historia personal, que les ahorro porque no viene a cuento, no los hay. Aunque los pudo haber, claro. A lo mejor por eso conservo la pequeña locomotora de juguete que le regalé a mi primer hijo, porque fue un tren feliz.

Imagen del Arroyo del Tiradero
©Santiago Pérez

Todo esta digresión no es más que un desahogo causado porque hoy me levanté recordando un lejano encuentro que tuve, en los pasillos de un vagón de tren, con el escritor Fernando Quiñones, camino de Madrid. Fernando Quiñones, que nos dejó tal día como hoy, un 17 de noviembre triste como un ferrocarril, o cómo él mismo escribió en un hermoso poema sobre Astor Piazzola:

Va por el agua un largo tango amargo”.

Fernando Quiñones

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