Halsted street

Estuvo esperándola a las puertas del teatro. Aquellos días los ensayos no solían prolongarse hasta la noche y le gustaba ver pasar los coches por Halsted Street. ¿Por qué tantas calles tienen nombres de banqueros?, se preguntaba mientras veía circular a cámara lenta automóviles color crema, grises o negros. Coche, espacio, dos coches, espacio largo, otro coche. La secuencia del tráfico le recordaba el código morse que había aprendido en el ejército, pero enseguida se deshizo de aquel pensamiento. Una mala experiencia militar, sí. Para una persona de color. Aquellos años. Mejor no pensar en ello.

Había caminado desde a zona norte de la enorme avenida. Sin prisas. Para qué. Tampoco tenía afición por el teatro. No. Le gustaba verla a ella, una flor negra flotando bajo el influjo de un foco cañón. Una imitación de la luna sobre las tablas. Y ella actuando en el escenario. No recordaba el nombre de la obra. No importaba. Aún así la había visto una vez, porque ella le insistió. El amor todo lo puede. Por ejemplo, consigue que un hombre espere a una mujer a las puertas de su lugar de trabajo. El deseo es igual de impaciente.

Imagen de Halsted street en 1956
Halsted street (Chicago) en 1956.
La imagen se conserva en el Museo del Transporte de Estocolmo.

Cuando ella salió lo encontró de espaldas, parado junto al bordillo de la acera. Veía pasar coches. Veía pasar la tarde. Se acercó y le tapó los ojos con sus manos. La sorpresa inicial de él se transformó en una sonrisa. ¡Ya estaba allí! La sonrisa coincidió en el tiempo con un autobús de línea que pasaba frente al teatro. El conductor, negro también, giró la cabeza a la derecha. Así la giran los soldados rasos cuando desfilan ante sus superiores. Es una forma de saludo. El conductor observó a un hombre con los ojos tapados por una mujer situada a sus espaldas, los vió sonreir a los dos. Y él sonrió a su vez antes de entregar de nuevo su mirada a la calle. Ellos no llegaron a conocer jamás aquella coincidencia de gestos felices.

Todo fue muy rápido. En unos pocos segundos el hombre que esperaba a las puertas del teatro se giró. La besó y la abrazó levantándola del suelo. Dieron vueltas sobre sí mismos. El carrusel del amor. Luego se agarraron mutuamente de la cintura y echaron a andar calle abajo. Tras ellos, empezaban a parpadear las luces de neón del Irving Theatre.

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