El tamaño del mundo

El mundo tiene el tamaño de cuatro adoquines sobre los que el niño, agachado, juega. En su juego mira cada detalle de cada adoquín, cada grano de arena acumulado en las grietas, cada hierba que se escurre para crecer hacia el cielo, cada mella -esos trozos de piedra que se llevaron los golpes- es una pregunta y cada gota de agua un desafío. Estos cuatro adoquines de una calle que sube cuesta arriba, desde el convento hasta la muralla, solitaria a la hora de la siesta. Este es el mundo. Y es mío. Hasta que llegue la hora de ir a dormir.

Imagen de adoquines
La imagen es de dominio público

El mundo tiene el tamaño de los continentes, gira sobre sí mismo, cambia de hora y de clima en cada viaje, en cada negocio, en cada transacción. Desde aquí no se ve cómo crecen las plantas -su ritmo es pausado, refractario a las prisas que las queman-, ni la arena de las grietas. Tampoco las muescas hechas por los daños del tiempo, ni el desafío de una gota de agua. Todo es más grande,  inalcanzable. Así es el mundo. Ya no es mío. Hasta que llegue la hora de morir.

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