La roca del elefante

Jamás un circo había visitado Hartlepool, un pequeño pueblo de la costa noreste de Inglaterra fundado en el siglo VII en torno al monasterio de Northumbria. Ningún anciano o adulto, hombre o mujer, y menos aún niña o niño había visto en su vida a la mujer barbuda, ni al coloso de Topham, que decían era capaz de levantar con sus músculos a dos hombres curtidos como si fueran las plumas de un cormorán, ni a las malabaristas del faraón, entrenadas en el desierto egipcio para hacer bailar en el aire media docena de cantos rodados. Nadie sabía cómo era un león de verdad, o un tigre, o cualquier otro animal salvaje. Habían visto, sí, una cuerda de yeguas o de percherones, los pájaros marinos que aleteaban sobre sus tejados y los peces que cada día pescaban desde sus chalupas de madera. Nada más. Bueno, sí, me olvidaba: en cierta ocasión llegaron a tocar con sus manos una descomunal ballena gris varada en la playa. Yo no la ví. Son historias de viejos. Ya sabe usted cómo las repiten cuando vienen por la taberna y beben más de la cuenta. ¿Otra cerveza?

A lo que iba: cuando una fría mañana de marzo de 1891 los vecinos descubrieron en un poste de la plaza un cartel anunciando la visita del circo no se habló de otra cosa durante los días que precedieron su llegada. Se decía -todo eran rumores- que el auténtico Thomas Topham, el forzudo más famoso de Inglaterra, actuaría en la función. Los niños preguntaban cómo era el faquir que tragaba fuego o si sería peligroso acercarse al indio de las dagas voladoras. El pueblo entero se enteró de las atracciones anunciadas, sobreimpresas en el dibujo de un gran elefante enjaezado que se sostenía sobre sus patas traseras. Alguno de los ancianos aprovechó para darse lustre y hablar de algún amigo que había estado en India al servicio de su majestad -Dios salve a la Reina- y había visto a esos animales pelar un bosque de árboles como quien troncha una mata de acelgas. Pero nadie, nadie, había contemplado nunca uno de cerca. Sabían cómo era el animal, desde luego, si no, ¿por qué iban a llamar la roca del elefante a la gigantesca piedra que hay al final del rompeolas? Aquella enorme formación rocosa, que la naturaleza había moldeado con un cincel de resaca, reforzó el interés de todos por ver, al fin, a un elefante de verdad.

Imagen de la roca del elefante de Hartlepool
La roca del elefante de Hartlepool.
La imagen, digitalizada por el museo de la localidad, no tiene restricciones conocidas de derechos de autor.

Cuando llegó el día ya estaban todos los asientos vendidos. Las mujeres se asomaban a la puerta de sus casas para ver pasar la exótica caravana del circo. Y lo mismo hicieron los hombres en la taberna y los niños y niñas sacando sus cabezas por la ventana de la escuela. Todo era asombroso, imagínese, como si hubieran visto por primera vez el hielo o algo así. A mi no me lo parecía tanto. No había leones. Ni tigres. Sólo caballos, perros, gatos, algún mono danzarín. Y el elefante, con su andar cansino y los ojos caídos. Parecía estar aburrido de tanta parafernalia. No le miento; yo también me asomé para ver a las malabaristas egipcias. La función fue un éxito económico y de público. ¿Para qué periódico dice usted que trabaja?. ¡Ah!, ya, ya sé. Pues sí, un éxito. Todos quedamos satisfechos, soñamos esa noche con un mundo más grande; a los más jóvenes la excitación les hizo desear el viaje a tierras desconocidas y extravagancias de desigual calibre que contaban luego aquí en esta misma barra. Lo que nadie pudo imaginar fue que al día siguiente, cuando el último funambulista y su elefante salieron del pueblo, esa roca se iba a derrumbar para siempre.

(Nota del autor: Este mini relato está basado en un hecho verídico que ocurrió en 1891 en Hartlepool, según se cuenta aquí. Al parecer, la roca de la fotografía colapsó la víspera de la llegada del primer elefante que visitaba el pueblo en su centenaria historia.)

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6 comentarios en “La roca del elefante

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