Correspondencia

Hay conversaciones imposibles. Por ejemplo, no se puede hablar con un muerto. Yo al menos, no lo creo posible. Se pueden aplazar mensajes en el tiempo, para eso sirve la escritura, la pintura o, ya más metidos en la modernidad, la fotografía, el vídeo o las grabaciones de sonido. Pero no es posible conversar con el autor original. Hay quien cree en fenómenos paranormales, por supuesto. Yo no. Pero nos gusta pensar que sí.

Por ejemplo, si releemos una vieja carta de un ser querido, nos preguntamos qué nos ha llevado otra vez hasta esa carta de alguien que murió. Y nos parece sospechoso ese afán recordatorio. A pesar de tener todo el derecho de recordar a quienes quisimos. Sospechamos. Aquí pasa algo raro, te dices.

Luego te gustaría creer que ese papel, sólo una vez en la vida desplegado ante tus ojos, tal vez contenga un mensaje que te pasó desapercibido entonces. Dirigido exclusivamente a tí, escrito con la idea -consciente o inconsciente- de que iba a ser leído en el futuro. Qué fácil es divagar sobre pamplinas varias. Guardas no sólo las cartas que te enviaron a tí, sino también la correspondencia de papá, de mamá, y de algún que otro familiar, su herencia sentimental. Ejercicio inútil buscar señales en ellas.

Pero te empeñas, testarudo. Por nada en especial -te excusas de tu propia estupidez-, tan sólo para confirmar o descartar las sospechas. Aquí el asunto se pone difícil. El autor puede haber escrito sobre los últimos temporales de nieve -de hace treinta años-, la elección de un gobernante que ya está jubilado o de un flechazo de amor que sintió por una mujer. ¿Qué tal María? ¿Será ese el mensaje oculto?

Imagen de la línea de teléfono
La imagen ha sido cedida al dominio público por Markito

Lo más sensato, si hay algo sensato en esta cadena de irracionalidades, es pensar en un aviso para que cojas las cadenas de nieve, ahora tan abundante en ésta época, y prevenir un accidente mortal , o para que tengas más ojo la próxima vez que toque ir a votar. Pero no. Hace tiempo que no sales con una chica. Se acerca San Valentín. No te importaría darte un revolcón con esa tal María. Y te pasas una semana atento como un imbécil a todo lo que tenga que ver con cualquiera que se llame así: Miras los cartelitos identificativos sobre el pecho de las cajeras del hipermercado -calibras a ojo el tamaño, la suavidad, el color de los pezones- , prestas atención a los nombres de quienes te retuitean mensajes en tuiter o feisbuk a ver si hay alguna María, o incluso llamas a esa vieja amiga que no quiere saber nada más de tí desde que… Bueno, eso es otra historia.

Después de una semana de rastrear coincidencias imposibles, no aparece por ningún lado. Vuelves a leer otra vez la carta con afán cabalístico, buscando asociaciones de palabras secretas, metáforas imposibles, sinestesias retorcidas, sinapsis inesperadas. La escasez de sexo altera el raciocinio. Pero nada, no hay manera de sacar nada en claro. El mensaje tiene que ser otro. Miras el remitente. Vaya. La carta la escribiste tú mismo – a tu padre- cuando tenías 14 años y no es de la persona que tanto quisiste y que te escribía a esa ciudad en la que estudiabas. Idiota. Ahora recuerdas quien era María. Con nitidez, fue tu primer amor. Un amor platónico. Nunca te atreviste a decirle lo guapa que era y esas palabras que se intentan decir cuando uno está enamorado. Un recuerdo así, cuando uno está sólo, hiere.

Llaman a la puerta. Abres. Ahí está ella, María, tu nueva vecina. Se ha quedado sin sal. María, otra vez. Pasa, le dices. Todavía no te ha reconocido. Es igual, piensas. Esta vez no te escaparás.

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