Aquí no hay playa

Al año siguiente la playa había desaparecido. No te exagero, en lugar de la finísima arena blanca en la que nos tumbábamos desnudos a tomar el sol -sí, sí, desnudos, desnudos-, había un pedregal de guijarros afilados que hacían imposible siquiera sentarse sobre ellos. Nada de suaves cantos rodados que, aunque duros, aún te dejan descansar un rato. Aquello eran lajas cortantes como cuchillas. Peligroso, de veras. Decepcionados, nos dimos la vuelta y recorrimos los dos o tres kilómetros de costa que separaban aquel diminuto remanso de paz del sitio más cercano en el que se podía dejar el coche.

Ahora que han pasado ya diez años o así, mientras hablamos aquí en la terraza y rendimos nuestro diario tributo alcohólico al sol que se humedece en la línea del horizonte, el recuerdo es igual de decepcionante. Era una hermosa playa solitaria, de fina arena blanca y aguas azules y transparentes, frías. Ahora es sólo un acantilado convertido en rompeolas.

Imagen de piedras en equilibrio
La imagen ha sido cedida al dominio público por Michal Lech

A veces -y te juro que ésto que te voy a decir no es consecuencia de los dos güisquies que me he tomado- he llegado a verme a mí mismo aquella mañana como Charlton Heston cuando se acerca a caballo hasta esa estatua de la libertad semienterrada en la arena y castigada por el mar. Heston con la boca abierta contemplando el brutal testimonio del fin de una civilización -cuestión de fe- que acabó siendo superada por los animales.

Silencio prolongado. Hay una pregunta sin respuesta inmediata. Recuerdos silenciosos. El tercer güisqui.

Desde la terraza donde hablan los dos amigos se puede ver, tras ellos, en una estantería del salón, una fotografía de gran tamaño enmarcada en plata. Un chico y una chica jóvenes, sonrientes, desnudos, bronceados, gafas de sol. Ambos de pie sobre una playa de finísima arena blanca, el mar cristalino, turquesa. Junto a ellos un sendero asciende el acantilado, pero el acceso está cerrado con una intimidante puerta metálica. Cuelga un cartel en el que se puede leer “Urbanización en construcción, prohibido el paso”.

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7 comentarios en “Aquí no hay playa

  1. La urbanización nuestra de cada día, me provoca a recordar las bellezas naturales que solía visitar en mi niñez, en aquel mi viejo pueblo. Que de viejo, no tiene nada, solo el recuerdo. …..Ironías .

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