Los espejos invisibles

Son las cartas que enviamos un día y a las que le perdimos la pista. Tal vez sobrevivan ocultas en una caja de zapatos de alguien a quien también perdimos la pista, una chica rubia o morena, o pelirroja, que fue el amor de tu vida. O en el garaje, entre un montón de trastos inservibles, de ese chaval con el que jugabas a la pelota vasca en el frontón improvisado en el que terminó convertida la vieja pared de la fábrica de conservas.

Es más que posible que su destinatario o destinataria las rompiera en una última mudanza, como quien se deshace de un recuerdo feliz pero incómodo. Punto y final.

Quizá hagan como yo, que de vez en cuando las rescato, me rescato de adolescente, cuando sólo había correo postal, y las releo, me releo en ellas. Hay en esas cuartillas trocitos de personas, pedazos que tal vez hayan olvidado que fueron suyos, amores, desengaños, risas, poca melancolía, tan extraña en esos años.

Conservan el rastro de un perfume convertido en humedad y tiempo, dibujos, citas, versos anotados en los sobres, tentativas de amor, amistades furibundas, tristezas y soledades de invierno, el recuerdo de un verano imposible de felicidad. El verano es la infancia, ya se sabe, y la adolescencia y la juventud también.

Imagen del correo postal
La imagen pertenece a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
No tiene restricciones conocidas de derechos de autor.

Pedacitos del puzzle de otros que aún no han caducado. A veces somos fieles hasta el momento final a algo nuestro. Otras piezas fueron descartadas por la madurez, o por los desengaños, o porque no siempre se puede ser Peter Pan y hay que ponerse en el lugar de Garfio o morir.

Trozos de papel manchados de tinta roja, azul, verde, incluso algunos con sangre, sudor, saliva, carmín –¿cuantos besos impresos en tinta invisible hay en las cartas?–, lágrimas. El mundo invisible de los espejos olvidados.

Por ahí andan también mis pedazos, en cajas de zapatos de otros, con un poco de suerte sujetos aún por lazos de satén, a la espera de nada, de una mudanza final o de un reencuentro imposible, configurando la historia, la pequeñita, la que de verdad importa, la que siempre, o casi siempre, valió la pena vivir.

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18 comentarios en “Los espejos invisibles

  1. Tu post me ha hecho pensar en la época en la que escribía decenas de cartas y en las decenas y decenas que tengo guardadas, en cajas de varios tamaños. Pero no me siento capaz de enfrentarme a ellas. Supongo que algún día, cuando me jubile y me encuentre con ánimo, volveré a ellas, y disfrutaré.
    Había un eslogan de una marca española de material fotográfico (‘Negra’) que decía: ‘Fotografie con Negra: vivirá dos veces!’ Y siempre que veo fotos o veo cartas antiguas, se me viene a la cabeza.
    Gracias por este buen rato.

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    • Las cartas que guardamos son los trozos del espejo en el que otros no se pueden ver, o se pueden ver en la medida en que tengan un recuerdo fiel. Y viceversa, no nos podemos mirar en las cosas que dijimos porque las cartas que enviamos las tienen personas que ya no están en nuestra vida. De ahí el títuilo de la entrada, “Los espejos invisibles”.
      Saludos.

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  2. Has hecho que mire para atrás con nostalgia pero con el ánimo sereno y una sonrisa en la cara. Yo no guardo ninguna de esas cartas que escribí de adolescente y ahora que las pienso, me gustaría tenerlas para ver si encontraba en ellas el alma ingenua que recuerdo.
    Precioso post.
    Un saludo

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