Anticuerpo

Escriben cómo sienten fluir la sangre por las venas, sus movimientos digestivos, la circulación del aire en su interior.

Notan el chasquido del agua en la piel, el cambio de temperatura al abrir una ventana, el calor del sol sobre los párpados.

Todo desde una absoluta y cristalina normalidad en la que algún espíritu benéfico trabaja como ese director de continuidad que evita que una emisión televisiva se interrumpa y quede la pantalla en negro.

Es envidiable una vida así, una vida en paz. Libre de temor. El protagonista de estas circunstancias teme al intruso como la lámina de agua teme a la piedra, aunque la violencia dure apenas unos breves instantes.

Imagen de un anticuerpo
La imagen ha sido cedida al dominio público por Wesley Miles

El intruso es un cuerpo extraño, un objeto que chirría en el espacio que invade, a veces de forma involuntaria, como quien echa sal al café al confundir los tarros que los conservan.

A veces llega con el peligro de un virus, para quedarse y pudrir lo que está sano, aunque sin maldad, porque los virus actúan por instinto animal, negocios, ya se sabe, nada personal.

Lo peor, de todos modos, puede ser advertir que uno mismo se ha convertido en intruso, amarga el café de otro sin pretenderlo, oscurece la pacífica claridad en la que se protege, desentona en el paisaje que, casi siempre, es más imaginación que realidad.

Y es triste ver a los seres humanos convertidos en anticuerpos.

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3 comentarios en “Anticuerpo

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