Collins

Conozco a bastante gente miope, pero no conocía a ningún miope que no usara gafas. Hasta que encontré a Collins. Largirucho y bien plantado, tampoco usa lentillas. Por lo general, terminas pensando que un hombre sin gafas necesita poco para vivir, pero no es cierto. Tal vez necesite menos “cosas” para vivir, pero al fin y al cabo es un ser humano como tú y como yo, a quien le gusta que lo abracen de vez en cuando o experimentar cómo se sobrepone a una humillación sólo con su temperamento.

Su relación con los objetos es peculiar: los desdeña, pero los respeta, sabe exactamente la cantidad de daño que esconde su estructura inocente. Sobre todo cuando se golpea el hombro con una esquina o la pierna con una silla o una mesa de poca altura. Y lo dice con una candorosa inocencia, como si los objetos tuvieran voluntad y vida propia, de modo que terminas por pensar que Collins tiene algún desequilibrio cerebral o algo así. Lo que no tiene es dinero para comprarse unas gafas graduadas, y ha terminado por acostumbrarse.

«No me gusta que me llamen miope o cegato ni nada por el estilo. He acuñado mi propio lenguaje, así que cuando pienses en mí imagina la percepción de alguien intoxicado con alguna sustancia química. Lo mío es visión ebria. La imagen que se presenta ante mis ojos es bastante borrosa y limitada. Suelo tropezar si el suelo no está igualado, pero nadie se sorprende de mi extraña manera de andar, me confunden con un borracho. Lo que ellos no saben es que no les veo las caras, sus contornos se difuminan, como si el aire fuera un ácido en el que se estuvieran diluyendo a una velocidad mínima tan límite que son incapaces de advertirlo. Vivir es una continua y persistente descomposición física. No hace falta usar gafas para verlo; mejor dicho, es algo que se ve mejor sin gafas».

Imagen de personas en la nieve
Ant people by Ken Douglas / Licencia Creative Commons

Collins vive solo, pero no tiene miedo. No comprende el mundo o lo comprende a su manera. Intento ponerme en su lugar y lo que veo es un insecto sin coraza ni protección expuesto a la intemperie. Es admirable que no tenga miedo. Tal vez ignora lo vulnerable que es. Por no tener, no tiene nada de su propiedad. Tampoco tiene a nadie.

«No hay espejos en casa. No me gusta verme reflejado en ningún sitio. De vez en cuando me recuerdo a mí mismo, pero como si fuera otra persona, mejor dicho, un personaje. Tampoco quiero tener recuerdos. Tengo libros, la miopía no me impide leer, pero no puedo imaginarme la fisonomía de los protagonistas, tan solo un perfil proteico y difuso que actúa, sufre, es feliz. Espíritus atrapados en sí mismos, como yo».

Hice que le analizaran la vista en una óptica. Luego encargué unos lentes en una bonita montura de color azul caribe, muy a la moda del sur. Se dejó llevar por la curiosidad. Me dió las gracias por el regalo. Sin embargo, al día siguiente me las devolvió, cuidadosamente guardadas en su funda sólida, y me dijo que no quería volver a verme nunca más.

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