El arpista amazónico

Don Anselmo llega un día al pueblo a caballo. Con el tiempo dirá a una de sus entrañables putas que nació en la selva del Amazonas o en la Mangachería, sin que el lector llegue a conocer su verdadero origen. Como todas las perlas, esconde su secreto.

Toca el arpa con maestría y funda un burdel en Piura, una casa que pinta de verde y se convierte en leyenda cuando el cura del pueblo, capitaneando a una turbamulta de paisanos con afán de venganza, le prende fuego.

El arpista sobrevive al incendio. Da igual. Ya estaba calcinado por dentro. Su figura flota en las páginas de la novela como la fantasmal víctima de un amor de final trágico.

Lo recuerdo aquí porque me pareció el personaje (para mí, mitad hombre, mitad fantasma) que más me atrajo de La casa verde, la segunda novela de Mario Vargas Llosa.

Hay muchos, singulares, oníricos, vírgenes, las monjas de la misión de Santa María de Nieva, en el alto Marañón, uno de los afluentes del Amazonas que atraviesa Perú y que conoció personalmente el autor, los cachacos, los chunchos, personajes imbricados en el contraste entre el desierto y la jungla, Lituma, la Chunga, los inconquistables, el lanchero Aquilino, el contrabandista Fushía, Lalita, Antonia, la Selvática, y unos cuantos más.

Imagen del Río Marañón
En el Río Marañón de Pierre Pouliquin / Licencia Creative Commons

Vargas Llosa la escribió en París, en pleno boom, cuando todo el mundo hablaba del realismo mágico latinoamericano.

La edición que ha pasado por mis manos, publicada en 1999 por Alfaguara (la primera es de 1966), va precedida de un escueto prólogo del autor en el que, 33 años después de aquella explosión literaria, no escribe palabra del boom ni del realismo mágico, si bien confiesa una lealtad no por conocida menos significativa:

Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a un historia”.

Características que en una novela funcionan como la levadura que proporciona volumen a los bizcochos.

En Piura llueve arena, minúsculas partículas que se impregnan en la piel, la arañan y lastiman, y al otro lado de las montañas llueve humedad hacia arriba, en dirección al cielo, la tierra y su podredumbre se pudren en un vapor caliente.

Sí, también me recuerda a ese lugar.

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