Bus stop

Abrió el bolso y extrajo la fotografía. La miró un rato, en silencio. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Volvió a guardar la foto. Levantó la cara y miró a los lados. No había nadie en la parada del autobús. Acababa de marcharse uno llevándose en sus asientos al turno de diez minutos antes que el suyo. Aún faltaban nueve. Podía haber llovido, pero la realidad era que no llovía. Tal vez habría podido disimular mejor. Quien sabe. A nadie le importan las lágrimas de una desconocida. Al menos desde que dejó de ser una niña. Entonces era otra cosa. Pero ahora era distinto. Abrió el bolso y sacó un pañuelo. Se secó las mejillas. Miró al cielo. El sol plastificado de un cuadro cubista. No calienta pero es evidente que está ahí. ¿Evidente? Quien sabe lo que es evidente y lo que no. Los ojos engañan. A veces ven lo que quieren ver y otras veces. Otras veces no ven. Nada. La fotografía estaba ahí, delante de sus ojos, aunque ya la había guardado en el bolso. ¿Para qué tanto afán si no se le borraba de la cabeza? Se resistió a sacarla otra vez al aire libre. Pasar página, eso es, tanto que lo repiten, servirá para algo. Pasar página.

Imagen de autobus
Foto: rUssEll shAw hIggs (CC BY-NC-SA 2.0)

Vió llegar a un hombre. Se sentó en el escueto banquito de la marquesina. A ella le hubiera gustado alejarse un poco de aquel desconodido que invadía su espacio, pero si lo hacía caería invariablemente al suelo. De modo que se aguantó, quieta, impasible, deseando que el bus no tardara demasiado o que viniera alguien más. Si el hombre se ponía violento necesitaría testigos. Pero estaba llevando el asunto demasiado lejos. ¿Por qué iba a ponerse violento? Lo miró un poco de reojo, con disimulo. Era poquita cosa, nada del otro mundo. Parecía más una víctima que un violento. Sintió lástima, verdadera lástima por él. El hombre miraba al cielo. Llevaba un paraguas en la mano, aunque era obvio que no había una nube en el cielo. Tal vez se le había olvidado en casa de alguien un día de lluvia y lo había recogido hoy. Es extraña la vida autónoma de los paraguas, la independencia de los paraguas. Y podía haber llovido, pero la verdad es que no. No es cuestión de inventar lo que no existe.

Abrió el bolso y extrajo la fotografía. Fue incapaz de resistirse. Una lágrima le resbaló por la mejilla. El hombre sentado a su lado miró la fotografía. Una indiscreción, sin duda. Pero no le importó. Era un don nadie. ¿Para qué iba a ponerse violenta con él diciéndole una palabra repelente? Así que lo dejó mirar. De reojo, vió que él también lloraba. Sacó un pañuelo del bolso y se secó las lágrimas. Después se lo ofreció al hombre del paraguas. Mientras él se secaba las mejillas húmedas, ella guardó de nuevo la fotografía en el bolso. Luego, mientras el autobús se acercaba disminuyendo poco a poco la velocidad, guardó el pañuelo que contenía las lágrimas de él y las suyas en el sitio de siempre. Subieron al autobús. Venía vacío. El la dejó pasar primero. Ella avanzó por el pasillo y se sentó en un asiento de plástico verde, sucio, un asiento de todos los días. Él ocupó el asiento de al lado, casi rozando las piernas de la mujer de la fotografía. Y a ella no le hubiera importado sentirlas más cerca aún. Pero no importaba. El trayecto acababa de empezar.

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4 comentarios en “Bus stop

  1. Me gustó, un misterio que se desenvuelve despacio, dándole la forma y el tiempo exactos. Me alegra mucho que subas tus ficciones, son exquisitas. Saludos Santiago.

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