Librerias de viejo

Entrar y curiosear en una libreria de viejo, si la alergia a los ácaros o al polvo lo permiten, tiene su encanto y su relámpago de humildad. Y una cierta desazón al constatar que la enorme distancia entre valor y precio es una frontera que el ser humano aún no ha sido capaz de superar. Por mucho que se vanaglorie de su potencia tecnológica y económica para aventurarse cada vez más allá en el espacio exterior, sigue teniendo la casa sin barrer. Y no solo por esto, desde luego.

Vuelvo a mi librería de viejo: Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, disponible a un euro, y un ejemplar no demasiado castigado por el tiempo. Polvoriento, sí, pero las hojas apenas han empezado a amarillear. Su valor es mucho mayor de lo que indica el precio. A esto me quise referir antes.

Cojo un grueso volúmen de los premios Pulitzer de literatura, no recuerdo ahora de qué año. No conozco a ninguno de sus autores. Literatura local. Las cubiertas, que en su día debieron parecer lujosas a la vista, se desmoronan a la más leve presión. Sin embargo, su terso papel biblia se conserva blanco como el pan recién hecho. Para quien tenga dinero y le pueda poner unas tapas de piel es una oportunidad. El contenido seguro merece ser redescubierto y el riesgo es mínimo: un poco de tiempo y tres euros.

Las novelas se amontonan en columnas inestables con las que juego una especie de tetris bibliotecario pasando libros de un montón a otro para mantener en equilibrio el conjunto. Autores desconocidos en bellas ediciones de tapa dura, nada pretenciosas, elegantes y sencillas, y papel bueno. Sólo por la presentación, sin brillos ni oropel, con tipografías simples, huecograbados en el cartoné, dan ganas de adquirirlos.

Imagen de libreria de viejo
Foto: Anne (CC BY-NC-ND 2.0)

Entre ellos, ediciones de bolsillo baratas de papel casi anaranjado pero aún intacto en sus bordes, pujan nombres incontestables: Ágata ojo de gato de José Manuel Caballero Bonald, editado por Argos Vergara. Una primera edición que no durará en la estantería muchos años más, enrojeciendo poco a poco como el sol cuando desciende en el horizonte, hasta fundirse en el mar. Espectacular y maravilloso siempre.

En la librería, gestionada por la atenta mirada de un joven, probablemente familiar del propietario, hay mucha narrativa pero poca poesía. Algunas plaquettes interesantes de Luis Alberto de Cuenca publicadas por el aula literaria Enrique Díaz-Canedo, esa especie de pliegos de cordel que rara vez encuentra uno en las tiendas de los nuevos. Me asalta el recuerdo de un viejo periodista que escribía poemas. Ganaba tan poco con las noticias que vendía versos, a folio, entre los compañeros que encontraba en las ruedas de prensa. Aún se pueden leer en revistas de la época, en la biblioteca, junto a nombres más ilustres o más afortunados. Como escribió Vázquez Montalbán, la mala alimentación y la falta de yodo propician la melancolía, de modo que regreso a las apiladas colinas de las novelas.

Hay varias cajas de libros en el suelo. Alguien acaba de vender los que tenía en la biblioteca particular o de algún familiar. Vendidos o regalados, vete a saber; hoy parece que sobran los libros en muchas casas. El encargado, al preguntar, me informa que aún no ha podido ponerles precio, pero se ofrece a buscarlo en las principales webs de libros usados y vendérmelo al más bajo que encuentre. Muy agradecido, pero tras mirar el contenido, no descubro nada que me interese.

Siempre me gustó el teatro, así que no me resisto a comprar una obrita de Ana Diosdado, 0’60 euros, Los ochenta son nuestros. Escrita al final de la década, no treinta años después, promete ser una historia interesante.

Imagen de librero
Foto: Steve Evans (CC BY-NC 2.0)

Entre las pilas de viejas novelas hay nombres que se repiten con insistencia. En su día fueron archipublicados y ahora, a la vista de la numerosa oferta de ejemplares a la venta, engrosan la lista interminable de los autores que ya nadie lee. Libros en los que el nombre aparece destacado con gran despliegue tipográfico y ahora, ironía del tiempo, cruel, destacan su olvido con letras de oro. La humildad se aquilata en el silencio.

Descubro historias que no ví en la biblioteca pública. Se conservan en buenas condiciones y a un precio más asequible que los nuevos. Contienen varias novelas, como el que cité sobre los Pulitzer. También los hay de los Nobel. Ediciones que recuerdan mejores épocas de la industria editorial. Encuentro en uno de ellos los siguientes títulos, tres premios Planeta en años cosecutivos: En el día de hoy de Jesús Torbado, Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, y La muchacha de las bragas de oro, de Juan Marsé. Me rindo.

Volveré, lo sé, cualquier día de éstos. Sólo la posibilidad de hacerlo me recuerda a Félix Romeo, sus excursiones por las librerías de viejo de Zaragoza, sobre las que escribió bien en más de una ocasión. Pequeños viajes memorables, casi sin salir de casa.

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8 comentarios en “Librerias de viejo

  1. Esos son lugares mágicos. Siempre que voy a una me paso horas, y encuentro libros que por algun motivo se que debería darles un lugar donde descansar. Y los leo, o no, pero ya están aquí, a salvo. No se por que pienso así. pero así es;)

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