París dentro de uno mismo

A veces las buenas novelas son un artefacto —un vaso vacío, por ejemplo— en el que el lector vierte lo que lleva dentro. Stendhal pensaba que una novela era como un espejo que se pasea a lo largo de un camino y va reflejando la realidad tal cual. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. El naturalismo literario incluso se atrevió a pasar el espejo por el alma de sus personajes, cuyos autores eran narradores omniscentes capaces de algo fundamentalmente imposible: saber al detalle los pensamientos o sentimientos más profundos de una persona. En ese sentido, el monólogo interior de Joyce podría ser el culmen del naturalismo.

Sin embargo, mucha de la literatura, de la buena literatura, que se escribe en la actualidad, ha progresado hasta hacer de la novela un espejo reflectante de perfiles vacíos que el lector llena, como quien colorea un libro infantil de dibujos huecos, con sus propios conocimientos y sentimientos, con lo que ha conseguido vivir y ser hasta ese momento. No me refiero a que el lector se adapta a la escritura planteada por el autor en función de su coincidencia de intereses, conocimientos o puntos de vista. Nada de eso. Lo que quiero decir es que la novela se convierte en un marco sin lienzo, en un perfil hueco, en el que no hay nada más que lo que el lector lleve consigo y aporte si acepta la lectura que le están planteando. Tal vez por eso, muchos lectores que se acercan a este tipo de novelas, en las que el argumento suele ser mínimo e incluso inexistente, en el que no hay peripecias extraordinarias ni sucesos asombrosos o fuera de lo común, dicen que son aburridas. Sí, cualquier lector avezado sabe las implicaciones que se derivan de esta afirmación, pero nada más lejos de mi intención el establecer una segmentación de lectores según su categoría, educación o conocimientos. Eso ya lo hace el mercado por sí solo.

Louki, la joven protagonista de En el café de la juventud perdida de Patrick Modiano, es apenas un esbozo de personaje, un perfil dibujado con unos pocos rasgos que cualquier lector puede colmar fácilmente con sus propias vivencias hasta sentirse plenamente identificado con ella. En este caso, si acepta el juego, el final de la novela será sorprendente, incluso aunque lo haya intuido. Incluso aunque su conciencia, pensándolo fríamente, desde la distancia cotidiana en la que se embrida la vida, lo rechace.

Mural
En mi opinión o, mejor dicho, en mi lectura, París es el otro personaje crucial. La ciudad francesa de los años sesenta apenas esbozada, silenciada de sus mitos para turistas, de sus noticias de entonces, convertida en un mapa de calles en las que no importa quién ande por ellas, sino quien no las camina. La editorial Anagrama, cuyo editor Jorge Herralde se alegró con razón de haber apostado por Modiano mucho antes de que le dieran el Nobel, habla en la presentación del libro de “un París espectral”. Lo es, en su cualidad de ciudad muerta, perteneciente en estas páginas a un tiempo acabado y, sin embargo, una ciudad tan viva aún en el alma de sus lectores, entre lo que me cuento, por supuesto, como un micromundo independiente y feraz en la imaginación y los sueños. Otra vez el vaso vacío dispuesto al vino del lector.

Y no hay más, eso es todo.

Un artefacto así no necesita llenar páginas y páginas. Lo importante no es la extensión, sino la capacidad de aportar profundidad de vacío, si se me permite la expresión, variante del concepto profesional de la fotografía que es la “profundidad de campo”, espacio para perderse o desaparecer detrás de lo que se ve a primera vista.

Escribir así no es fácil. Uno lee un lenguaje sencillo, diáfano, sin malabarismos ni efectos de ombligo, sin barroquismos ni molduras estéticas, sin argumento, sin peripecias. Casi como contar la nada, si eso fuera posible. Esa es la dificultad, despojar a la escritura de todo y que el resultado final sea tan bello como esta novela.

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4 comentarios en “París dentro de uno mismo

  1. Un placer para mí leer tus reflexiones y la reseña. Muy bien escrito, además (algo infrecuente en otros lugares, no sé si por dejadez o por desconocimiento de las herramientas básicas del idioma; de la ortografía, por ejemplo).

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  2. No he leído la novela, pero lo que cuentas de París me ha hecho pensar en otras tres donde la ciudad de la luz es un personaje fundamental, y no precisamente por su luminosidad: ‘Rayuela’; ‘El club de los optimistas incorregibles’, de Jean Michel Guenassia; y, con una presencia mucho menos destacada, ‘Informe del interior’, de Paul Auster. En las tres aparece el París de los 50-60, una ciudad decadente pero adictiva, llena de contradicciones, melancólica, riquísima política y culturalmente, fría, húmeda y cálida a la vez.
    Hacía demasiado tiempo que no pasaba por aquí.
    Un abrazo.

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