Calmantes

A menudo pensaba en los fármacos como en un desafío. Se decía a sí mismo que soportaría cualquier revés, aunque tenía la certeza de que sería incapaz con al menos dos, tal vez tres hechos concretos. Sabía su posibilidad, pero la escondía el rincón de la mente reservado a las circunstancias improbables, un sitio alejado y sin apeaderos, como un pueblo olvidado en la parte más inaccesible de la frontera. Se sabe que está ahí y eso es suficiente.

En cualquier otra circunstancia, no veía necesario medicarse. Prefería el ejercicio físico. Más violento, más autocomplaciente, más liberador que cualquier otra terapia. Pensaba en Hemingway pescando el marlin, golpeando con los puños al boxeador de ocasión, huyendo de las bombas que caían del cielo eterno de Madrid. Se reía al especular sobre lo que Papa Hem imaginaba al practicar esas aficiones que hicieron famoso su carácter varonil. Se reía de sí mismo, viejo imbécil, corriendo por el parque con toda la viril profesionalidad que le permitían los años. No es necesaria mucha sabiduría para comprender por qué se voló el cráneo con una escopeta de caza. Un animal derrotado por el tiempo. No tuvo valor para soportar al ser en que se convirtió. No supo admitir su nuevo yo. O sí, y por eso lo hizo.

Ernest no es único. Está Paul Celan, ¿por qué se arrojó desde un puente al Sena?, ¿por qué Sylvia Plath metió la cabeza dentro del horno tras dar de desayunar a sus hijos?, Virginia Woolf, ¿por qué se arrojó al río Ouse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras —piedras que dan plena conciencia a su decisión—?, ¿por qué David Foster Wallace se ahorcó antes de cumplir los cincuenta?. Todos escribían y la escritura no les salvó la vida. Forman parte del clisé del autor trastornado mentalmente, pero son una exigua minoria. Aunque se hiciese el recuento de todos los autores suicidas que han sido en la historia de la literatura, serían una estadística invisible. Siempre han sido y serán más los que escriben y mueren por razones ajenas a su voluntad.

Calma
Foto: Santiago Pérez Malvido

A veces, mientras corría, solía pensar que la escritura es una manera de suicidarse, en la medida en que supone vivir otra vida distinta que poco, o nada, tiene que ver con la realidad tangible de quien escribe. Pero no estaba convencido. La vida es una representación cerebral, una percepción de hechos, sensaciones y emociones sobre las que una persona tiene poco o ningún control. Todo lo contrario que cuando escribe. Dudaba, pero enseguida volvía a su obsesión por los fármacos, la necesidad de resistirse. Se cruzó con otro corredor que venía en sentido contrario. Tenia cierto parecido con Jack Nicholson. Alguien voló sobre el nido del cuco. La libertad empieza en la materia gris, un clásico del pensamiento político.

Aún así, la farmacopea es más civilizada que la escopeta de caza. Hasta se duerme a los animales para evitar que sufran. El sufrimiento se ha vuelto una parte oscura de la existencia, un pueblo que sólo se visita por caridad o por obligación, con humana profesionalidad —dignidad la llaman—, al que casi nadie acude voluntariamente.

Los calmantes son también una adicción tolerada, no está mal vista del todo. Un escalón más dignos que el alcohol, un escalón más legales que otras drogas. Siempre hay espitas para que la máquina no reviente. Un placer químico vigilado por especialistas, por prescripción médica. Fármacos para mantener la convivencia.

Él prefiere correr. Mientras corre adquiere conciencia de sus propios límites. Mientras corre observa, como el corredor de Don DeLillo, lo impensable. Mientras corre se desintoxica. Mientras corre no necesita fármacos. Mientras no los toma, es libre. Ese es el desafío. Hasta que se presenten esas dos o tres circunstancias en las que mejor no pensar. Su propio límite. Tras esa frontera sólo esta el gatillo, el puente, el horno de gas, las piedras en los bolsillos, el cinturón en el cuello. Pero de ese lugar nadie sabe hasta que ha llegado allí, hasta que se vé donde nunca quiso estar.

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