El cisne de Leinøy

Era tan evidente, lo había imaginado tantas veces, que la obviedad lo convirtió en olvido. Kristian, en la oportunidad de la calma, se esmeraba por tomar fotografías del vapor. Nunca antes había logrado imágenes tan diáfanas desde la flotante cubierta de un barco. Aún hoy las líneas son una definición perfecta de sí mismas. Como buen ingeniero ejecutaba con matemática precisión su trabajo.

El vapor parecía colocado exprofeso ante un escenario teatral, listo para el rodaje de una película de pescadores en el Mar del Norte, o de una moderna versión de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. En verano, la mejor luz, la mejor oportunidad. Luego, la oscuridad del ártico se traga la claridad que no merecimos.

Disfrutábamos de ese frescor de los agostos del norte. Tu buscabas cisnes cantores. Mirabas los dibujos en aquella guía de márgenes raídos y antiguas ilustraciones de colores gastados. Algunas veces, pocas, se había visto por allí algún Cisne de Bewick, pero lo habitual era el Cisne cantor, que emigraba al sur al llegar el invierno. Igual que en los versos de T.S.Eliot. “El árbol muerto no da cobijo” dice ese poema. Pensamientos callados. No era tiempo, pensé, pero estaba equivocado.

Cisne
Foto: Kristian Berge / Sin restricciones conocidas por derechos de autor / Fuente: Fylkesarkivet i Sogn og Fjordane

La isla de Leinøy quedaba a nuestras espaldas. Si por alguna espontánea locura hubiéramos tomado rumbo noroeste habríamos arribado a las Feroe. Y luego a Islandia y después Greenland y, más allá, el Canadá, Norteamérica. Pero ¿quién iba a querer dejar atrás tantas islas si en todas ellas estabas tú?

Kristian nos contó que los cisnes eran aves consagradas a Apolo, dios de la música. Creían que antes de morir cantaban. Tú sonreiste y en ese momento voló entre los dos barcos, a ras de agua, un cisne blanco. “Marsias”, dije en un susurro, pero no me oiste. Otro cisne voló en ese instante entre los ojos rubios de Kristian y los tuyos. Aún temprano, aquella mañana ante la isla de Leinøy.

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