Punto de fuga

En The family, Robert de Niro interpreta a un mafioso arrepentido que se oculta de ciudad en ciudad, protegido por la policía, a la espera de declarar como testigo ante los tribunales de justicia. Pandillas de matones con corbata, stetson y traje negro lo persiguen por el orbe para quitarlo de enmedio, a él, a su mujer y a sus dos hijos, antes de que consume la fatal delación con la que, supone el espectador, sus jefes acabarán enchironados y él con una sustancial reducción de condena que le permitiría vivir el resto de sus días como un ciudadano honrado.

Cada vez que es descubierto por sus perseguidores tiene que abandonar la casa refugio y la ciudad hasta otro destino provisional en el que tarde o temprano volverán a encontrarlo y vuelta de nuevo a empezar.

En los períodos de calma en los que puede pasar desapercibido —un decir, viendo el comportamiento de su familia, la natural—, De Niro tiene el empeño de escribir sus memorias. A salto de mata va llenando páginas y páginas. En su último refugio utiliza como sala de escritura la caseta acristalada del jardinero. Una mesa de madera alargada, sin mantel, áspera, las espaldas cubiertas de instrumentos de podar y ante los ojos la luz parda y tenue de un jardín otoñal en el que sólo se oye maullar a un gato.

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John Taylor Arms / On Lake Como, Number Two / Google Art Project / Dominio Público

Al verle trabajar en ese espacio tan singular sentí una enorme envidia. Es cierto que cuando uno se pone a escribir se olvida de lo que hay alrededor, pero cuando levanta los ojos de la máquina le gustaría ver un punto de fuga: un jardín, un bulevar sombreado de árboles por el caminan los paisanos, una ladera descendiente hasta la orilla del mar, cuadriculada por campos de labor y las casas de un pueblo pesquero a lo lejos; o un silencio tan denso que  permita oír el leve desliz de una quilla en el Lago Como.

He vivido o visitado casas que tenían todas ellas alguna de esas vistas en sus ventanas (no la del lago italiano, ya me gustaría). El cuarto de escribir siempre daba a un patio interior con tenderetes de ropa mojada puesta a secar, a un oscuro y húmedo callejón que por no tener no tenía ni una sugerente luz de neón parpadeante y fucsia, al patio trasero de un mercado con el suelo estrellado de frutas podridas, cajas vacías y gatos.

Sin embargo, estos últimos lugares, a pesar de su aparente sordidez, a pesar de su incierta capacidad de proporcionar un escape mental, guardan en sus contornos otra poesía e historias tan interesantes como las que se pueden encontrar en los mares azules, los greenwichvillageanos jardines de NYC o los bulevares parisinos. Hay tanta poesía en una cuerda de ropa puesta a secar al sol como en un pato zigzageante en el lago de Walden; o en el hombre que sale tambaleándose del cotidiano dolor inaguantable de un bar junto al mercado de Móstoles, y en la mirada de esa mujer que entra en el portal con los ojos mirando al suelo, evaluando la puntera gastada de sus manoletinas. Y la hay en ese arrepentido que escribe sus memorias y de rato en rato levanta la cabeza para ver cómo se va pudriendo poco a poco un jardín que nunca fue ni será suyo.

Sólo hay que saber mirar. Y tener el valor de sostener la mirada.

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3 comentarios en “Punto de fuga

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