La mañana al sol

Desde el paseo marítimo parecían una desconcertada colonia de pingüinos que, como una familia mal avenida, se hubieran peleado entre ellos y no quisieran encontrarse unos a otros a menos de veinte o treinta metros de distancia. Era una última mañana de verano, casi otoño ya. Las vacaciones de quienes trabajan estaban acabadas y se reanudaban las clases en los colegios e institutos.

Todos habían instalado en la arena sus sillas de playa. En ellas tomaban el sol jubilados, ancianos, veraneantes rezagados y desempleados. Los días más calurosos del verano las sillas y toallas se disponen cara al mar con el objeto de recibir la brisa que llega desde la orilla, si es que llega alguna brisa. En estos días no ocurre igual, las sillas no miran al mar, se colocan orientadas cara al sol con el objeto de aprovechar su calor tibio y, muchos días, para dar la espalda a esa misma brisa que ya no es tal, sino un frescachón que enfría la piel y la cuartea con una escarcha blanca de salitre. Es llamativa la imagen de todas las sillas de aluminio y tumbonas orientadas en la misma dirección, separadas por grandes espacios, inimaginables durante el verano, y sorprende esa simetría orwelliana de los hábitos impuestos por la necesidad. Pingüinos al sol.

Arenal
Foto: Santiago Pérez Malvido

En la orilla, peregrinos ávidos de salud andan despacio o caminan con paso recio, sin levantar la vista de la arena húmeda. El arenal discurre en paralelo a la antigua calzada romana, desde hace mucho tiempo sumergida en el mar, a escasa profundidad, como un sendero submarino techado de azul y ya solo útil para albergar peces, algas rojas y el recuerdo del esplendor perdido.

Durante el verano, las gaviotas se han acostumbrado a picotear los restos de comida dejados por los bañistas. Ahora que hay menos se han vuelto ciertamente osadas, incluso agresivas. Se acercan a las bolsas de playa y husmean dentro en busca de algo de comer, sin miedo a sus propietarios, sin temor a acercarse a los humanos. Y sin miedo a pelearse entre ellas por los escasos desperdicios que puedan hallar. Las palomas ni se acercan, dejan que las gaviotas y los alcatraces, de mayor tamaño que ellas, sean los primeros en pelearse por la basura, amenazantes con sus picos curvos, extendiendo sus alas sucias y graznando como hienas del aire. Después volverán las palomas, si queda algo que picotear. La ley del mas fuerte. Simple instinto animal de supervivencia.

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