Parapetos

Volvía de mi diaria clase de inglés en el tren de cercanías. Abrí un libro para soportar mejor la claustrofobia que me produce el subterráneo, intentando aislarme de ese ruido de gusano perforador que se oye en los túneles del metro o de los trenes de corta distancia. Ahora, al menos, ya no huele a humedad como antes. Si el tren va completo, como suele suceder en las horas punta, hay que resignarse a viajar de pie. Si no está muy lleno, siempre hay algún sitio libre en esos grupos de cuatro asientos, entre viajeros que se miran casi sin querer, disimulando. Los sillones están agrupados de tal modo, unos frente a otros, que en ocasiones los pasajeros no saben donde dejar quietos los ojos. Y además, hay que encoger un poco las piernas para no tropezar con otras piernas celosas de su espacio y de su integridad. Los anglosajones, tan celosos de sus distancias, ¿qué ferrocarril metropolitano serían capaces de inventar si tuvieran espacio y dinero suficientes? Pero no pueden. Y entonces, ¿a dónde miran? Libros, revistas, de un tiempo a esta parte pantallas de móviles, modelos de zapatos, barandillas, luces fluorescentes, ventanas. A veces un tobillo, un brazo, el lóbulo de una oreja, unas rodillas. En mi caso, he terminado por aprender a mirar a un punto fijo más allá de cualquier objeto y persona para no molestar a nadie. Nunca se sabe. Hay seres muy sensibles en los vagones del metro.

Cuando el tren va semivacío, puede uno sentarse casi a solas, en uno de esos conjuntos de cuatro sillones, sin acompañantes, con las ventanillas a disposición de su mirada y el pasilllo central blanco e iluminado como una nave espacial. El efecto claustrofóbico del subterráneo se atenua al disponer de más espacio libre alrededor. Aún así, miro el libro para no ver las paredes fluorescentes y blancas del interior del vagón. Logro concentrarme en la silueta negra de las palabras, en la lectura, hasta que el tren sale del túnel y empieza su recorrido al aire libre. Entonces prefiero la luz azul de las ventanillas.

Fue en esa primera estación al aire libre donde subió la anciana. El tren circulaba semivacío. Había en la cabina varios conjuntos de cuatro asientos sin ocupar. Yo me había dejado caer en uno, en el asiento junto al pasillo. En el cuarteto que había a mi izquierda, al otro lado, se pegaba a la ventanilla una mujer joven y robusta, ancha pero no gorda, conectada a un teléfono móvil por los auriculares. Sólo ella para los cuatro asientos. Se había puesto cómoda. Entre las piernas colocó una lata dorada que parecía cerveza. De rato en rato bebía un trago. La anciana, como digo, subió en esa estación. En un primer momento no lo ví, pero iba a compañada de un perrillo color brandy, de hocico negro y ojos tristones. Había varios conjuntos de cuatro asientos vacíos, pero la señora decidió compartir, a mi izquierda, el que ocupaba la mujer ancha y joven de la lata de cerveza entre las piernas. No se sentó en uno de los dos asientos que había libres frente a la pasajera, como se suele hacer, por comodidad, de manera que se puedan estirar las piernas en el espacio vacío que queda al frente. Qué va. Se sentó justo en el asiento de al lado de la joven ancha, de piernas gruesas, obligándola a encogerlas, a encoger los hombros y a recoger su lata de cerveza y sostenerla en el aire entre las manos. Pensé que tenía miedo y por eso necesitaba tener muy cerca el calor de otra persona. La mujer ancha adaptó como pudo su cuerpo al estrecho sillón que le correspondía. No sé por qué no se cambió de asiento.

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Foto: Santiago Perez Malvido

La anciana no sonreía. Yo al menos no la ví sonreir. Entonces no caí en la cuenta, pero estaba nerviosa. Tal vez histérica, ese tipo de histerismo soterrado del que uno no termina de ser del todo consciente. En efecto, antes de llegar a la siguiente parada, la señora se levantó y se acercó a mí que, distraido, miraba cómo las garzas se mojaban las patas en una  salina abandonada. ¿Puedo sentarme aquí?, me preguntó. Siéntese donde quiera, señora, sonreí mientras encogía mis piernas para dejarla pasar. Al igual que había hecho antes al otro lado del pasillo, la anciana no ocupó ninguno de los dos asientos que había libres frente a mí, sino que se sentó a mi lado, entre mi cuerpo y la ventanilla. Como soy más bien flaco y la venerable anciana era más o menos de la misma fisonomía, no tuvimos problemas de espacio para acomodarnos amigablemente en el vasto territorio del vagón. No muerde, sabe, me dijo mientras empujaba al perrillo —entonces fue cuando lo ví—, escondiéndolo bajo el asiento, supongo que para que no lo descubriera el revisor cuando pasara a pedir los billetes y le recordase que no estaba permitido viajar con animales. A diferencia de lo que ocurría con la joven ancha del otro lado del pasillo, que estaba pegada a la ventanilla, en mi territorio la señora podía, es mucho decir, ocultarlo mejor de la mirada del empleado de ferrocarriles.

Supongo que fue por eso que, en la siguiente parada, cuando le dije que yo me bajaba allí, me miró con esa cara de querer destriparme sin miramiento alguno por mi familia, mi edad, mi bigote o mis modales educados de oficial del séptimo de caballería que ayuda a las señoras a bajar del landó. Ví en su cara éste pensamiento: ¿Cómo se le ocurre, joven, tener la desfachatez de desguarnecer el fuerte antes de que lleguen los indios? y sentí un remordimiento que tardé un rato en hacer desaparecer. No dijo nada, supongo que buscaría con atención a otro ser humano que le hiciese de parapeto en aquella cabina, antes de que el revisor descubriese su falta, pero no llegué a verlo, pues yo ya subía la escaleras hacia la salida cuando el tren reemprendió la marcha. Para mí ella fue el claro ejemplo de que el hombre, en este caso la mujer,  ha sido siempre el mejor amigo del perro y no al revés.

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2 comentarios en “Parapetos

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