De la hospitalidad de los taxistas

Empiezo a leer mi primera novela en inglés. Roddy Doyle, The commitments. Un inglés escrito “al modo andalú” como escribió Fernando Quiñones muchos de sus relatos cortos, así que intento descifrar su jerga, su slang manuscrito; el sonoro me cuesta más trabajo. Primero coloco bien las consonantes —la mitad de las vocales han desaparecido— para entender la palabra y al hacerlo suena en mi cabeza como si estuviera bien dicha. ¿Cómo sonará realmente esta jerga que leo? Si alguna vez la escucho de verdad dudo que sea capaz de entenderla, pensaré que me están habando en gaélico, como ya nos pasó la primera vez que estuvimos en Irlanda y se me ocurrió preguntar a un municipal de Galway dónde quedaba el albergue. Menos mal que nos salvó un taxista. Los taxistas son la cara humana de la oficialidad municipal, el primer rostro del genius loci, la puerta de entrada a la vida local, cotidiana y oculta a las miradas de los viajes organizados.

Coche-correo
Foto: Biblioteca Nacional de Irlanda / Sin restricciones conocidas por derechos de autor

En otras palabras, son el perfecto cicerone de los novatos. Luego, con la frecuencia, cuando dejamos de ser turistas ocasionales y nos convertimos en visitantes asiduos, se busca su complicidad, que nos confirmen de algún modo que participamos en ese espíritu del lugar que nos gustaría disfrutar como algo propio, no sólo como enseñanza, sino como genética. Imposible, claro está, de ahí nuestra envidia por no alcanzar esa posesión y, en el otro lado de la moneda, el consuelo orgulloso de saber que nosotros también guardamos secretos —un bar especial en un lugar apartado, una calle única y desconocida, un vecino que alguna vez lo fue del visitante, una singularidad, en definitiva— en el sitio del que procedemos. Esa debiera ser una de las enseñanzas del viaje, de cualquier viaje, la añoranza de ese espíritu extranjero que nos fascina y nunca podremos poseer, y la conversión del orgullo de nacimiento en hospitalidad acogedora hacia el visitante deseoso de conocer a su vez nuestro propio genius loci.

Nota: Transporte más que sorprendente para saber de un lugar debieron ser las diligencias y los coches correo como el de la foto, que funcionaba en la costa oeste de Irlanda a finales del siglo XIX. Me pregunto quién sabía más del valor del tiempo, si ellos o nosotros.

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2 comentarios en “De la hospitalidad de los taxistas

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