Pleamar

Cuando era niño, en los inmumerables días de playa que vive un niño en una ciudad del sur de España como es Cádiz, solía construir barreras de arena para frenar la subida de la marea. No era una chaladura individual, lo hacían muchos otros niños y niñas y se sigue haciendo aún hoy, como si construir barreras inútiles contra los elementos fuera una condición natural o una genética del sur, quizá un atavismo que conserva la gente de la costa para memoria de futuros museos etnográficos. O una forma de ir aprendiendo a no rendirse nunca.

Pleamar
Foto: Santiago Pérez Malvido

Eran unas murallitas de apenas un palmo de altura que soportaban la embestida de una pequeña ola, dos a lo sumo, antes de ser superada definitivamente por la tercera. Aún así, aunque el agua hubiera entrado en el fuerte —así lo imaginábamos—, insistíamos en reforzar la muralla con nuevas aportaciones de arena, inasequibles al desaliento, con una extraña fe en lo imposible, una fe que al verse quebrada por la inundación se transformaba en risas nerviosas, en carcajadas de felicidad, convirtiendo la derrota en una parte más del juego.

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