Conjuro navideño

A estas alturas de diciembre aún no he colocado los adornos de Navidad. Será que el tiempo no acompaña, el calor, el sol más que tibio. Este año tendremos unas navidades parecidas a las que disfrutan en las antípodas, en Argentina o Australia por ejemplo, donde está a punto de empezar el verano.

Tampoco he puesto aún el nacimiento ni mi árbol de Navidad, un árbol de ramas desmontables en las que cuelgo lucecitas de colores fabricadas en China que se encienden y se apagan con un ritmo extraño, como de villancico asiático. Supongo que lo colocaré este fin de semana o, si me puede la pereza, lo mismo espero hasta el solsticio de invierno. De lo contrario podría convertirse en el árbol de las navidades futuras.

Arbol-Navidad
Foto: Amsterdam, 17 december 1963. Nationaal Archief. / Sin restricciones conocidas por derechos de autor.

Haya o no árbol, siempre me acuerdo de Dickens, siempre está aquí conmigo en estos días, su villancico en prosa. Cuando a Scrooge se le apareció el espíritu de las navidades futuras, el usurero le dirigió esta invocación:

“— ¡Espíritu del futuro —exclamó—, eres el más temible de todos los espectros que he visto! Pero, como sé que tu propósito es hacerme el bien y como espero vivir para ser un hombre distinto del que fui, estoy dispuesto a acompañarte, y lo haré con toda la gratitud de mi corazón. ¿No vas a hablarme?”

Sus palabras, que podrían sonar como un conjuro contra la muerte, son en realidad todo lo contrario, la plena aceptación de su compañía inevitable.

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