La primera vez

Esperaba desde rato atrás en la barra de la cafetería, mirando hacia las botellas alineadas bajo el espejo del otro lado —en mis cafeterías, en mis bares, siempre hay uno al otro lado—. Había un silencio abandonado al ruido del televisor. El aparato atrapaba la mirada aburrida del camarero en un extremo de la barra. Me había servido el té con diligencia. Luego preguntó si deseaba algo más y se instaló de nuevo en el mismo rincón en el que lo encontré al entrar.

Pocos lugares hay tan solitarios como un bar vacío con un televisor encendido y un camarero que mira. El té reconfortaba. Los cristales de las ventanas sudaban invierno, empañados por la diferencia de temperatura entre el interior y la intemperie. Empezaba a oscurecer. De vez en cuando pasaba ante la puerta una mujer con un niño pequeño que volvía del colegio o un vendedor ambulante de cupones de la ONCE.

Esperé como me habían dicho. Esperé más allá de lo razonable. Llevaba meses sin empleo y necesitaba el dinero. Me darían cien euros, tal vez doscientos. Sólo tenía que entregar el paquete en éste bar de mierda en el que esperaba ya demasiado tiempo sin que nadie apareciera.

Era más o menos del tamaño que tiene el estuche de una estilográfica, envuelto en papel de embalar, áspero, atado con una tanza de esparto. Deseaba que no fuera nada comprometedor. No debía abrirlo, esas eran las instrucciones recibidas. Tan sólo llevarlo hasta allí y esperar a la persona que lo recogería. Era mi primera vez. El espejo tras la barra reflejó una luz azul parpadeante. Un coche de policía se detuvo frente al bar, justo delante de la puerta, en doble fila. Les ví bajar sin prisas, recorrer el breve trozo de acerado que nos separaba. Todo el ruido de la calle entró de golpe en en vacío cálido de la cafetería. Luego cerraron la puerta y se acercaron hasta la barra.

Caminante nocturno
Ilustración: Walters, Lettice D’Oyly / Sin restricciones de derechos de autor conocidas

Más tarde llegó ella, mientras tomada el último sorbo de mi segundo té. La taza y mi mano temblaban. Los policías se habían marchado, dejando el pánico en mi mano, en la taza, en mi respiración contenida, aplazada. Se sentó en la barra, justo a mi lado. También pidió té. Era sorprendente su amabilidad, como si nos conociéramos de siempre. Cuando yo hablaba, ella reía. Y viceversa. Era realmente desconcertante aquella familiaridad, el fingimiento, el camuflaje.

Al rato me dió un sonriente rodillazo en el muslo y con la cabeza me indicó que mirase hacia abajo. Ella estaba sentada en un taburete alto y sostenía entre sus piernas un bolso abierto. Su atractivo había conseguido que me olvidase de la policía y hasta de la razón que me llevaba allí. El camarero estaba abducido por el televisor, en el otro extremo de la barra sin nadie. Saqué el paquete del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejé caer dentro mientras ella miraba el color de sus mejillas en un espejito de mano que guardó sin coquetería en el bolso antes de cerrarlo definitivamente.

La noche se cerraba poco a poco sobre la ciudad. Yo caminaba lentamente por el callejón que lleva a mi casa. De vez en cuando me paraba, asustado, al descubrir que una rata escapaba a toda velocidad perseguida por un gato. Luego, tranquilo, en paz, seguía caminando, las manos en los bolsillos de la chaqueta, acariciando los billetes con la mano y recordando las palabras del director: «Jaime, para ser tu primera vez lo has hecho de miedo. Vuelve mañana si te apetece seguir de figurante con nosotros». Y así fue como empezó mi incipiente carrera de actor televisivo.

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