Preguntas sin respuesta

Un hombre en una silla de ruedas me pide que le ayude a subir una cuesta. Fuma un cigarrillo rubio que acaba de encender mientras espera a que llegue a su lado. No se ha afeitado esta mañana. Apenas tiene pelo y los ojos revelan un cansancio resignado y un poco de mala leche. Aparenta medio siglo, pero la miseria sabe ocultar como nadie la verdadera medida del tiempo. Tiene cara de película clásica de piratas. De actor secundario. Una de las perneras del pantalón, lo que un día fue un elegante pantalón de raya diplomática azul o gris —su color es ahora indistinguible de puro gastado—, está doblada sobre el hueco imaginario de su pierna izquierda. Subimos. Apenas me supone esfuerzo. ¿Cuánto pesará? ¿45?, ¿40? No estoy muy seguro de su ligereza. A mitad de camino, las ruedas se enganchan en una rejilla de aguas pluviales y, debido a la fuerza con la que impulso la silla, casi le hago caer de bruces. Excuso mi torpeza en la falta de costumbre, pero el hombre ni se inmuta. Para desenganchar la silla tengo que levantar las pequeñas ruedas delanteras. Manuel, que así ha dicho que se llama cuando le pregunté su nombre, da un respingo hacia atrás sin dejar caer el cigarro de su mano. Esta vez me mira algo asustado, se le nota en el perfil de los labios. No se me ocurre nada que decir. Seguimos hacia arriba. Ahora me pregunto, gratuitamente, si la piedra rodante no era el otro yo de Sísifo.

Preguntas sin respuesta
Foto: Santiago Pérez Malvido

Cuando alcanzamos el final de la cuesta me pide que encamine la silla rumbo a barlovento, sopla un agradable aire del norte. Así lo hago. Le pregunto si está bien. Asiente y me da las gracias. Me despido, tengo que ir en dirección contraria y llevo prisa. Antes de subir le he visto mover las ruedas con las manos, así que me despreocupo de mi nuevo desconocido. Me doy la vuelta y le dejo en mitad de la calle, muy transitada a esta hora, pasado ya hace rato el mediodía.

Horas depués, mientras escribo lo sucedido, me acuerdo de aquel joven con cara de pirata —rizos negros, mentón italiano, ojos chispeantes— y piernas indefensas, que tocaba el acordeón, cuando yo era niño, en una acera de la Plaza de San Juan de Dios o de la Plaza de las Flores de Cádiz. Tocaba sentado, en una posición incompatible con la anatomía común de las personas. Mi padre siempre echaba alguna moneda en su platillo.

Manuel y aquel joven de rizos negros cuyo nombre nunca supe no son la misma persona. Una química desconocida los unió en mi pensamiento con una diferencia de más de treinta años. Ahí están ahora las imágenes de ambos, en el hueco de mi mente que alberga las preguntas sin respuesta. 

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