Long play

Emilio vuelve a colocar uno de sus viejos discos de Eric Clapton en el plato giratorio y escucha, antes de que empiece a sonar la canción, el sonido áspero de una nube. Nieve lo llaman algunos, suciedad o ruido otros, el microsurco de vinilo guía la aguja de diamante en cada giro, interpretando el registro. Que lo llamen como quieran, él sabe que al comienzo de ese disco un ingeniero desconocido y fantasmal grabó, a ras de suelo, el movimiento casi imperceptible de una nube. Como quien pone el oído en los raíles para saber si se acerca el tren.
Él ha estado encerrado en un lugar remotamente parecido a una nube. Quince años lejos.

Eric_Clapton
Foto: Teakwood (CC BY-SA 2.0)

Emilio bebe whisky y escucha blues, solitario, en una sala que al caer el sol va oscureciéndose poco a poco. El sonido áspero está grabado en toda la extensión del elepé, se oye mezclado en cada canción, en las pausas, girando a 33 revoluciones por minuto, pequeño y puñetero huracán. Cada vez que la aguja alcanza el fin, Emilio levanta el brazo que la sostiene y lo coloca de nuevo al principio.

Pero nada es ya lo mismo, nadie tampoco.
Y así pasa las tardes cuando regresa a su apartamento. Aún no se ha dado cuenta. Lleva tiempo aceptarlo. Desocupar poco a poco la memoria de los otros, la propia memoria. Sí, cuesta. No hay dos casillas de salida. Ni siquiera en los elepés. Las canciones ya nunca suenan igual que entonces.

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