Aves marinas

En la taberna del pueblo se contaba la historia de un ayudante del farero llamado Jacob Sweeney que tuvo que ser relevado de su puesto a causa de los extraños informes que escribía y enviaba con regularidad al departamento de construcción y mantenimiento de señalizaciones marítimas.

El farero Harold, viejo marinero a un tris de jubilarse, se dormía, muy a su pesar, los días de guardia. El joven ayudante Jacob cubría el turno de noche y el anciano se ocupaba de tareas diurnas de mantenimiento del mecanismo luminoso y de cocinar para ambos en aquel inhóspito rincón al que sólo era posible llegar en barco y los días de bonanza.

El mal tiempo era lo habitual en esa latitud. No hay faros donde no hay riesgo de naufragio. Jacob cumplía con diligencia su labor, pero los informes que llegaban a la secretaría, en la capital, empezaron a incluir referencias a visiones irreales de extraños seres voladores que aparecían y desaparecían ante la luz giratoria del faro, luciérnagas con cara de niña y cuerpo de mujer del tamaño de los mérgulos de la isla de Bering, unas aves grises de pico anaranjado poco frecuentes allí, fuera de su hábitat polar.

A veces, dicen quienes han leído estos informes —entre ellos un psiquiatra del hospital comarcal de las islas—, refería imposibles conversaciones amorosas o paternales con estos seres y otros, parecidos a las aves marinas, charranes o chorlitejos que anidaban en los páramos rocosos de los alrededores.

island lighthouse
Foto: Tasmanian Archive and Heritage Office – Sin restricciones conocidas por derechos de autor

Harold, el farero, que dormía como un bendito y no se enteraba de nada, tampoco supo de estos informes hasta que el departamento tomó la decisión de relevar de su puesto a su ayudante por considerar, tras un examen psiquiátrico realizado a distancia, que un desequilibrio mental ponía en riesgo la seguridad marítima que debía garantizar el faro. Y de paso aprovecharon para jubilarle a él.

En la taberna del pueblo hay un retrato en blanco y negro de ambos. Los parroquianos apuntan hacia ella con el dedo cuando refieren esta historia a los visitantes ocasionales. Allí nadie se creyó el argumento de que Jacob estuviera loco. Y hablarles de «desequilibrio mental» era demasiado afimar para su conocimiento. En realidad —contaban— a Jacob, como a casi todos los que vivían por aquellas parameras desérticas y heladas, le gustaba beber a modo durante las guardias. Se empapaba de whisky casero con lentitud metódica desde que empezaba la noche. No les extrañaba que llegada la madrugada tuviera visiones fantásticas cuando cruzaba algún ave ante la luz nocturna.

Las mujeres, en cambio, relataban una versión diferente, más sensibles al dolor del espíritu y sus consecuencias, más permeables a las creencias sobrenaturales que se transmitían oralmente desde que el ser humano se aventuró a instalarse en aquellos roquedales junto al mar. Contaban que en realidad no había seres fantásticos ni nada parecido. Pájaros, tal vez. Lo que el joven Jacob creía ver eran los espíritus de los náufragos que habían muerto ahogados en aquellas costas. Siempre se había dicho eso cuando relevaban al farero porque había perdido la razón. Una leyenda local sin otro fundamento que la necesidad de explicaciones asumibles o de esperanza. Y llegados a este punto recordaban el hundimiento del buque Polaris, que se llevó al fondo del mar a toda la tripulación y a su pasaje tres años antes. En el navío viajaban la esposa y la hija pequeña del joven. Las mujeres decían que era verdad, que Jacob hablaba con ellas en sus noches de guardia junto a la luz del faro.

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4 comentarios en “Aves marinas

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