Temporada de baños

No soy capaz de imaginar a un romano tirándose de cabeza en la piscina de unos baños públicos. Alguno habría, no lo niego, pero para mí la antigüedad imaginada tiene otra velocidad, como si viera sus escenas cotidianas a cámara lenta. Puede ser que haya un poso de elegancia en esos pasitos remolones entrando poco a poco en la piscina, una estética de peplum siestero en la que no existe el apremio. La conciencia de la paz a flor de piel.

Baños
Imagen: California Historial Society / Sin restricciones conocidas por derechos de autor

Son realmente subyugantes los anuncios que están pasando estos días por televisión sobre el comienzo de la temporada de verano. En todos ellos se quiere transmitir esa sensación de paz que todos asociamos al descanso. En todos aparecen desiertas las playas: no hay nadie bañándose, nadie paseando por la orilla, nadie tomando el sol, nadie jugando a la pelota, tan sólo una mujer en bikini poniendo caritas extrañas y poses de diva. Lo único auténtico es el bikini, bastante más interesante que esos bañadores de cuello vuelto de hace un siglo.

Todo lo demás lo desmiente cualquier tarde de domingo en la playa: miles —sí, incluso decenas de miles— de personas tomando el sol, bañándose, jugando a la pelota, oyendo música, haciendo cola en los chiringuitos…
(Casi) Ninguna playa conduce hoy a la paz de Roma.

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