Ultramarinos

En las tiendas de ultramarinos se respira un inequívoco aire familiar. Conservan intacta la imagen y los olores de tu infancia. Entrar en ellas es recuperar sensaciones y sentimientos muy antiguos, mezclados con los años y las lecturas, sí, pero su poso último siguen siendo tus ojos infantiles.

Eran lugares propicios a las historias exóticas de viajantes y marineros o a las pequeñas anécdotas de vecindario. Las colas para ser atendidos no seguían una línea recta vertical como en los supermercados modernos, sino que tenían una estructura horizontal o, si había mucha gente esperando —las conversaciones propiciaban estas acumulaciones de humanidad—, la forma de un pelotón de la legión romana en formación de ataque.

Los clientes llamaban por su nombre a los dependientes y viceversa, las mercancías estaban expuestas con cierto desorden casero, más acogedor que el orden industrial y semi robótico de las estanterías del hiper, y se fiaba: es decir, había confianza en el otro. Posiblemente en tiendas como estas y en épocas remotas se fraguaron los primeros microcréditos.

Guardo el recuerdo de un desconocido que entró, siendo yo niño, en un ultramarinos del barrio. Yo estaba allí de recadero, tarea que se encomendaba a los niños y niñas de entonces, en busca de no sé que producto necesario para la cocina.

Ultramarinos
Foto: Santiago Martínez (CC BY 2.0)

Era un hombre delgado de pelo revuelto y la cara cansada tras una jornada de trabajo que seguramente había empezado muy de mañana. Sus pantalones anchos y la camisa holgada estaban llenas de lamparones de pintura de colores. El pintor se movía con rapidez a lo largo de todo el frente del mostrador mientras los demás clientes esperaban un paso atrás observando con calma curiosa la escena. Preguntó por un queso fuerte y compró doscientos gramos, así como un octavo de chorizo. Empezó a preguntar por el precio de otros artículos mientras contaba las monedas que llevaba en la mano. Al cabo cogió una pequeña caja violeta del tamaño del hueco de la mano y con forma de corazón; parecía una caja de caramelos o chocolates minúsculos. «Y dame dos chicles también», pidió antes de marcharse.

Me llamó la atención que no se llevara los productos que iban a buscar de forma habitual los solitarios: no pidió alcohol, no pidió tabaco ni cerillas ni papel de fumar, siempre se mantuvo erguido y serio, muy educado. Salió de allí con los mismos movimientos firmes y ágiles con los que se había movido a la vista de todos. Recordando ahora su determinación y su velocidad pienso que tal vez tenía un cabreo monumental, pero no un cabreo con alguien concreto, sino un cabreo, ya sabes, un cabreo general con la situación del país, o del sector laboral de los pintores, o algo así.

Sé, no me preguntes cómo, que la cajita era para su mujer y los chicles para su hija. Tenía un asombroso parecido con el padre de un amigo que hace mucho tiempo dejé de ver, cuando ya no tuvo a quién regalar chicles ni corazones de chocolate.

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