La química de la poesía

Collioure
Collioure / Foto: Claude Attard (CC BY 2.0)

Ningún poeta sabe cuál será su último verso. Ni siquiera Antonio Machado cuando escribió “estos días azules y este sol de la infancia” sabía que era el final. La muerte siempre llega inesperada. Así, un poema inacabado como éste adquiere una dimensión añadida a su propia belleza, como si las palabras traspasaran cualquier frontera en la intimidad del poeta y éste legara con ellas cierto insondable abismo que el lector imagina al leer los versos. Pero es mentira, no hay tal, sólo se lee el propio abismo, el imaginario personal, la ignorancia de la muerte, la certeza de que es una fortuna estar vivo. Todo ello se debe a una simpática transmisión neuronal que se produce en el momento de leer y que cambia sus matices en cada ocasión de lectura. La química de la poesía. Una prueba de que el poema acaba por tener una entidad independiente de su creador, carácter de palabra viva.

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