Un brindis al sur

peces
Foto: DariuszSankowski – Pixabay (CC0 Public domain)

Eileen Howell sostenía en la mano un vaso de ginebra con hielo y dejaba escapar la mirada hacia el horizonte de azoteas blancas. La antigua ciudad se hacía visible desde el ático de su anfitrión, el conocido arquitecto David Ingram, célebre por sus edificios neo modernistas de coloridas fachadas, espirales y curvas imposibles. Mrs Howell bebía sola, apoyada en el murete que cerraba el contorno del terrado, el círculo privilegiado de los amigos del arquitecto. Al otro lado de la bahía, más allá de las azoteas blancas, se elevaba el oscuro y negro perfil de lo que sus paisanos llamaban La Roca, uno de los últimos vestigios coloniales del imperio británico. Era el último refugio en el que podía perderse después de cuarenta y ocho años de condescendencia con el establishment político y social de su país, que le producía un asco equiparable al que sentía al ver encima de ella la cara de su ex marido con las patillas teñidas y engominadas mientras intentaba follarla con la polla flácida y arrugada. Mrs Howell se miró las arrugas del dorso de la mano derecha, ya sin la sombra blanca en el lugar que había ocupado hasta ese último invierno la alianza matrimonial, y apuró un resto de ginebra que aún flotaba en el vaso.

El aire cálido de finales de julio traía consigo la suavidad aterciopelada de una sonata de Debussy. La banda sonora de las recepciones del arquitecto era invariablemente impresionista: Debussy, Falla, Satie. Música de color rosagris. Música que nunca envejecería, que guardaría en sus partículas el secreto de la eterna juventud. Se giró, dejando tras de sí la imagen del promontorio y las azoteas que empezaban a anaranjarse, se dejó llevar por la placidez provocadora de la ginebra, sintió que la penetraban las miradas de los invitados, la inclasificable pandilla de fieles de un arquitecto famoso exiliado en tierra extraña. Le vió caminar hacia ella sujetando dos vasos, en una mano su inevitable vodka con zumo de naranja, bebida bisexual de moda, y en la otra la cristalina punzada transparente de la ginebra nativa. Recogió el vaso que le acercaba Mr. Ingram.

— Gracias, encanto. Eres la única persona con quién sería capaz de pasar toda la noche. ¿Por qué no despides a toda ésta gente? Me aburren las conversaciones de galería.

Mr Ingram la miró con una sonrisa pícara, su peculiar manera de decir no a los amigos, levantó el vaso y la invitó a brindar.

— Por nosotros, Eileen.

— Por nosotros, David.

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4 comentarios en “Un brindis al sur

  1. Necesito saber cómo sigue.
    De borrador nada: es un texto impoluto que te traslada a esa azotea y te convierte en uno de esos personajes.
    Cuando escribes así das mucha envidia.

    Me gusta

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