Las Islas de Aran

El escritor irlandés John Millington Synge murió a causa de un linfona de Hodgkin días antes de cumplir los 38 años. El mismo año que le diagnosticaron la enfermedad (1897), intratable entonces, hizo su primer viaje a las Islas de Aran, en la costa oeste de Irlanda. Haría otros cinco viajes, temporadas en las que vivió estrechamente con los pobladores de un territorio inhóspito en el que casi no hay suelo cultivable y lo que se cultiva apenas da para obtener la paja con la que cada otoño renuevan el techo de sus cabañas y la semilla de la próxima siembra.

Reunió sus experiencias en el libro Las Islas de Aran. Los amantes de los cuentos de hadas encontrarán en él materia prima con la que alimentar sus fantasías (si les interesa el asunto échenle un vistazo a El crepúsculo celta de W.B.Yeats). Sin embargo, lo más fascinante que he encontrado en su lectura han sido los detalles de la estrecha relación que los isleños mantienen con el mar, del que proviene buena parte de su sustento, bien de la pesca o bien de la recolección y tratamiento de algas marinas que luego venden para ser usadas como abono. Esas patatas irlandesas casi debían saber a mar.

Son famosos sus curaghs, embarcaciones fabricadas artesanalmente con pieles de animales que han aprendido a manejar con tal destreza que les permiten realizar cortos viajes entre isla e isla en condiciones de mar bastante malas. El abad San Brendan dejó escrito en el año 900 D.C. que cruzó el atlántico norte en una embarcación similar a ésta junto a un puñado de monjes hasta llegar a una tierra que algunos han identificado con el Canadá, lo que da una idea de las condiciones marineras de éstos peculiares botes.

Synge narrá varios de estos viajes entre isla e isla y la pericia de los navegantes locales para sortear las enormes olas que encuentran en el camino. A menudo se ven obligados a salir a la mar cuando algún familiar está enfermo en busca del médico y del cura. Llevan a los dos a casa porque no saben cuál de ellos será necesario cuando regresen junto al familiar enfermo.

Synge cottage in Inishmann
Casa que habitó Synge en Inishmaan – Foto: Eckhard Pecher (CC BY-SA 3.0)

El autor irlandés pasaba largos ratos sentado en los acantilados, absorto en sus pensamientos, rodeado por una tierra desoladora, maravillado del efecto de las nubes desagarradas y los juegos de luz que provoca en sol cuando éstas se abren entre tormenta y tormenta, o por las cortinas de espuma que se elevaban desde la pared de roca dónde rompían las olas.

Intento comprender hasta qué punto era consciente de su enfermedad, de su condición incurable. Siendo un hombre culto como era, debió tenerla muy presente. Intento comprender qué podía sentir ante la inmensidad del océano que se le presentaba a la vista cuando se sentaba en los acantilados de Inishmaan, si comparaba su destino con el destino inevitable de los miles de emigrantes de su país que no tenían otra elección que marcharse o vivir en la miseria, con el destino de los ahogados de Aran cuando salían a navegar borrachos como cubas.

Hace algunos años, durante un viaje a Irlanda, hicimos una excursión a Aranmor, la más grande de las islas. Era un día gris pero no había mala mar. Llegamos en un barco repleto de turistas y alquilamos unas bicicletas con las que pudimos recorrer parte de la isla antes de coger el barco de regreso a Galway. Compré el libro allí, en una pequeña tienda de recuerdos para turistas. Lo compré porque siempre he pensado que es imposible conocer un lugar, aunque sólo sea en una mínima parte, sin haber vivido en él, sin haber compartido la jornada cotidiana de sus habitantes. Y libros como este me acercan de algún modo a ese conocimiento, aunque es probable que esa forma de vivir haya desaparecido o tan solo exista de un modo diferente a como la vivió y escribió Synge.

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