Un amigo inesperado

gorrion
Foto: LubosHouska (CC0 Public domain)

Un gorrión anidó en mi casa. Eligió un sitio peligroso. Intervine y deshice el nido. Seguridad preventiva. Evitar incendios, intoxicaciones. Cada mañana, el gorrión se acerca hasta el lugar donde ya no hay nada. Lo veo posarse. Me pregunto si sabrá, pero no tiene sentido que yo me inquiete por él. Sólo el ser humano se duele de sus esfuerzos imposibles, de sus derrotas inexplicables. ¿Qué se va a preguntar un gorrión a sí mismo? No son necesarias las preguntas. Simplemente conmueve su instinto: Persiste, pese al esfuerzo baldío.

Días después deshice un segundo nido. Noté en mis manos la calidez de las pequeñas ramas, su aroma a tomillo y lavanda. Una de estas frías mañanas que han inaugurado la estación. Miré el amasijo vegetal en el cubo de la basura. No había huevos.

Cada jornada, el gorrión regresa y se posa dónde antes había un nido. Canta inquieto, no se rinde. Da pistas de por qué es invencible la naturaleza. A veces trae largas, finísimas ramas en el pico. En tardes de sol encuentro pequeñas hojas verdes en el patio. Pero no puedo ceder, sé que el gorrión morirá si instala aquí su nido. Y así andamos, él y yo, como dos viejos amigos, entreteniéndonos la primavera.

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