Un instante en el astillero

Shipwreck
Foto: The return of Helios by Peter Kurdulija (CC BY-NC-ND 2.0)

Se oxidan las palabras pastoriles de antaño entre las ruinas de los viejos buques. Otras vienen a relevarlas, feraces e insolentes. La escritura, como la vida, es peregrina. Nada puede la voluntad contra el movimiento. Nadie, nunca, está quieto, aunque la mirada muestre la gravedad de las piedras. Cierra los ojos y haz girar el mundo, piensa Gabriel mientras camina entre las sombras del astillero, ángel errante sin alma que guardar. ¿Quién dudará del centro del universo?

Todos los libros convertidos en pequeños desiertos. La palabra inmóvil. Diminutos ataúdes llenos de ceniza. Si al menos fueran carne de gusano, abono de futura belleza. La esperanza es una flor que nace de la podredumbre. Poco más ha aprendido el ángel errante. Gabriel hace sombra con su mano sobre los ojos y levanta la cabeza en busca de una nube. Deslumbra el sol de mayo. Viejo condado irlandés. Las arrugas quiebran la piel alrededor de sus ojos. La piel, ese mapa gastado que revela lo que fuiste, lo que aún eres.

Más allá del horizonte hay una línea que señala el territorio de los barcos hundidos. Alrededor de los pecios nadan brillantes peces anaranjados, rojos, azules, plateados. Gabriel los ha visto, los ve ahora. Desde que fue niño ha buceado a pulmón, bien despiertos los ojos. Y sabe cómo hacer que naveguen los barcos. Por eso llora cuando se hunden. Yo he visto sus lágrimas: son pequeñas y tienen forma de pez.

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