Viaje a Juneau

Un viajero es solo parcialmente un paisajista, un paisajista de los detalles que se ocultan a la mayoría. Miren sus apuntes sobre los adoquines, sobre las puertas, las calles o los jardínes, el sastre de patio parisino o el marino marsellés que regresa de Oriente a puerto, el filete ruso bien hecho y con salsa tártara o la cerveza negra aún tibia que bebe mientras mira por la ventana caer la lluvia sobre el río Liffey. En su cuaderno queda el rastro de personas y objetos que su escritura nos ilumina con una luz distinta.

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Vancouver, Canadá. Photo by Helvin Nyoliman on Unsplash

Cuatrocientas páginas de osos

No suelo leer libros de viajes, pero el título del último que tuve entre las manos me atrapó de tal modo que no pude esquivarlo: “El mar y sus significados. Viaje a Juneau” del escritor británico Jonathan Raban. Un viaje aburrido y plomizo como el cielo del norte, prosaico como un catálogo de herramientas industriales. Centenares de millas náuticas bordeando la costa noroeste del Pacífico desde Seattle hasta Juneau. Un viaje solitario, a bordo de un pequeño yate, costeando hacia el norte la Columbia británica, actualmente la orilla oeste de Canadá, para alcanzar la primera lengua de tierra de Alaska. En ese trayecto frío y desabrido sólo hay grandes montañas cubiertas de árboles y más árboles en las laderas; hay cascadas y cascadas de agua, y más árboles en la costa, y osos, osos, y más osos. Más de cuatrocientas páginas de montañas rocosas, coníferas verdes, cascadas de agua, costas recortadas y abruptas y osos, muchos osos.
Viaje a Juneau
¿Qué tiene entonces interesante este libro? A mi me atrajeron tres paisajes: la exploración de la soledad, para la cual el autor se sirve de la muleta histórica de la expedición científica realizada en esta costa por el capitán George Vancouver, en el siglo dieciocho y a bordo del Discovery; en segundo lugar, la exploración del poder destructivo y regenerador de la naturaleza salvaje, incluyendo en esta al ser humano; y por último, la exploración de las técnicas de navegación en estas costas y de la mitología del mar enraizada en la cultura de las tribus indias que viven aquí.

El silencio del agua

El irascible George Vancouver, capitan del Discovery, cuenta Raban, acabó enfrentado en su periplo a todos los oficiales que viajaban en la expedición. Todos ellos procedían de familias de la nobleza británica, mientras que él era un hombre hecho a sí mismo. Pasó muchos días y muchas noches sin hablar practicamente con nadie, encerrado en su camarote, rumiando. Era tan riguroso con su trabajo que hizo una de las más perfectas cartografías de estas costas que se recuerdan, hasta el punto de que aún se seguía utilizando en el siglo veinte.

Raban, que hace éste viaje sólo en su yate, se acompaña de libros y discos de música clásica para hacer más habitable su propia soledad cuando el barco debe refugiarse en alguna ensenada de los vientos del noroeste. Recala en destinos de veraneo que durante su travesía describe solitarios y apenas poblados por una o dos familias. O en fondeaderos en los que habitan solitarias parejas que han decidido apartarse del mundo en busca de algo de paz. Y los detalles que ve y que describe van trazando una imagen precisa de lo que puede ser la soledad. Y la descripción del sonido del agua, tan amiga del silencio.

Naturaleza salvaje

A medida que se avanza en la lectura es inevitable preguntarse por el tópico: ¿Quién es realmente salvaje, el hombre o la propia naturaleza? Los dos, a su manera, lo son. El hombre cuando esquilma las poblaciones de salmón de la zona. O cuando pervierte la cultura india originaria hasta convertirla en un mero reclamo turístico. Agonizante la pesca por la sobreexplotación y de capa caída la industria maderera por las leyes comerciales del país vecino, sólo los barcos de crucero llevan algún atisbo de prosperidad a las poblaciones locales.

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Canal Douglas, Columbia británica. Photo by Heather Shevlin on Unsplash

Igual que doscientos años atras los tripulantes del Discovery visitaban las aldeas indias ofreciendo abalorios de colorines, espejitos y trozos de bronce a cambio de pieles de nutria marina, hasta llevar la especie al borde de la extinción, cuando Raban visita estas costas son los turistas de los cruceros quienes desembarcan con sus máquinas de fotos y sus divisas para proporcionar algún alivio económico a estas poblaciones en declive y tan apartadas de todo que sólo se puede llegar hasta ellas por barco o en hidroavión.

Este libro se publicó por vez primera hace veinte años. El autor describe aquí y allá las ruinas de asentamientos madereros abandonados, terrenos que fueron talados por las sierras mecánicas y que los grandes árboles del Pacífico Norte han vuelto a reclamar como propios, como una selva tropical que recuperase de nuevo el territorio perdido tragándose los templos que levantó el hombre con sus manos y que no han resistido la fuerza indómita de tanta vida, de verdad, salvaje.

Lo que visitan los turistas poco o nada tiene que ver con la vida real que existió alguna vez allí. La vida comercial se ha convertido en la representación teatral de una existencia ficticia que busca adecuarse a las expectativas de aventura-indómita- en- la-naturaleza que traen consigo. Hasta el punto de que en algunos lugares los habitantes han construido una población paralela, algo alejada de la zona visitable, dónde se vive la vida real y cotidiana de la comunidad.

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Juneau. Photo by Steve Halama on Unsplash

El mar y sus significados

La cultura india de estas costas es una cultura marítima. Y toda cultura enraizada en el mar siente un terror atávico hacia el agua al mismo tiempo que un sentimiento de gratitud porque del mar dependen para sobrevivir.

Las aldeas indias se van sucediendo en la costa. Tras sus cabañas, las montañas con sus glaciares y picos helados y los impenetrables bosques de coníferas y fieras salvajes. Delante, el agua, de una profundidad que no detecta la sonda del barco en el que viaja Raban. Y en medio, una estrecha franja de tierra en la que se asientan sus viviendas, se levantan sus totems y reposan las canoas. Toda su mitología y sus formas artísticas están relacionadas con el mar y con sus ondas. Incluso se percibe esta profundidad a pesar de la influencia de los colonizadores y predicadores que acabaron por suavizar su visión original del mundo y la naturaleza. Raban lo cuenta con maestría, apoyándose en su propia observación, pero también en las lecturas de los viajeros que exploraron la costa doscientos años atrás y aún después.

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Quatsino sound, British Columbia. Photo by Vancouver Public Library Historical Photographs

Hay, además de una profundidad insonsable, una enorme imprevisibilidad en el comportamiento del agua y de las mareas en estas costas tan recortadas, un laberinto de pequeñas islas, ensenadas y salientes rocosos. El navegante se afana en describir su pelea por gobernar el barco y lo que no pasa de ser una mera descripción técnica de la navegación acaba por tener cierto sentido metafórico cuando el autor lo enfrenta a su propia peripecia vital.

Vuelta a casa

Lo peor del viaje puede ser el regreso, más aún si el viaje se emprende para escapar y uno advierte que no hay escapatoria posible. El mero hecho de viajar acaba siendo una simple ilusión, un paréntesis que se clava en la historia de cada persona para recordarle cuando se levanta por la mañana o se acuesta por la noche que hay otras vidas, otros lugares que nada tienen que ver con nosotros. Aunque siempre, siempre, nos dejen la duda, nos inciten a pensar si será verdad que nada tienen que ver con nosotros.

Raban, Jonathan (Hempton, 1942). El mar y sus significados: Viaje a Juneau. Barcelona, España. Ediciones Península, 2003.

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