Aissaua

Tocaba la flauta en mitad de la calle. En el lado de la sombra. El sol es sofocante en el sur en esta época del año. Nadie se detenía ante él, nadie aplaudía cuando terminaba, unos pocos se agachaban y dejaban caer unas monedas en una bolsa de cuero oscurecida por la intemperie y que se abría a sus pies para recoger lo que quisieran darle. La enfermedad no le permitía ver bien, así que cada brazo que se acercaba a la bolsa para dejar una moneda, a él le parecía el cuerpo de una serpiente que se elevaba de la bolsa lentamente, hipnotizada por la melodía.

Muchos años atrás, cuando era joven y la vista no se le nublaba, había adquirido con paciencia y tenacidad la rara destreza de capturar serpientes. Las vendía a los aissauas que las hacían danzar antes los turistas en Marrakech y otros lugares junto al desierto. Con el tiempo aprendió a dominar su temor, a embriagar los sentidos de las serpientes, a dominar su cuerpo y hacer que danzaran al son melancólico de la flauta.

Era común entre los aissauas decir que “las serpientes son como las personas. Tienes que llegar a conocerlas. Entonces puedes hacerte amigo de ellas”. Si la primera vez que lo escuchó tuvo alguna duda de su certeza, los años y desengaños le convencieron de que sus colegas siempre fueron más sabios que él.

Cuando vino a España, le requisaron en la aduana las dos serpientes que llevaba en la bolsa de cuero. A pesar de los gritos y aspavientos, no pudo recuperarlas. Los pasajeros en tránsito lo miraban como quien mira a un hombre que ha perdido la razón. Los guardias se llevaron un susto tremendo al imspeccionar la bolsa, lo que hizo más difícil aún la situación. Por más que intentó convencer a los agentes de que las necesitaba para vivir, le dejaron bastante claro que los animales se quedaban allí. Al principio fue una situación preocupante para él, hasta que supo dónde encontrar víboras en el campo y cómo dominarlas.

El día que le conocí, yo también me agaché a depositar mi moneda, hipnotizado por la triste y repetitiva melodía que tocaba en la flauta. Al levantarme me pareció escuchar un siseo leve que salía de la bolsa de cuero. Miré en la oscuridad de su interior un poco asustado, pero solo ví monedas. Y aunque a veces he pensado si tendría allí escondida una serpiente, me parece una idea tan irreal que la descarto de inmediato. Es una imagen que se me aparece involuntariamente, sobre todo cuando vuelvo a oír en la radio o en la calle alguna melodía como la de su flauta. A veces, al andar, cuando mis zapatos rozan el cemento, producen un siseo parecido al de una serpiente. Eso fue lo que debí escuchar aquel día.


(N. del a.: La frase entrecomillada pertenece al relato “Allal” del escritor estadounidense Paul Bowles, que me dió la idea para escribir este)

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