Teatro

Enterrada en la arena hasta la cintura, con su sombrilla al lado y su revólver a mano, Winnie pregunta retóricamente si es cierto que alguna vez las palabras nos abandonan. Y en ese caso, qué hacer para que vuelvan.

El patio de butacas, frente a ella, es un mar de silencio, una tempestad de palabras abandonadas, la realidad imaginada cada día por el público deja paso por unos momentos a la realidad imaginada cada día por el autor. Los espectadores callan y su silencio usurpa el silencio ahora roto del creador.

Doscientas personas, por dar una cifra, pensando todas a la vez en la propuesta de Samuel Beckett en Días felices, dos centenares de almas haciendo chispear sus neuronas, creando imágenes, ideas, pensamientos, propuestas o, simplemente, disfrutando del placer de sentirse identificado con una irrealidad o una evidencia.

El teatro siempre me conmueve, hasta cuando solo puedo leerlo.

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