Color volátil

Lee un poema escrito hace diez años. La gente escucha atenta. Mira. Se pregunta qué significado tendrán esas palabras. Una versión del tópico de la rana y el agua caliente. Pero sin rana. Son peces. Peces que nadan. En una pecera. Un joven sentado en la primera fila observa, con gesto concentrado, cómo los labios, rojos como los peces, se mueven formulando la lúbrica imagen de un beso. El beso de una poeta desconocida. Una poeta que lee unos versos ahora mismo. Peces que se ahogan al salir. Siguen el consejo de modernos vendedores de crecepelo y salen de lo que llaman “zona de confort”. El pez muere y el poema se acaba.

Image of jelly fish
Picture: Magda Ehlers

La poeta no recuerda cuándo lo escribió ni por qué. Tampoco mira ya al joven de la primera fila. Algunos aplausos. Silencio expectante. Los publicistas han usurpado la palabra poética. Y hay poetas con alma de publicistas. Cómplices. Ha de escribir sobre ello. Alguien le pide que lea de nuevo los mismos versos. Porque era un poema muy breve. Intenso y abrumador. No dió tiempo de atraparlo. Huyeron las palabras, desvanecidas en el aire, como el humo de un fósforo al apagarse. El que oye ha intuido algo y desea confirmarlo. La poeta accede y lo recita de nuevo. Decepción del oyente. El deslumbramiento anterior no se repite. Los peces rojos ahora son medusas azules. Se confirma la magia: ¿Quién sabe el sendero de un verso?

2 comentarios en “Color volátil

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